Querido Stefan, querida Friderike

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La editorial Acantilado publica la correspondencia completa entre Stefan Zweig y su mujer Friderike Zweig

 

 

 

 

Texto: ANNA MARIA IGLESIA

 

“Estimado señor Stefan Zweig”. Así se dirigía en 1912 Friderike von Winternitz a Stefan Zweig en la primera de las múltiples cartas que intercambiarían hasta el suicidio del escritor austríaco en 1942. “Sé su dirección por alguien que, al examinar mi lista de libros para Navidad, vio que figuraba en ella su Tersites. Creo que no es necesario que hable usted a nadie sobre esta tonta carta. Y no le escribo para que me responda, aunque me complacería”, anotó Friderike en aquella primera misiva llena de admiración, sin poder imaginar que tan solo siete años después el autor de El mundo de ayer se convertiría en su esposo y su apellido pasaría a ser, incluso tras su divorcio, el de “Zweig”. No, en aquella primera misiva solo hay el entusiasmo, la admiración y la osadía de una lectora que, si bien confiesa que no espera respuesta alguna, no duda en añadir en la carta su dirección: “En el caso de que le apeteciera hacerlo, dirija la respuesta a Maria von W., lista de correos Rosenburg amb Kamp”. Las cartas que Zweig escribió a lo largo de aquellos primeros años de “acercamiento”, tal y como las define Gert Kerschbaumerr en el epílogo final de Correspondencia (1912-1942), publicada ahora por Acantilado con traducción de Joan Fontcuberta, no se conservan, así que poco o nada se sabe de la respuesta que el por entonces ya reconocido escritor dio a su apasionada lectora. Lo que sí se sabe es que no tardó en contestar. El 30 de julio de 1912, tan solo cinco días después de aquella primera carta, Friderike volvía a escribirle a Zweig agradeciéndole su respuesta. A lo largo de aquel verano, las cartas se fueron sucediendo con asiduidad, unas cartas que, como sucedería a lo largo de toda su relación, fueron el único medio de comunicación durante los grandes periodos de separación. Friderike y Stefan fueron una pareja de verse poco, una pareja donde la compañía del otro fue siempre escasa. Sin embargo, durante bastantes años, esto no parecía ser un problema. No lo fue, seguro, en el principio de la relación que comenzó siendo una amistad epistolar.

Casi dos meses después de aquella primera carta, el 23 de septiembre de 1912, Friderike y Zweig se conocieron en la casa de la familia del marido de Friderike, los Winternitz. Aquel primer encuentro fue determinante, puesto que a partir de entonces no solo Zweig mostró un particular interés hacia Friderike sino que ella comenzó a darse cuenta de que su matrimonio no tenía futuro. “Es una mujer con mucha sensibilidad”, anotaría Zweig en su diario ese mismo 23 de septiembre al regresar a casa, dejando patente en sus notas el obstáculo que el marido de Friderike representaba: “Ella parece encontrarse en algún lugar entre el afán juvenil de belleza y la serenidad maternal; en medio se halla el marido: un péndulo que no marca las horas, sólo oscila”. Y puede que fuera este oscilar del marido juntamente a la determinación de Friderike lo que hizo posible no solo que su historia con Zweig siguiera adelante, sino la obtención del divorcio, algo a lo que, en un primer momento, Felix von Winternitz se oponía radicalmente por las posibles habladurías. En efecto, parecía no importarle demasiado que su mujer comenzara una relación con otro hombre, mientras el matrimonio no se rompiera de cara al ambiente aristocrático de la Viena de primeros de siglo XX.

Aquel “estimado señor Stefan Zweig” con el que abría su primera carta, pronto fue sustituido por un sencillo “Querido”, muestra de un afecto que Friderike no tardó en demostrarle al escritor -“A punto estuve ayer, a pesar de todo, de correr junto a ti”- que, pese a los continuos encuentros, contenía su efusividad, más que explícita, por el contrario, en ella, que, tras seis meses de cercana amistad, cuenta los días para poder volver a ver “tu amado rostro”. El enamoramiento de Friderike se hace cada vez más patente mientras que Zweig prefiere mantener una paradójica distancia; los encuentros se suceden, pero el escritor rechaza cualquier forma de compromiso. Ese mismo año, en uno de sus viajes a París, el autor de Mendel el de los libros, conoce a Marcelle, una joven que, casi de inmediato, se convierte en su amante: “¡Qué personas tan parecidas, ella [Marcelle] y F. [Friderike]! ¡Qué figuras tan bellas se cruzan en mi destino, que ante semejante grandeza, consciente de su elasticidad, las elude (sombrero en mano) en luchar de abrazarlas con fuerza!” escribe Zweig en su diario el 25 de abril de 1913. Más que eludirlas, el escritor mantendrá relaciones con ambas; no dejó nunca de escribir a Friderike, que con sus hijas se había instalado en el sur del Tirol, si bien pasaba sus noches parisinas junto a Marcelle. “Si has recibido esta carta acompañado de tu amiga [Marcelle], eres mi hermanito. Espero que pases unos días agradables con ella. Para ella debe de ser un doble alivio abandonar el caluroso y sucio París a fin de reunirse contigo”, le escribiría Friderike a su “hermanito” el 16 de julio de 1914. Aun siendo consciente de la existencia de una amante, Friderike no dejó de escribirle y le enviaba “un beso fraterno” en cada misiva, pero se aferraba a él, que, por su parte, el 4 de agosto de ese mismo año, cuando las tropas alemanas ocupaban Bélgica, escribía en su diario: “Es el día más espantoso de mi vida… Qué suerte que F. esté de nuevo aquí: ella tiene el poder de tranquilizarme”.

Durante la Primera Guerra Mundial, Zweig trabajó en el Archivo Imperial de la Guerra, donde se realizaban trabajos de propaganda en Viena, donde también vivía Friderike, que fue miembro del Comité Internacional por la Paz (llamado, posteriormente, Lima Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad) y, a través de Romain Rolland, estableció contactos con la sección francesa. “Trabajamos junto con las mujeres que en 1915 se habían reunido en La Haya, procedentes de varios países, para poner fin cuanto antes a la guerra. Las delegadas se entrevistaron por entonces con potentados y jefes de Gobierno para presentar sus exigencias”, escribe Friderike en Destellos de vida, donde recuerda como junto a Zweig se instaló hasta marzo de 1919 en Suiza, donde se encontraron con Hermann Hesse, Franz Werfel, Rilke y, sobre todo, su gran amigo Romain Rolland, “la más alta instancia moral de este mundo cambiante”, en palabras de Zweig. Fue después de la guerra, ya de regreso en Viena, cuando Friderike y Stefan oficializaron su relación y se instalaron en Salzburgo junto a las hijas de ella. La boda tardaría todavía en llegar, puesto que si bien el matrimonio católico de Friderike con su primer marido había sido anulado de acuerdo con la ley civil, seguía vigente para el derecho canónico: “De acuerdo con el Código Civil General entonces vigente, se podía solicitar una ‘dispensa’ (exención o indulgencia) de los impedimentos para contraer un nuevo matrimonio”. Así que el 17 de julio 1919 Friderike declaró su separación voluntaria de la Iglesia Católica en un intento de abreviar los tiempos. Sin embargo su petición fue denegada y Zweig, en Viena ultimando el estreno de Jeremías, decidió acudir al Ministerio del Interior. Los trámites se hacían todavía más complicados por los continuos viajes de Stefan, sobre todo en Alemania, donde dio más de una conferencia sobre el escritor y gran amigo Romain Rolland. El 28 de enero de 1920, tras una enésima negativa por parte del Gobierno Regional de Salzburgo y tras la intervención de Albert Trentini, se celebró el matrimonio en el Registro Civil de Viena, pero sin la presencia de la novia que, según parece, no estaba conforme en celebrar su enlace en aquel lugar. Y así, junto a Zweig estuvo Felix Braun, quien representó a la novia ausente, que, dos días después, desde Salzburgo escribiría a su ya marido: “Cariño mío, ¿cómo has pasado la noche de bodas? Ahora se me ocurre, Steffi, que tal vez hubiera debido escribirles a tus padres una carta de desposada”. La pareja tardaría varios días en encontrarse tras su boda a distancia. Ese no verse, sin embargo, definirá su relación desde los primeros meses de matrimonio, donde las cartas fueron continuas dado las constantes ausencias de Zweig , durante las cuales Friderike, sobre todo a partir de 1925, realizaba frecuentes viajes.

A lo largo de las cartas que durante más de una década se fueron intercambiando, Friderike no solo mantuvo vivo el sentimiento que les unía, sino que construyó una estrecha relación de intercambio intelectual. Su trabajo durante la Primera Guerra Mundial la había puesto en contacto con grandes nombres de la intelectualidad europea – desde Romain Rolland al doctor Schweitzer, pasando por Einstein, Gorki, Toscanini o Tagore- con quienes mantenía contacto, a veces a través de su marido, pero en muchas ocasiones individualmente. Asimismo, Friderike era la más atenta lectora de su marido – “Gracias por tu carta. Sí, ya noté repeticiones en el artículo sobre Gorki. La cosa se habría enmendado si hubiera podido leer las pruebas para corregir”, le escribe Zweig a su mujer el 29 de marzo de 1928-, que encontraba en ella la más brillante de las interlocutoras.

En octubre de 1931, Zweig comienzó un diario donde la preocupación por los tiempos venideros se hace más que patente: vive con la “premonición de que estamos a punto de vivir una época crítica, prácticamente bélica”. A esta premonición se suma una primera toma de consciencia de que su matrimonio está entrando, como Europa, en una época crítica. Su relación con las hijas de Friderike es cada vez más problemática y esto distancia a la pareja: “Es insoportable vivir en esta atmósfera de estupidez y cobarde arrogancia; me ahogo en ella y me absorbe energía”, escribirá en aquel diario, pocas semanas antes de su quincuagésimo aniversario, que decidirá celebrar alejado de la familia, en Múnich, si bien, en el último momento, Friderike viajará para compartir la efeméride con él.

En febrero de 1934, Zweig tomó la decisión de abandonar Austria donde dejó de pagar impuestos, para establecerse en Londres por su posición contraria al poder estatal, que, como explicaría en alguna de sus cartas a Romain Rolland, “había provocado la resistencia armada de la Liga de Defensa Republicana, una formación del Partido Socialdemócrata, y la había reprimido brutalmente”. Si bien es cierto que, públicamente, Zweig no había tomado partido públicamente todavía, era por todos conocidos su origen judío, su amistad con Rolland y con Gorki, sus viajes a la Unión Soviética y su buena relación con el Partido Socialdemócrata, ilegalizado en 1934. Por entonces, la relación con Friderike estaba prácticamente rota. Ella intentó salvarla hasta el último momento; viajó a Londres para estar con él, que se negaba a convivir con sus hijastras y que ya mantenía una relación a escondidas con su secretaria, hecho que Friderike descubrió cuando en un no anunciado viaje a la capital británica sorprendió a Zweig en los brazos de Charlotte, llamada Lotte. Si bien Zweig insistió en que no había nada entre él y Lotte, Friderike nunca le creyó. A pesar de esto, su relación epistolar prosiguió y ella continuó preocupándose por la obra de su marido hasta bien entrado 1936: “Me arrepiento profundamente de haberme ido de viaje. Acabo de recibir los dos volúmenes de novelas cortas editados por Reichner. Lo ha hecho todo mal. En lugar de titularlos ‘Textos escogidos’, volumen I y volumen II sin sus respectivos subtítulos, ha prescindido por completo del título genérico y ha titulado uno de los todos Kaleidoscop y el otro Die Kette”.

La prohibición de sus libros en Alemania, debilitó la situación económica de Zweig que, a principios de 1937, se enfrentaba a un proceso de separación que nada tendría de amistoso, sobre todo por la disputa por la casa de Salzburgo que el escritor, en abierto desacuerdo con su todavía esposa, quería vender: “Me niego a aceptar sus reproches por ser injustificados y falsos, así como la suposición de una separación, que tú llamas ‘amistosa’ pero que no lo sería en absoluto, puesto que rechazas incluso que me quede en Londres por un tiempo limitado (…) No puedo aceptar verme en la calle, como pareces insinuar. Así pues, antes de vender la cada debes acomodarme para que no esté expuesta a ninguna amenaza”, le escribía el 8 de marzo de 1937 Friderike a Stefan. Como señala Gert Kerschbaumer, el autor de El mundo de ayer logró “imponer su voluntad poco a poco” y “se salió con la suya presionando a Friderike con insistencia, hasta conseguir que en agosto de 1938 ella presentara mediado su abogado una demanda de divorcio como cónyuge inocente ante el juzgado de Salzburgo”. Nada más divorciarse, Zweig se casaría con Lotte, un matrimonio que Friderike describiría como un “paso precipitado”.

Tras la separación, se siguieron escribiendo. Ella, tras pasar por París, se había trasladado a Nueva York en 1941 y él se había refugiado en Persépolis junto a Lotte, que no dudaba en enviar alguna nota a Friderike junto a las cartas que remitía su marido. Friderike afirmó que no sentía “el más mínimo sentimiento de actritud” hacia Lotte. Cuán cierto sea es difícil saberlo hoy. Lo único seguro es que, a lo largo de 1941, fue Zweig quien escribió sobre todo a Friderike, que se mantuvo en un silencio inusual en ella. El 20 de febrero de 1942, Zweig viajó de Persépolis a Río de Janeiro para depositar un paquete en la caja fuerte de su editor. En aquel paquete, que solo se abriría después de su muerte, el escritor guardó una carta en la que hacía referencia a su deseo de suicidarse, algunos manuscritos y autógrafos de su colección que debían ir a manos de Friderike, a quien el 22 de febrero escribiría la que fue su última carta: “Cuando recibas esta carta yo me sentiré mucho mejor que antes (…) Petrópolis al principio me gustaba mucho, pero no tenía los libros que necesitaba y la soledad, que me hacía causado un efecto sedante, había empezado a ser opresiva (…) Tú tienes a tus hijas, y con ellas un deber que cumplir, tienes múltiples intereses y mantienes una actividad inquebrantable. Estoy seguro de que llegarás a ver tiempos mejores”.

Stefan Zweig se suicidó ese 22 de febrero de 1942 junto a Lotte, que le siguió en ese fatídico destino que había decidido para él. Friderike continuó con su vida en Nueva York y fue la responsable de que el 1951 se publicara su correspondencia con Zweig, una edición incompleta, donde censuró más de una carta. Lotte, sin embargo, también murió. De ella poco se sabe. ¿Quién era esta mujer que murió junto a Zweig? ¿Fue arrastrada por la desesperación de su marido o su trágico final fue una decisión compartida? Lotte es el personaje por conocer, la mujer a la que habrá algún día restituir la historia que el apellido Zweig borró.