“El lector es un náufrago dentro de su propio cráneo” David Foster Wallace

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Un retrato del autor de "La broma infinita"

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

 

En uno de los pabellones de la terminal de pasajeros de Port Everglades, 1.300 pasajeros esperan que sean las 14:00 h. para iniciar el embarque al crucero de lujo que los va a llevar durante una semana por la costa del Golfo de México y una felicidad despreocupada. Los folletos explican que “mientras deambula como una nube sobre el mar, el peso de la vida cotidiana queda mágicamente aliviado y usted se siente flotar en un océano de sonrisas”. Han llegado hasta allí en una magnífica caravana de ocho autocares último modelo desde el aeropuerto de Fort Lauderdale, pero a David Foster le ha parecido que “el ritmo del avance del convoy y la extraña deferencia que muestra el resto del tráfico le da a la procesión una especie de atmósfera funeraria”.

En el inmenso edificio de la terminal sin aire acondicionado, con su gorra de Spiderman para enjugar su eterno sudor, está de pie con el culo apoyado en una pared del hangar y toma notas en uno de sus cuadernos Mead. Describe el enjambre de miembros de una corporación para los que el viaje debe ser algún premio por productividad o una congreso de empresa, los jóvenes de edad universitaria con peinados complejos y chancletas de piscina, un 50% de los bolsas de mano son de mimbre o ratán, los empelados vagan sin propósito definido con carpetas, constata que es el único pasajero son ningún tipo de cámara. Su cámara son sus ojos, su mirada entre escrutadora, burlona y amarga. Ha llegado allí por la propuesta de la revista Harpers Bazaar, que le ha pagado el crucero para que lo cuente: escribe lo que veas, una larga postal.

A David Foster Wallace no le agradan los barcos. Menos aún los cruceros. Padece una cierta agorafobia que sabe que lo va a recluir en su camarote la mayor parte del tiempo. Cuando llega la hora de embarcar y el rebaño se pone en marcha, les da bienvenida una pareja de azafatas árias con sonrisas. En ese crucero durante siete días va a haber toneladas de comida en los innumerables buffets y toneladas de sonrisas profesionales. El mar no lo conmueve de manera especial, le parece tan salado como el infierno. Su idea de un barco, como algunos que se ven abandonados en las zonas más alejadas de la dársena, es una construcción que se va viendo corroída por la humedad y el salitre, una encarnación oxidada de la muerte sumergida en una mezcla de ácido y mierda. Pero ese barco de la megalínea es otra cosa, todo es tan blanco e impoluto com o si el barco entero hubiera sido hervido: escribe en su cuaderno de notas: “No es accidental que sean todos tan blancos y limpios, porque está claro que han de representar el triunfo calvinista del capital y la industria sobre la putrefacción primaria del mar”.

Desde el primer momento sabe que su camarote va a ser su refugio, aunque no dejar´`a de entrar y salir para averiguar qué hacen allí él y los otros 1.300 pasajeros. Se responde a sí mismo en su cuaderno que “siendo las vacaciones un rspiro de todo lo desagradable, y dado que la conciencia de la muerte y que la conciencia de la muerte y la decadencia son desagradables, parece extraño que la fantasíasuprema de vacaciones d e los americanos consista en ser plantificados en medios de una enorme máquina primordial de muerte y putrefacción”. Y llega a la conclusión de que en esos cruceros la manera de reaccionar contra el miedo a la decrepitud y la muerte es el ocultamiento del deterioro con un ejército de emigrantes dedicados a la limpieza, reparación y mantenimiento constantes de la más leve grieta o mancha, y la excitación: las actividades constantes, las fiestas, las canciones, la alegría: la adrenalina y el estímulo como sucedáneo de la felicidad. Sentado en la cómoda cama de su camarote, después de haberse comido una cesta de fruta entera de cortesía: “tengo 33 años y la impresión de que ha pasado mucho tiempo y que cada vez pasa más deprisa. Cada día tengo que llevar a cabo más elecciones acerca de qué es bueno, importante o divertido, y luego tengo que vivir con la pérdida de todas las demás opciones que esa elecciones descartan.”

Van a ser siete días de bamboleo, de un cierto mareo provocado por el oleaje pero sobre todo por ese algo “insoportablemente triste en los cruceros de lujo masivos”. Unas copas muy cargadas, y después otras más, lo marean aún más. La mediación de la depresión no sabe si lo ayuda o es ya un mero placebo que nada puede contra su sensación de desencanto. La alegría obligatoria del crucero se convierte en las notas de su cuaderno. La ironía no le basta. Una vez dirá que “la ironía es la cárcel del que se conforma con lo que tiene”, sus palabras son ácido, un sarcasmo que corroe más que ese óxido que devora barcos enteros.

El texto que escribe tras su aventura en el crucero, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, se convertirá en una pieza literaria brillante y demoledora, uno de los textos que mejor definen su manera de estar en el mundo con esa incomodidad y nausea permanente de crucerista forzoso. Y como la historia que le contaron una pareja pasajeros jubilados de un adolescente que durante un crucero de placer se lanzó desde una cubierta superior para acabar con el dolor insoportable por una historia de amor fallida, él acabará también lanzándose por la borda a los 46 años.