Diez poetas grandes para este invierno

Hits: 1064

Para terminar el año, diez poetas imprescindibles

 

 

 

 

Texto: ENRIQUE VILLAGRASA

 

Si el mes de agosto nos trajo la Poesía reunida (Alfaguara) del poeta y narrador Roberto Bolaño (1953-2003), con inteligente prólogo de Manuel Vilas, con una poesía de la que la persona lectora no se sale indemne, pues son sus versos como trallazos cerebrales: “Eran una bandera. La bandera de quienes/ Cayeron en la curva”, ha sido diciembre el mes que nos ha dado la mayor alegría poética con Galería de rara antigüedad (Visor) del cátedro y poeta valenciano Jaime Siles (1951), que fue galardonado con el XXVIII Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, posiblemente el mejor libro de poesía de este año, merecedor del premio de la Crítica o del Nacional. Leer a este Siles en este su último poemario es verse uno mismo, cual griego compañero de Jenofonte, contemplando por vez primera el mar, este mar que es la poesía del pensamiento.

Ambos poetas, Bolaño: “Había visto a la muerte copular con el sueño/ y ahora estaba seco”, y Siles: “Yo me limito a dibujar los signos/ que la realidad entera representan”, cada uno desde su esquina del verso, nos explican esa teatralidad de la realidad de lo lírico, desde una óptica actual, que nos llega y conduce desde los presocráticos a nuestros días, como olas que no saben qué playa buscando van, parafraseando a Bécquer. En ambas poesías priman las lecturas de los clásicos, filósofos y poetas, y su (re)lectura escrita en Poesía o en Galería de aquellos autores clásicos que nos relatan, pero sabiendo que en y con su relato nos llevan al hilo del logos a tratar la historia, la sociedad y la cultura y de qué manera: reconstruyendo esa historia del pensamiento: el modo de pensar e indagando en cada poema qué generó todo esto, que no es poco: de ahí estos distintos modos de pensamiento y su encarnación en la poesía.

Esta poesía, tanto la de Bolaño, su vida y obras y lecturas hasta ayer, como la de Siles, también su vida, obras y lectura, desde los 16 que empieza a leer en griego la Ilíada hasta hoy, se levanta contra las concepciones que ellos creen negadoras de los valores existenciales. Es una poesía, cada una a su manera, que está en contra de todo aquello que somete al hombre a una lenta pero continua degradación. Se puede afirmar que la escritura de ambos poetas están imbricadas en la defensa de la vida. El lector que abra estos libros recibirá esa recompensa, de unos poetas pensadores que se elevan a una altura deslumbrante con sus versos: “La muerte es la única dueña de la baraja/ y nosotros, la carta que en sus manos nos sirven/ pero nunca aquella que la vida nos da”. Siles dixit.

Otro de los poemarios que me ha llamado la atención este año y continuando en la estela de los griegos es Argénteos clavos: el viaje irresistible de Odiseo (Devenir), del filólogo clásico Eduardo Fernández (Madrid, 1971) pues su poesía elegante y culta es como el “Hechizo de una noche sin lágrimas”, con dieciséis acertadas ilustraciones, para estos poemas de plata, que no dejan de ser pedagogía griega para los lectores del siglo XXI: “La eterna juventud no sirve como balsa para volver al pasado”. Asimismo, otro de los poetas señeros es Kepa Murua (Zarautz, Guipúzcoa, 1962) con su Pastel de nirvana (Cálamo), que es la otra posibilidad de la poesía: igual a una puerta enclavada en la realidad, que nos invita a traspasarla: “Porque la sábana usada/ dibuja su misterio”.

Los cien mejores poemas de Karmelo C. Iribarren (Siltolá), con selección y prólogo de José Luis Morante son una apuesta por esta poesía del acontecer diario, aunque uno no sabe hasta que punto vale la pena elevar la anécdota a la categoría de poesía, pero que a nadie deja ni dejará indiferente la lectura de estos versos: “arrastro mi minúscula épica/ -por unas calles/ que ni siquiera son ya mis calles-/ y me voy alejando”. Desde México, pero de una poeta española Balbina Prior (Villaviciosa, Córdoba, 1964) llega Memorial de la frontera (Trajín). Es una muestra de sus poemas, publicados e inéditos, que hablan desde el desencanto y la ironía, fina burla, de la vida, del amor, del paso del tiempo, de la poesía y sus poetas, de todo, para comprender y comprendernos mejor, si cabe. “de la belleza quemada,/ y del rubor mudo por todo el orbe”.

Y de la mano de la poeta mexicana, afincada en Rentería, Sihara Nuño (1986) aparecen dos poemarios Anatomía (Polibea) y Enormidad (Siltolá), que es un texto donde nace, vive y muere la poesía y sus ecos, en los poetas que la festejan: “Cuántas bordas habrá visto el mar. Cuántos suicidas fracasados”, en Anatomía, la poeta se consume en preguntas, arde. Ella busca la luz de la poesía, para alumbrar en ella y con ella: “Combustible fósil para el futuro”. También, María García Díaz (Pola de Siero, 1992) en Suave la matriz (Saltadera) se plantea desde la física, la que rige el devenir telúrico, las andanzas de un héroe como Aquileo y su aventuras troyanas, cual “tierno algoritmo que se extrema”. Poesía escrita con valentía y en libertad entre el Eros y el Thanatos: “en el eterno retorno del abismo”.

Además, está Ana Gorría, (Barcelona, 1979) quien en De la supervivencia (Poemas 2006-2016) (Marisma), con prólogo admirable de Carlos Piera. Esta poeta escribe para quien se quiera acercar a leerla, de justa y necesaria que es, pues escribe para dioses y mortales, sabiendo que pertenece a las marcadas con el signo de Caín: “Somos las que caímos del cielo contra el polvo”.

Y, la poeta Yolanda Ortiz (Jaén 1981) nos deslumbra con su poemario El cordón umbilical (Baile del Sol), con sugerente prólogo de Gracia Morales. La poesía de Ortiz es el fulgor de la luz y sus posibilidades, escrita en la huella del margen de la rebeldía: es su ser poeta mujer, con nacimiento, vida y muerte. Los hechos singulares de toda gran creación. Un poemario extraordinario tanto por lo que nos hace vivir como la forma de presentar sus poemas. Es la mujer actual que juega a lo grande para asumir todo lo que la vida le puede dar: “Cuando murió entendí/ porque Gema andaba/ con los tacones de su madre/ por las aceras”.