Adiós a Claudio López Lamadrid

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Fallece inesperadamente uno de los últimos editores clásicos de Barcelona

 

 

 

 

 

Fallece inesperadamente uno de los últimos editores clásicos de Barcelona

 

Texto: ANTONIO ITURBE   Foto: MARTA CALVO

Claudio López ha sido de los pocos editores que supo que quería ser editor desde muy joven. Se fue con 18 años a hacer prácticas de edición a París y entró a continuación en Tusquets, bajo la atenta mirada de Beatriz de Moura y su tío Toni López Lamadrid. Siempre tuvo palabras de admiración para Beatriz de Moura, de la que decía que había aprendido mucho. En esos años también entró a trabajar en Tusquets la editora Míriam Tey, que se convertiría en su primera esposa. Diez años después de su llegada, alzó el vuelo y pasó por Círculo de Lectores, donde estuvo en la gestación de Galaxia Gutenberg un sello editorial de calidad que ampliaba el campo de acción de lo que entonces había sido un club del libro, junto a Ignacio Echevarría. En 1997 llegó a la dirección editorial de Grijalbo y cuando la editorial fue absorbida por Random House, un todopoderoso grupo internacional con sellos muy comerciales, que lo situó en su ala más literaria. Y ahí Claudio  se empeñó entre finales de los 90 y los primeros años 2000 en impulsar en España una generación de autores norteamericanos que eran conocidos en circuitos minoritarios pero que no habían sido lanzados de manera decidida. A la cabeza de ese grupo un autor que parecía en las antípodas de lo comercial estaba David Foster Wallace antes de ser el icono en que se convirtió después. Y con él toda una tropa Junot Diaz, Michael Chabon, Chuck Plahniuk, Heidi Julavits, David Sedaris, Dave Eggers… calificados como Next Generation. Unos eran mejores que otros, pero Claudio López Lamadrid consiguió romper el ensimismamiento de esos años con la nueva narrativa española de los hijos del Kronen liderada por Ángel Mañas, que tras quemar unos pocos cartuchos no daba más de sí.

La obra creativa de un editor es su catálogo y esta generación de escritores norteamericanos emergentes define el espíritu de Claudio: cosmopolita, moderno, joven aunque se fuera acercando a los sesenta años, apegado a su perenne foulard, con ese eterno aire suyo de burgués bohemio auténtico, de mucho antes de que los burgueses se disfrazaran de bohemios. Aunque como responsable literario de Penguin Random House tenía que dar la batalla profesional frente a otros grupos o echarle el pulso a las agentes literarias, su talante siempre era conciliador. Hasta tal punto que hace poco más de un mes Claudio  aceptó la invitación de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña para participar en el encuentro La Gran convivencia, donde se debatía sobre los puentes entre la literatura en castellano y la literatura en catalán, que conviven en Cataluña como dos sistemas casi paralelos. Él explicó que había publicado a lo largo de toda su trayectoria editorial a autores en castellano, pero que había que leer más en catalán. Y predicaba con el ejemplo: fue una apuesta personal publicar a la novela ganadora del premi Llibreter, Permagel de Eva Baltasar, en castellano en  Literatura Random House. En estos últimos años se había puesto a trabajar en firme por los vínculos editoriales con América latina y había armado una excelente escudería con autores como Patricio Pron, Samantha Schweblin o César Aira.

A Claudio le gustaban los escritores. Te contaba, con discreción, sobre la visita de este o el otro autor, y los escritores estaban encantados de tener un editor que los recibía en Barcelona como un anfitrión y los hacía sentir importantes. Su Instagram estaba lleno de fotos con escritores. No escondía su admiración por Marsé o por Coetzee o por Lobo Antunes. Yo recordaré a Claudio López por su talante amable, siempre parecía tener prisa pero siempre tenía tiempo, con una ironía nunca sarcástica. Lo recordaré cada vez que lea a Jonathan Lethem, un autor que me descubrió con Huérfanos de Brooklyn y que ya forma de los hallazgos de la vida.  Cuando estaba contento, que era casi siempre, decía que ser editor es el mejor oficio del mundo. Se le notaba en la mirada: fue feliz.