La biblioteca de Nuria Barrios

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Jesús Marchamalo visita la biblioteca de la poeta Nuria Barrios

 

 

 

 

Texto: JESÚS MARCHAMALO

Foto: ASÍS G. AYERBE

 

Uno de sus primeros recuerdos, con ocho o nueve años, indeleble, tiene que ver con Gloria Fuertes. Era vecina de sus padres, en Chamartín, y una tarde, volviendo a casa con su hermana pequeña, Berta, coincidieron en el ascensor. Ella, grande y hombruna –americana y pantalones, jersey de rombos, zapatos de tacón bajo- y aquella voz áspera y profunda, que sonaba como si rebotara en una cavidad, un pozo o una cueva, rugosa y estridente. Se cerraron las puertas del ascensor, y la pequeña Berta se agarró a las piernas protectoras de su hermana buscando allí refugio.

Fue entonces cuando aquella mujer enorme, y un poco desarbolada, se agachó hasta ponerse a su altura, y le preguntó:
- Y tú, ¿cómo te llamas?
La niña, tras un silencio incómodo, los ojos exageradamente abiertos, respondió con lo que más que un hilo de voz era un susurro apenas, un silencio silbante y tembloroso:
- Bertita…

Y entonces, Gloria Fuertes, sonrió con sus labios fruncidos, de un carmín apagado, y se puso a cantar con su voz ronca mientras llevaba el ritmo con el índice de la mano derecha.

Bertita, bonita,

carita de sol,

su madre le canta

do, re, mi, fa sol…

Justo en aquel momento el ascensor llegó al piso solicitado y se paró con esa resolución mecánica, previsible, de muelles y engranajes, y la pequeña Berta, trastabillando con las puertas, salió corriendo, huyendo se diría hacia su casa, mientras su hermana Nuria se despedía, también por qué negarlo, un poquito asustada, fascinada, sin retirar la vista del ascensor desde el que, ya subiendo, su vecina les decía adiós, adiós, moviendo, izquierda y derecha, sonriente, su mano regordeta.

Círculo de Lectores

No recuerda si tenía algún libro de Gloria Fuertes entre aquellos de infancia que quedaron en casa de sus padres – Los cinco, Los siete secretos, de Enid Blyton, Clásicos de Bruguera-, y ya después los libros de Círculo de Lectores. ‘Mi hermana Paz, la mayor, y yo éramos muy lectoras, y teníamos bastantes libros que comprábamos cerca de casa, en una papelería-librería, y luego, más mayores, recuerdo la llegada de Círculo de Lectores. Venía un señor, dejaba la revista y pasaba después a recoger los pedidos y a traer los libros. Mis padres nunca dijeron que no a ninguno, teníamos absoluta libertad para elegir”.

De aquella época recuerda la lectura de Conrad, Stendhal, Dostoievski y de Jorge Luis Borges, de quien conserva un ejemplar de El libro de arena, en Alianza bolsillo, con la firma del propio Borges, minúscula y emborronada, azul, que estampó en la portadilla aquella vez que dedicó en la Feria del Libro de Madrid trescientos libros exactos, ni uno más ni uno menos, ante una cola interminable de arrobados lectores.

Después fue ya el deslumbramiento de Cortázar. Aquel Cortázar fabulado, alto, gafas de pasta, que vivía en el París de las mañanas blancas como de fluorescente, y su Rayuela, cuya edición de Seix Barral, papel amarronado, tapas grises, sobadas, guarda llena de subrayados, comentarios y notas. “N.B. 11.X.84”, se lee en la página de cortesía: sus iniciales y la fecha en que lo compró, porque le gustaba entonces marcar sus libros, forrarlos y recordar el sitio de lectura: “1ª semana en Madrid”, anotó. “Esperando a Lola en la Plaza Mayor”.

No sé si las bibliotecas cumplen años, pero si lo hicieran esta de Nuria Barrios –ejemplares cruzados, fotos, recuerdos, libros puestos de pie, como si estuvieran en un escaparate- cumpliría, año arriba o abajo, veinticinco. Porque hace veinticinco años, año arriba o abajo, que se instaló en esta casa donde los libros ocupan gran parte del salón, del suelo al techo, y dos paredes. Todo partió, eso sí, de una limpia traumática. Su pareja, Tomás Bárbulo, también periodista y escritor, trajo los suyos, de modo que hubo que ver cuáles querían conservar y cuáles no, y de los repetidos elegir el ejemplar que se quedaban. Así, fueron muchos los que debieron irse, también se fueron otros que debieron quedarse, y hubo otros que desaparecieron, no se sabe ni dónde ni por qué, en el magma de cajas y montones y que tanto tiempo después siguen echando en falta: la nostalgia incurable de los libros perdidos.

En los estantes se intuye, iba a decir, un orden alfabético remoto, originario, y del que sólo queda algún rastro en las baldas: algún libro que todavía está en su sitio y que crea un criterio de orden sobre los que, acostados, acaban donde caben. “Me gustan las bibliotecas públicas ordenadas y las personales desordenadas”, defiende. “Ordenar libros es agotador, triste, terrible y algo que me provoca un rechazo físico, así que cada vez que intento un orden, apenas llego hasta la letra ‘D’: Gerardo Diego o Defoe y su Robinson Crusoe”.


La balda de los Roth

En las estanterías, mucho Camus y Cansinos, mucho Galdós, Cortázar Dostoievski, mucho Milan Kundera, mucho Carson McCullers y Roth, Joseph, Philip y Henry (es el que menos le gusta de los tres), y mucho Bowles, Memorias de un nómada, Palabras ingratas, Cuentos escogidos, o En contacto, una selección de sus cartas publicadas en Seix Barral, y que le dedicó: “Para Nuria”, se lee en un perfecto español, letra firme y airosa. “Con muchas gracias por su generosidad, Paul Bowles”

Bowles vivía en Tánger, en el último piso del edifico Itesa, un desvencijado bloque de apartamentos en el barrio americano, donde no había portero, ni buzones, y sólo una pequeña placa en la puerta, con su apellido, Bowles, que podía servir de pista a las visitas. No tenía teléfono, y la única forma de verle era llegar hasta la casa, y confiar en que alguno de los jóvenes que lo cuidaban te dejara pasar. “Fui a verle varias veces”, recuerda. “Te recibía en el dormitorio, lleno de papeles y medicinas, siempre en penumbra porque una cortina negra tapaba la ventana, recuerdo el matiz anarannado del aire, como el que emiten las bombillas de baja intensidad. Allí me sentaba en un rincón, con otros visitantes, japoneses, checos, ingleses, él en su cama, estrecha, reclinado en la pared. Le veía fumar sus cigarrillos de polvo de hachís, casi siempre en silencio porque apenas hablaba, y cuando se hacía tarde, entraba Abedhouahid, el marroquí que lo atendía, alto y resolutivo, y echaba a los visitantes, aunque a mí me dejaba quedarme”.

No tiene muchas más firmas porque siempre le da apuro pedirlas, una de García Márquez, otra de Julian Barnes, y otra de su querido Banville de quien es, casi, embajadora. Hay dos bibliotecas más, casi secretas, una en su estudio -diccionarios, libros de filosofía, Sartre y Beauvoir, mundo griego, flamenco-, y otra en el dormitorio, con una selección de poesía.
Cuenta que tiene desde hace tiempo la lectura asociada con el trabajo, y que le cuesta leer en la cama. Así, guarda en el dormitorio a algunos de sus poetas favoritos, T.S. Elliot, Juan Gelman, Alejandra Pizarnik, Chantal Maillard, Juana Castro, Aurora Luque, allí, de algún modo protegidos, alejados del trajín de la prosa donde suenan los versos, esta vez, por ejemplo, delicados, de Idea Vilariño:

 

Tan arduamente el mar,

tan arduamente,

el lento mar inmenso.

Libros recomendados:

Joseph Roth, El peso falso

La escritura de Joseph Roth posee sobriedad, belleza y profundidad poética. Lo leo y el mundo alrededor desaparece. Me gusta especialmente esta novela, aunque no es de las más conocidas. Roth no escribía largo: escribía hondo, muy hondo.

Nuria Barrios, Ocho centímetros

Este libro de relatos es el inicio de una peculiar trilogía que prosigue con el libro de poesía La luz de la dinamo y que concluirá con la novela que estoy escribiendo. Hay secretas complicidades que se cuelan de un libro a otro como ráfagas de aire.

Menchu Gutiérrez, Detrás de la boca

Leer a Menchu Gutiérrez es igual que abrir ventanas a un mundo fascinante. Ha creado un género propio donde se funden ensayo y poesía, imaginación y erudición. Este fue el primer libro que leí de ella. Me entusiasmó.