Blanca Catalán de Ocón, la primera y desconocida botánica española

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La escritora y editora Claudia Casanova publica "Historia de una flor" (Ediciones B), una novela en la que rescata la figura de la botánica española Blaca Catalán de Ocón

 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

El 31 de octubre de 1871, el prestigioso botánico alemán Heinrich Moritz Willkomm escribía al científico y botánico español Bernardo Zapater dándole acuse de recibido de las investigaciones que el botánico de Albarracín había llevado a cabo junto a Blanca Catalán de Ocón, una joven autodidacta que, en relativamente poco tiempo, -murió joven, con tan solo cuarenta y cuatro años- no solo se convertiría en la primera botánica española, sino en la primera mujer en dar nombre a una flor que ella misma había descubierto. En su misiva, Willkomm reconocía los méritos de Catalán de Ocón y, de hecho, concluía su breve carta con patente admiración hacia la española: “La carta que le ha escrito Dª Blanca la conservaré como autógrafo de la primera botánica de España”.

Nacida en 1860 en Calatayud en el seno de una familia acomodada, Blanca Catalán de Ocón fue una autodidacta, cuyos intereses por la botánica fueron siempre respaldados por su madre, que había estudiado en un internado suizo y que, desde el primer momento, quiso que sus dos hijas, Blanca y Clotilde, se convirtieran en un mujer con estímulos e intereses intelectuales, si bien ninguna de las dos pasó por las aulas universitarias. Mientras que Blanca se convirtió, si bien nunca llegaría a poseer ningún título académico, en una reconocida botánica, Clotilde se dedicó a la entomología y a la poesía. El arte y la naturaleza iban de la mano, el interés científico por el mundo natural se reflejaba a su vez en la creación artística, sobre todo en disciplinas como la poesía y la pintura. En este sentido, las dos hermanas compartieron intereses, ambas disfrutaban del entorno natural que rodeaba su ciudad natal y fue precisamente en ese entorno donde Blanca descubrió una nueva especie de flor hasta entonces desconocida. La flor fue bautizada, en honor a su descubridora, con el nombre de “Saxifraga Blanca”; término de origen latino, “saxifraga” es aquello que nace entre las piedras y fue precisamente entre las piedras, como un escultor que pule la piedra de donde nacerá su obra, donde Blanca encontró y sacó a la luz aquella flor, a la que hasta entonces nadie había prestado atención, a la que nadie había puesto nombre. El descubrimiento de la Saxifraga Blanca le reportará a la botánica el reconocimiento del que fue sus primeros apoyos dentro de la botánica en España, Bernardo Zapater, quien no dudará en destacar por escrito el valor del trabajo realizado por la joven: “La Señorita Blanca Catalán de Ocón se ha distinguido recientemente recolectando plantas muy notables, que ha presentado al mundo científico, admirablemente preparadas por su propia mano, y destinadas como están a enriquecer nuestra Flora Aragonesa, bien merecen ser consignadas en una lista especial”. Es precisamente gracias a Zapater que el trabajo de Catalán de Ocón cruzará fronteras y será conocido también en Alemania, donde Willkomm, con quien Zapater se carteaba a menudo, será su principal valedor. Si bien se conservan los dos herbarios realizados por Catalán de Ocón Recuerdos de la Sierra de Albarracín. Herbario de botánica de plantas raras de Valdecabriel y Souvenir des Aigues-Bonnes. Herbier de Botanique des plantes rares de la Vallée d’Ossau, es muy poca la información que se tiene de la botánica, de la que apenas existen trabajos y cuyo nombre ha terminado convirtiéndose en una nota al pie en muchos manuales de botánica.

Es precisamente esta falta de información, este relato lleno de lagunas, el punto de partida de la nueva novela de la escritora y editora Claudia Casanova, Historia de una flor. “Se trata de una obra de ficción”, subrayaba el pasado miércoles Casanova, “si bien, como ya he hecho en mis anteriores novelas, me gusta introducir en las historias personajes reales y hechos que sucedieron realmente”. Historia de una flor cuenta, ficcionalizándola, las peripecias dentro de la botánica de Blanca Catalán de Ocón, a quien Casanova decide rebautizar con el nombre de Alba: “el cambiarle el nombre me permitía subrayar el carácter de ficción de la novela”, que, si bien parte de los trabajos como bióloga de Catalán de Ocón y de algunas anécdotas de su biografía, inventa una historia que tiene como protagonista Alba, que, como Catalán de Ocón, es una joven botánica de la zona de Calatayud que descubre una nueva flor. Con Historia de una flor, señaló Casanova, “quería contar un enamoramiento doble: el de una muchacha del siglo XIX por la ciencia botánica, que se inspira en hechos reales y en la persona de Blanca Catalán de Ocón, y el romance entre mi protagonista y un científico alemán, que son hechos completamente ficticios y que solo atienden al privilegio de un escritor: transformar la realidad en sueños y hacer soñar al lector con ellos". En efecto, uno de los principales personajes de la novela es Heinrich Willkomm al que Casanova hace viajar hasta Calatayud para conocer a la joven Alba, a la que admira por sus estudios y su pasión por la botánica y de la que no tardará en enamorarse. “Esto no pasó”, incide Casanova, “como tampoco es cierto que Blanca acudiera al Congreso internacional de botánica que se celebró en París”. El congreso fue real, tuvo lugar en la capital francesa, pero no acudió ninguna mujer y es que, si bien Blanca no tuvo excesivos obstáculos a la hora de realizar sus investigaciones, sí tuvo que enfrentarse a un mundo de hombres al que las mujeres no tenían acceso. A Blanca, así como al personaje de Alba, no le quedó otro remedio que ser una autodidacta, que trabajar por su cuenta en los márgenes de las instituciones y de las academias, que no solo mantenían las puertas cerradas a las mujeres, sino que no llegaron a reconocer públicamente -de ahí la ausencia del Blanca Catalán de Ocón de los manuales de botánica- el trabajo de las mujeres científicas, cuyos méritos y cuyos nombres solo ahora se empiezan a sacar a la luz tras décadas de silencio.

Con Historia de una flor, Casanova abandona la Edad Media, periodo en el que había ambientado sus anteriores novelas, y abandona también “el corsé de la novela histórica” y es que, en palabras de la editora, Lucia Luengo, “Historia de una flor no puede definirse realmente como una novela histórica”, opinión que comparte Casanova, para quien la idea de escribir una obra a partir de la figura de Blanca Catalán de Ocón surgió de repente, mientras estaba preparando otro proyecto que ha quedado aparcado y que estaba ambientado, como Historia de una flor, en el siglo XIX, un siglo sobre el que la escritora quería escribir al resultarle particularmente interesantes por “los muchos paralelismos con el momento actual, con una revolución tecnológica, entonces el ferrocarril y ahora el mundo digital, unos años en los que surgen movimientos sociales y protestas como reacción a esos cambios tecnológicos, y también en los que emergen los primeros movimientos por los derechos de la mujer".

Con Historia de una flor descubrimos la figura de Blanca Catalán de Ocón escondida tras el personaje de Alba, sin embargo, como reconoce la propia Casanova, todavía queda mucho por estudiar, investigar y escribir sobre el papel fundamental de Catalán de Ocón en la botánica española, pero también europea. “Ojalá alguien, tras leer mi novela, se interese por Blanca y empiece a estudiar su figura”, concluye la escritora, para quien esta novela es solo un primer paso para rescatar del olvido el nombre de una mujer que, como el de tantas otras, quedaron anulados “por un relato escritor siempre por ellos, por los hombres”.