DAVID PEACE ¡Arde, Inglaterra, arde!

Hits: 722

David Peace: Para comprender el movimiento obrero inglés y para comprender la Inglaterra de hoy en día

 

 

 

 

 

Texto: MILO J. KRMPOTIC

 

Desde el Nobel de la paz para ese señor de la guerra que fue Henry Kissinger no se veía tamaño desencuentro entre los componentes dicotómicos de la más célebre novela de Tostói, conceptos ambos de por sí tirando a absolutos. De acuerdo, en principio uno no escoge sus apellidos. Y, de acuerdo también, es posible en realidad que uno acabe reaccionando frente a ellos, como ante sus padres y ante el orden establecido. Pero asómense a un libro de David Peace, a cualquiera de los que componen su estupenda y variada bibliografía, y verán hasta qué punto la paz no forma parte de su listado de ingredientes, ya temática, ya estilísticamente. Comencemos por lo segundo: como lector compulsivo de James Ellroy que fue en sus primeros días nipones, cuando desconocía por completo el idioma de ese País del Sol Naciente que lo había acogido como profesor de inglés, el amigo Peace decidió que solo tenía sentido escribir novela negra —si eso es lo que escribe/trasciende— desde la ambición de superar al Maestro. Como lector casual de Ryunosuke Akutagawa durante esa misma época, sumó la consciencia de que en esta vida todo depende del cristal con el que se mire, y de que a menudo, si dos pares de ojos contemplan una misma escena, entre ellos se establece una relación de espejos enfrentados capaz de multiplicar los detalles hasta el infinito, amén de ofrecer interpretaciones a menudo diversas y a veces incluso divergentes.

Es así que la obra de Peace alterna el monólogo interno con el diálogo puro, la narración sinuosa en torno a varios Leitmotivs con el más afilado staccato, todo ello jugando con los puntos de vista para generar una sensación de caos instrumental muy afín al magma en el que borbotean sus historias de sujetos enfrentados a la tradición y la ineptitud —o, mejor dicho, la incapacidad camuflada de costumbre—, el crimen y el Gobierno —o, mejor dicho, el crimen en general, sea este de origen mafioso o institucional—, y las obsesiones propias y las directrices ajenas —o, mejor dicho, la sumisión que nos suelen reclamar tanto propios como extraños. Peace comenzó a escribir a principios de los 1990 queriéndose "el William Burroughs de Manchester" — ciudad a la que se había trasladado mitad por su escena musical, mitad por su escena universitaria—, pero el resultado fue aparentemente tan desastroso que de inmediato apostó por el exilio: en Estambul, porque fue el lugar donde menos referencias le solicitaron a la hora de dar clase, y en Tokio, a donde llegó gracias a la recomendación de un amigo. Y allí se ha quedado, casado y con hijos, salvo por un período de dos años durante el cual intentó regresar a su país, solo para descubrir que la cercanía respecto a este le impedía continuar escribiendo.

Y es que, tal y como James Ellroy se sirvió de la inspiración noir para contar la historia reciente de Los Angeles con algún cuarteto de por medio, la obra de Peace ha sabido reflejar la procelosa posguerra británica en general y de su Yorkshire en particular a partir de un caso criminal, un choque económico-social y el fútbol. No son malas patas para poner en pie una maqueta de Inglaterra y, por mucho que se tuerza para mirar hacia Oriente, no existe el menor motivo para desdeñar la cuarta, esa Trilogía de Tokio cuyas primeras dos entregas se zambulleron en el momento de crisis brutal del día después a la derrota en la segunda guerra mundial y que ha dedicado la tercera a Ryunosuke Akutagawa. Por partes, no obstante, la primera pata fue nada más y nada menos que una tetralogía: la que bajo el lema de Red Riding y a lo largo de los años 1974, 1977, 1980 y 1983 — títulos respectivos de cada una de sus entregas— siguió las andanzas de Peter Sutcliffe, “el destripador de Yorkshire”, quien asesinó a trece mujeres y agredió a otras siete con la connivencia de una policía de métodos y mentalidad casi decimonónicos. La tercera se introdujo en la compulsiva mente entrenadora de dos de las figuras más legendarias del fútbol inglés: Brian Clough, durante su breve paso por el Leeds United (Maldito United), y Bill Shankly, durante la década y media en que encumbró al Liverpool (Red or Dead). Y, entre una y otra, ahí está el monumental GB84 con que se ha atrevido Hoja de Lata, casi setecientas páginas corales y telúricas, exigentes pero jamás confusas, con un tour de force traductor de Ignacio Gómez Calvo, dedicado a la huelga minera que puso patas arriba al Reino Desunido entre 1984 y 1985, y todo cuanto esta conllevó: las presiones políticas, el juego sucio policial, el estallido de conciencia de clase, las tensiones sindicales, los tipos de a pie de calle que lo apostaron todo y que todo lo perdieron… sin olvidar a un David Peace adolescente que por aquella época se pirraba por The Sisters of Mercy y que llegó a tocar con su primera banda en algunos conciertos de apoyo a los huelguistas.