“Lo más sobrenatural es la maldad del ser humano”

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Entrevistamos a Enrique Llamas, que se estrena como narrador con "Los Caín" y participa en BCNengra

 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: PABLO A. MENDIVIL

 

Un joven profesor llega a un pueblo de Castilla la vieja para dar clase en un colegio. Estamos en los últimos años del franquismo, en un pueblo cerrado en sí mismo, envuelto en silencio y de cosas no dichas. Los vecinos miran con recelo a este joven profesor, ignorante de los códigos necesarios para descifrar las relaciones de los habitantes de este pueblo, que, como el pueblo creado por David Lynch para Twin Peaks, parece estar envuelto por el manto de la maldad. Con Los Caín, Enrique Llamas se estrena como escritor y en sus páginas no es difícil encontrar ecos de dos de sus autores de referencia: Ana María Matute y Miguel Delibes.

El difícil no pensar en Los Caín y no recordar de inmediato Los Abel de Ana María Matute, así que para empezar déjame preguntarte sobre la relación entre ambos textos y tu relación como lector con Matute.

Ana María Matute ha sido una de las escritoras que más me han influido: en mi vida, como lector y, por tanto, como escritor. Era una mujer asombrosamente afectiva, pero también muy consciente de la realidad que le había tocado vivir y que la convirtió en una mujer dura. Eso se refleja en sus libros, incluso en los de fondo fantástico, que revelan una crudeza enorme por mucho ser mitológico que nos encontremos. Parafrasear, por así decirlo, su título para convertirlo en el mío es una manera de homenajearla y de dar una seña al lector para que entienda de donde bebe Los Caín.

Si citamos a Matute hay que citar también a Delibes, a quien reconoces como referente ¿Hay un intento en Los Caín de rescatar una tradición literaria encabezada por Delibes que, a lo mejor, ha sido parcialmente olvidada?

No sé si ha sido olvidada la tradición literaria de Delibes o más bien, y paradójicamente, la realidad que él retrataba. Las libros de Delibes me impactaron en la infancia (y lo siguen haciendo) porque con él descubrí que todo puede ser materia literaria, también los campos castellanos que rodeaban mi pueblo, en principio tan secos y aburridos. Creo que a la realidad rural española, y en concreto a la castellana, se le ha mirado poco. Por otro lado, uno tiene que escribir de lo que conoce, de lo que maneja, y esas tierras, ese entorno, es mi territorio natural.

¿Cuán presente crees que está el legado de Delibes en las actuales letras españolas?

Delibes es un ruido de fondo constante, pero en mi generación creo que no es un agente activo. Quizá sí lo sea en generaciones veinte o treinta años mayores a la mía. Sí que hay hacia su figura gran admiración y respeto, pero como a algunos santos no se le mira demasiado. Por mi parte esta admiración no solo se dirige a sus historias y la realidad que retrataba, también hacia la forma, tan aparentemente sencilla, tan llana, sin ninguna pretensión.

Tu novela está ambientada en Somino, un pueblo de pocos habitantes de Castilla durante el franquismo. Ahora se habla del neorrealismo o de las novelas rurales ¿te gusta la etiqueta y hasta qué punto crees que Los Caín podría incluirse en dicha categorización?

No creo que las etiquetas sean buenas para los escritores, pero a los lectores les pueden ayudar a orientarse en un país en el que se publica tanto, tantísimo. Cuando yo escribí la novela no tenía tanto la palabra “neorrealismo” en la cabeza, sino “costumbrismo”, una palabra que me parece más fácil de entender. Los Caín es rural y costumbrista, sin duda, pero es rural porque lo es en contraposición a la ciudad. Es rural porque su protagonista es de Madrid y no ha salido en su vida del barrio de Salamanca. Ahí tenemos a otro tipo de “’paleto”, que es el que a mí me interesa: el que no ha tocado en su vida una vaca.

Uno de los temas de la novela es el mal, que sobrevuela el ambiente sin manifestarse explícitamente. De ahí que más de uno haya relacionado tu novela con Twin Peaks ¿Cómo te ha influido la estética de Lynch y sobre todo su concepción de la maldad?

Twin Peaks inventó la ficción televisiva tal y como hoy la entendemos en cuanto a formato y ritmo. Lynch es insondable, es críptico y es muy onírico. La serie fue buena siempre que él estuvo al mando. Twin Peaks me fascina porque habla de la lucha entre el bien y el mal, entre personas buenas y malas, entre el lado bueno y el lado malo de cada persona. Al principio es todo blanco y negro, después hay cosas que no se explican y que son toda una gama de grises: eso es lo realista y lo inteligente de Lynch, aunque para hablar de ello utilice dimensiones paralelas a lo que conocemos como “realidad”. Luego está el tema del foráneo, del extranjero, que es su agente Dale Cooper, llenísimo de matices. Ese tema es el que yo utilizo, salvando las distancias, con mi protagonista: Héctor Cruz.

En este sentido ¿qué peso tiene el elemento fantástico, sobrenatural o simbólico, como puede ser el ciervo, en tu escritura?

El ciervo ancla la novela en una noticia que tuvo su lugar en prensa en agosto de 2010: la misteriosa muerte de ciervos en la Sierra de la Culebra, en Zamora. La historia toma tierra ahí, pero esa fantasmagoría de la portada, el ciervo en negativo, nos habla de la sensación de irrealidad que produce su muerte, que en la novela toma causas y cauces distintos, y que altera la cotidianidad del pueblo como si fuera lago sobrenatural. Al final de la novela se desvela que de sobrenatural no tiene nada. Lo más sobrenatural es la maldad del ser humano.

¿Por qué inventarse un pueblo como Somino? O, mejor dicho, ¿hay una voluntad de ir más allá de los límites de “lo real”?

Es una cuestión práctica y poco literaria: urbanísticamente Somino es mi pueblo: La Hiniesta, en Zamora. Pero lo que ocurre en Somino, afortunadamente, no ocurrió en La Hiniesta, así que cambié el nombre para evitar falsas identificaciones. También lo desplacé más al norte de la provincia. El distanciamiento que tomé al cambiarle el nombre me dio más libertad, porque lo hice completamente mío, un territorio propio. Todo esto, a la vez, difumina la frontera entre realidad y ficción, una frontera que no existe.

¿Una historia como Los Caín solo hubiera tenido razón de ser en un pueblo?

Se puede hablar de la maldad con muchas formas. Yo utilizo un pueblo porque en los lugares pequeños la gente se conoce y no hay lugar a las máscaras. Es todo más evidente. Es más evidente, pero no peor. Puede ser peor la maldad refinada entre compañeros de un despacho de abogados, por ejemplo, porque en una gran ciudad hay lugar para el escondite y porque el mercado laboral impone ciertas reglas. Aquí no lo hay. Aunque hay elementos, como los ciervos, que en una ciudad no hubiera podido introducir. Si hubiera tomado como escenario una gran ciudad, hubiera utilizado otros elementos igualmente válidos.

Una de las figuras claves de texto es el protagonista, el extraño, aquel que viene de fuera. ¿El foráneo siempre es visto con recelo? Y, en este sentido, ¿la historia del joven profesor no es la historia de todos aquellos que llegan ahí donde no son bienvenidos?

Sí, la historia del profesor es la de muchas personas. En concreto la historia de Héctor es la del campesino que llega a la ciudad, pero dada la vuelta. Él es un “paleto” de ciudad, cosa que como ya he señalado me interesa mucho. No digo que siempre el foráneo sea visto con recelo, pero sí ocurre a menudo. A las personas no nos gusta que nadie venga a interrumpir nuestra “normalidad” nuestra “tranquilidad”. Lo que pasa es que cada uno tiene su concepto de normalidad y tranquilidad, sobre todo cuando solo conoce el suyo y no sabe que hay maneras de mejorarlo.

Me gustaría preguntarte sobre la lengua, pues si no me equivoco has hecho un gran trabajo de recuperación de expresiones castellanas que se han ido perdiendo con los años.

No sé si he hecho un “gran trabajo”… simplemente he escuchado. He escuchado expresiones que sólo se utilizan en Castilla, en concreto en Zamora. Expresiones que se pueden perder, olvidando con ellas gran riqueza. Son palabras que no sabía que eran localismos hasta que llegué a vivir a Madrid. Incluso escribo expresiones que no sabía que eran localismos, los propios lectores, o mi editor, me han enseñado que lo eran. Ha sido una de las respuestas más bonitas que he tenido con los lectores: gente a la que hacía ilusión ver en un libro palabras que sólo utilizan en un ámbito muy concreto. Tengo que confesar que es una cuestión de oído, de prestar atención, no de investigación.

¿Podemos todavía decir que los pueblos conservan expresiones y palabras que el habla de la ciudad ha borrado u olvidado?

Absolutamente. Y al revés. No sé en qué pueblo se utiliza la expresión “mazo”, como adverbio, de forma natural, sin pretensión de imitar a la gran ciudad. Lo que ocurre es que las palabras de ciudad corren menos riesgo de perderse.

Participas en BCNegra. A priori, podría decirse que Los Caín no responde exactamente al género negro, pero ¿cómo lo ves tú? ¿Crees que lo “negro” puede encontrarse en obras que transgreden o respetan las reglas del género, es decir, novelas que no buscan inscribirse en el género negro, si bien abordan elementos y cuestiones propias de dicho género?

Yo no escribí la novela como una novela negra, aunque sí utilicé elementos de misterio para atrapar al lector. Son las lombrices en el anzuelo, pero lo importante es el pez. La riqueza está en la transversalidad, en que los géneros vayan en píldoras y no en formatos enteros, como corsés cerrados. Lo negro se encuentra en muchas obras. Por ejemplo, y sin salirnos de los referentes nombrados en esta entrevista ¿Es Las Ratas de Delibes una novela negra? No. ¿Tiene elementos negros? Yo creo que sí.

Por último, me gustaría preguntarte de qué manera dialogas con los autores de tu edad y con la literatura actual.

Creo que hay autores muy interesantes. Siempre nombro a Gómez Bárcena, pero también está María Sánchez, con una aproximación muy particular y personal al mundo rural. En Barcelona Negra coincidiré con Paco Bescós, también muy interesante y rural. No sé si es aventurado decirlo, pero creo que a esta generación puede unirnos notar el suelo tambaleante bajo nuestros pies. O por lo menos es una sensación de la que no me puedo desprender.