Cine y antifascismo

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Un repaso por el cine comprometido con el antifascismo

 

 

 

Texto: BEGOÑA PIÑA

 

Rainer Wenger: “¿Creéis que en Alemania no sería posible que volviera una dictadura, verdad?”

Jens: “De ningún modo. Ya hemos aprendido la lección”.

El historiador californiano Ron Jones realizó en 1967 un experimento muy perturbador con alumnos de secundaria. Implantó una férrea disciplina en su clase, consiguió que los chavales entraran en el aula y se sentaran correctamente sin hacer ruido en menos de treinta segundos, inventó un saludo para que se reconocieran entre ellos, les dijo que debían impedir la entrada a todos los que no pertenecieran al grupo… En tres días, Jones había reproducido en este instituto de Palo Alto la dinámica de la Alemania nazi. Al ver que el experimento se le iba de las manos –después de denuncias de unos alumnos a otros y de que el grupo creciera a cientos de estudiantes deseosos de pertenecer al colectivo dominante-, decidió detenerlo lo mejor que pudo. Todo había empezado con una pregunta de los jóvenes, ¿cómo era posible que los ciudadanos alemanes hubieran permitido que los nazis asesinaran a millones de personas?

El escritor neoyorquino Todd Strasser publicó en 1981 una novela inspirándose en aquel experimento, la tituló La ola y la publicó bajo el seudónimo de Morton Rhue. En 2008, el cineasta Dennis Gansel hizo la adaptación al cine del libro y con esta alegoría cargada de una fuerte denuncia política sorprendió a la comunidad internacional. No era la primera aproximación del director al universo criminal del nazismo, cuatro años antes ya había rodado Napola, escuela de élite nazi; y tampoco era, naturalmente, la única reflexión que el cine, centenario, había desarrollado sobre el nazismo, el fascismo y sus siniestras consecuencias.

Muchos han sido los creadores en el cine que han sentido la ‘responsabilidad’ a la que se refirió Noam Chomsky cuando dijo que “en cuanto a la responsabilidad de los intelectuales, no me parece que haya mucho que decir más allá de algunas verdades simples: los intelectuales son privilegiados; el privilegio genera oportunidad y la oportunidad confiere responsabilidades”. Existe, sí, en el cine un compromiso que en muchos casos en los últimos decenios se ha dedicado a alertar, intentando neutralizar, el poder de la propaganda ultraderechista y de los movimientos ultranacionalistas. A grandes obras históricas antifascistas –una de ellas sería, sin duda, Novecento (1976), de Bernardo Bertolucci- se han ido sumando películas que desde diferentes rincones de la actualidad han denunciado el fascismo, las nuevas corrientes neonazis, los populismos, las tendencias xenófobas, racistas y violentas de Trump, la extrema derecha de Salvini, la amenaza de la familia Le Pen, la xenofobia británica expresada a través del Brexit, el inhumano ultranacionalismo de algunos países europeos que mata a millones de refugiados e inmigrantes…

Hace solo unas semanas, el cineasta alemán Robert Schwentke aterrizó en España con su película El capitán, en la que, para enorme incomodidad de los espectadores, nos advertía de la repetición hoy de los comportamientos totalitarios más salvajes de la historia reciente. Inspirada en el caso real del soldado alemán Willi Herold, conocido como ‘el verdugo de Emsland’, el director advertía: aquello está pasando otra vez hoy y los cabecillas son nuestros propios vecinos o nosotros mismos. Herold se separó de su unidad cuando el ejército nazi estaba ya en retirada. En su huida encontró el uniforme de un capitán de la Luftwaffe y, probablemente, para salvar su vida se vistió con él y se hizo pasar por oficial. Y comenzó a matar, cada vez más arropado por otros desertores que se le fueron uniendo. La banda ejecutó a más de cien personas, desertores alemanes también, pero que habían sido detenidos, en el campo de prisioneros Aschendorfermoor. Los créditos finales de la película, un ejercicio rodado en blanco y negro y con un turbador toque surrealista y grotesco, reúnen aquel mundo con el de hoy, con ciudadanos europeos que pasean tranquilamente por las calles de una de nuestras ciudades.

El británico Shane Meadows narró sus propias experiencias de infancia en la película This is England (2006), cuando un grupo de skinheads, racistas blancos, estuvo a punto de convencerle para que se uniera a ellos. En la ficción, uno de estos ultras recién salido de prisión atrae al pequeño Shaun de doce años, desolado por la muerte de su padre en la guerra, para que se una a su grupo. “Hay tres millones y medio de parados y esa Thatcher nos ha enviado a una falsa guerra”, grita en sus discursos Combo, el neonazi que ha conquistado al niño haciéndole sentir parte del grupo, protegiéndole y adulándole. El discurso xenófobo y racista adquiría en esta película el tono amenazante de una realidad que hoy estamos, desgraciadamente, viviendo.

El protagonista de American History X (1998), interpretado por un magnífico Edward Norton, era también un neonazi rapado que pasaba por prisión después de matar a un negro. La idea central en esta película de Tony Kaye era, sin embargo, la redención. Dispuesto a abandonar el universo de odio y violencia en el que había vivido los últimos años, Derek salía de la cárcel dispuesto a llevar una vida de tolerancia, convivencia y paz, pero al volver a casa descubre que su hermano pequeño está total y ferozmente integrado en los grupos extremistas de los que él quiere huir. La película, que le valió una nominación al Oscar a Norton, lograba contagiar de miedo al espectador, incapaz de abstraerse del discurso fanático y la brutalidad de estos nuevos fascistas.

En EE.UU. y de la mano de uno de sus cineastas más celebrados de los años recientes, el texano Wes Anderson, se mantienen vivas las denuncias contras los gobiernos ‘criminales’ como el que lidera estos días Donald Trump. Su película de animación Isla de perros, ganadora del Oso de Plata al Mejor Director en Berlín, apareció en los cines cargada de metáforas contra los tiranos del mundo de hoy que levantan muros y expulsan de su país a ‘los otros’, repleta de personajes –a pesar de ser perros los protagonistas- perfectamente reconocibles y aliñada con una notable carga de esperanza en la rebelión. “Queríamos hablar de un gobierno criminal y para buscar inspiración buceamos en la Historia, pero el mundo cambiaba a medida que escribíamos y la película se fue haciendo cada vez más política”, explicó el cineasta en Madrid, donde presentó el filme tras su paso por la Berlinale.

El propio Steven Spielberg se enfrentaba a Trump y a los métodos censores de las nuevas corrientes fascistas este mismo año recordando un episodio real de la historia de su país en Los papeles del Pentágono. Las agresiones del presidente norteamericano contra la prensa y la liberta de expresión recibían la respuesta contundente de esta gran película, en la que el cineasta escribía la crónica de cómo The Washington Post se alió con The New York Times a principios de los 70 en una lucha histórica contra el gobierno para defender la libertad de prensa. Altamente inspirador para los periodistas, el filme animaba a los profesionales a enfrentarse a los abusos del poder y de paso hacía un ejercicio de empoderamiento de la mujer al rescatar la figura clave de la editora del Post Katharine Graham.

Lucas Belvaux, sacó de sus casillas a Marie Le Pen y al número dos Florian Philippot del Frente Nacional Francés con Este es nuestra tierra, donde dibujada el retrato de una organización ultraderechista en su denonado esfuerzo por engañar vilmente a sus vecinos. El inimitable Michael Haneke, entre el realismo y la farsa, acusaba a los europeos de indiferencia, de vivir anestesiados ante la brutal e inhumana política de emigración en su reciente Happy End. Los códigos fascistas de los peores tiempos del Viejo Continente –seres humanos encerrados en campos, expulsados a la miseria y la muerte- han vuelto y los burgueses europeos miramos insensibilizados hacia otro lado.

El oscuro y amenazante auge de las corrientes ultraderechistas en el mundo era el tema central de Las chicas del Amanecer Dorado, donde este año el documentalista noruego Håvard Bustnes lanzaba su grito de alarma desde un episodio vivido dentro del partido neonazi griego Amanecer Dorado, instalado con una relevante representación parlamentaria que le ha convertido en la tercera fuerza política del país. La película se rodó en el año 2013, cuando los principales líderes del grupo fueron condenados a prisión preventiva por el asesinato de un rapero. A partir de ese episodio, el experimentado documentalista detalla cómo funciona la organización y cómo las mujeres del partido tomaron entonces las riendas de la campaña.

Se advertía del mismo peligro, narrado esta vez desde la ficción, en Entre las sombras, la película del cineasta alemán de origen turco Fatih Akin, que le valió el Globo de Oro a la Mejor Película de Habla no Inglesa y el prestigioso Premio a la Mejor Actriz, para Diane Kruger, en Cannes. Movimientos neonazis, terrorismo y violencia, xenofobia… recorrían la película, inspirada en el caso real del grupo Clandestinidad Nacionalsocialista (NSU), que asesinó a diez personas (crímenes racistas) entre 2000 y 2007. Al horror sobrevino el escándalo cuando se conocieron los errores e irregularidades de los cuerpos de seguridad y de la agencia de inteligencia policial que impidieron la captura de los terroristas durante una década. “La gente necesita expresar sus miedos y el auge del neoconservadurismo, también producto de la globalización, ha venido bien a los neonazis que se sienten como en casa en estos movimientos. Ahora son grupos más abiertos a todo el mundo. Así que sí, hay un vínculo entre la globalización y el racismo, y hay muchos cómplices”, dijo el cineasta en Madrid.

La lista de películas antifascistas es muy extensa. Y aunque imposible mencionar todas y cada una de las obras que la conforman, no podemos cerrar este recuerdo sin mencionar al menos un título del cine nacional. De entre muchos otros, por su valentía, por el momento en que se estrenó, por los problemas y ataques que recibió, por su sobresaliente calidad y por los ecos de compromiso y denuncia directa que contenía. Se trata de Camada negra, segundo largometraje de uno de nuestros cineastas más reconocidos. Estrenada dos años después de la muerte del dictador Franco, la película sigue siendo hoy un potentísimo alegato antifascista. Escrito a cuatro manos junto a José Luis Borau, con este filme el cineasta cántabro conquistó el Oso de Plata al Mejor Director en Berlín. En ese 1977 le llovieron amenazas, tuvo que enfrentarse a la censura, pusieron una bomba en el Cine Luchana que exhibía el filme y que recibió luego otra agresión a su fachada con cócteles molotov. Camada negra, al fin y al cabo, llegaba en un momento delicadísimo, en que las hordas franquistas campaban todavía a sus anchas por las calles. A los fascistas no les gustó ese retrato de manipulación y violencia que hacía la película y quisieron acabar con él a su manera.