Un viaje a pie por Teruel resiste

Hits: 1140

La tercera y última parte de la Trilogía Aragonesa del caminante y escritor Javier Arruga

 

 

 

Texto: REDACCIÓN

Foto: JAVIER ARRUGA

 

En 2010, Javier Arruga empezó la aventura de contar sus andanzas a pie por tierras aragonesas y publicó el primer libro de la Trilogía Aragonesa (Mira Editores) En el país de los cucutes. Un viaje a pie por los Monegros, al que le siguió en 2012 Primavera en la Guarguera. Un viaje a pie por el Prepirineo aniquilado (Premio Félix de Azara). Ahora con Montes Universales, gentes universales. Un viaje a pie por Teruel resiste cierra este fresco personal y literario, en el que la literatura de viajes ha ido dando paso a la autoficción, sin olvidar las voces de las gentes y los paisajes. La Trilogía Aragonesa son paisajes, aventuras, reflexiones y un sinfín de vivencias y “una respuesta libre a La España vacía…pues el muerto está muy vivo” nos dice Arruga.

Este viaje por los Montes Universales cierra tu trilogía Aragonesa.¿Por qué elegiste estos tres entornos para tu retrato en marcha de Aragón? ¿Por qué no seguir caminando?

El primer viaje lo hice por los Monegros porque mi familia paterna procede de allí. Los archivos parroquiales de Perdiguera hablan de una Ynes d ´Aruga en 1526. ¡Llevamos allí por tanto casi quinientos años! ¡Cómo no hablar de ellos! Además, paisajísticamente, siempre me fascinaron. Date cuenta de que desde un punto de vista botánico y faunístico están emparentados con las estepas de Asia Central. Y fue allí, andando por los Monegros, cuando se me ocurrió la idea de continuar una trilogía que buscara comarcas o zonas con especial personalidad para representar a cada provincia. El despoblado Sobrepuerto o la Guarguera oscenses, en los somontamos, me parecieron tener mucha fuerza y no ser tan conocidos como el Pirineo, que se lleva todo el relumbrón. Las historias de despoblación, además, me ofrecían una tragedia griega sin esfuerzo. Y respecto a Teruel, fue el nombre lo que me atrajo como un imán desde el principio: Montes Universales; aunque luego, no me pude sustraer a recorrer otras zonas, como el Matarranya, que es un paraíso y encima es un territorio fronterizo y por ello bilingüe, algo que siempre me ha interesado. Y lo que dices de seguir andando... pues ya lo he pensado, ya, convertirme en un homo viator literario, pero ya sabes que al escritor, o a mí por lo menos, le gusta cambiar, mostrar que puede dedicarse a varios palos. Creo que es porque en el fondo, todos tenemos miedo a que nos encasillen, aunque tal vez esté en ese encasillamiento nuestra verdadera personalidad.

Labordeta ha sido un gran andarín y contador de paisajes. ¿Qué consideración te merece? 

Cuando era adolescente, mi madre decía que a mí no me podían "tocar" ni a Sabina ni a Labordeta. "Al pequeñín no le toquéis ni a Sabina ni a Labordeta" decía. Sigo siendo labordetiano y buñueliano, pero, curiosamente, respecto al primero, solo en la faceta musical; de hecho, no he visto ni un minuto de Un país en la mochila porque no soy muy televidente, por ejemplo. Tampoco lo he leído mucho, Banderas rotas y poco más. Pero su gran herencia, para mí, y esto no lo hizo solo, sino que lo hizo conjuntamente con otros intelectuales como Eloy Fdez Clemente, fue (siento que suene a marketing y a escuela de negocios) poner en valor el territorio: a mayor despoblación, a menor fama, a menor productividad del suelo, mayor valor paisajístico, emocional y cultural. Y, no por casualidad, ese amor a la tierra pelada, a la sierra callada, lo desarrolló cuando estaba destinado en la provincia de Teruel como profesor. Sí, un grande, desde luego.

En estos trayectos habrán sucedido muchas cosas, si tuvieras que elegir un recuerdo o momento de iluminación entre todos, ¿cuál sería? 

Fíjate que los recuerdos más intensos son de anécdotas que me han sucedido en los clubes de lectura de los pueblos comentando los viajes; tal vez sea por aquello de que los recuerdos deben de ser compartidos; pero si me pides un momento de iluminación, me viene a la mente una enseñanza que suelo tener muy presente. Me la impartió un navarro que es actualmente neopoblador de un pueblo recuperado del Serrablo, cerca de Sabiñánigo. El pueblo se llama Ibort y al neopoblador lo bautizo en Primavera en la Guarguera como el Indio de las praderas. Esta enseñanza fue que cuando dejaba el pueblo para continuar viaje, me dio unos escritos suyos en los que encontré una perla para la vida. Era sobre su experiencia en Ibort y decía así: "cuando las cosas se ponen cuesta arriba, ahí tienes mucho que aprender". Pero además de eso, pues claro, momentos hay muchos, la noche de abducción en Casa la Una, en Poleñino, el encuentro con el macho cabrío de Nasarre, el hallazgo del campamento maquis de Tormón y cómo en ese momento parí una nueva novela: Me comí su corazón... muchos, muchos momentos, los tres viajes han sido maravillosos.

¿Y el peor momento?

Más allá de extravíos, caídas, sed y penalidades, el momento más tenso, aunque ahora me hace reír, fue cuando, entre Griegos y Orihuela del Tremedal, el camino atravesaba una explotación de toros bravos. Era de noche y tenía que pasar por entre morlacos de quinientos kilos a los que les brillaban los ojos por la luz de mi frontal. Cuando superé esos humedales, para más inri, comencé a escuchar unos ladridos que aunque yo pensé que eran de perros salvajes, eran de corzos, que emiten un ladrido, la ladra, muy parecido al de un can. ¡Vaya nochecita! Debería haberse titulado el episodio.

Otros momentos difíciles fueron cuando, tras acabar el primer volumen: En el país de los cucutes, comprendí que había sido indiscreto con bastante gente... ese es un riesgo de los libros de viajes que se desarrollan sobre territorios cercanos. 

Pero claro, y esto es algo que pienso ahora, estos días, yo soy un hombre, y además alto y fuerte, por lo que no me da miedo viajar solo por ahí; pero tal vez estos viajes, este tipo de literatura, sea algo vetado a compañeras escritoras.

¿Qué has aprendido tras tanto caminar y mirar?

Que al igual que leer más, comer sano o vivir en general de una manera más saludable y acorde con nuestro interior y la naturaleza, caminar y hablar con la gente es un placer del que nos privamos por aquello que en la filosofía budista se conoce como "la pereza de occidente". Efectivamente, sabemos que es bueno, pero nos da pereza hacer las cosas bien porque nos resulta más fácil vivir encadenando actividades irrelevantes como pollos sin cabeza. Pero sí, sería fundamental andar más y hablar más con la gente, ya que esa empatía con el territorio y las personas ahorrarían a nuestra civilización de no pocos males. Como profesor, me gustaría insistir en la idea de que yo, personalmente, he aprendido más caminando y mirando o viajando y hablando con la gente, que en clase.