«Quien controla difusión, la transmisión o la comunicación de las palabras tiene el poder». Nicolás Sartorius.

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Nicolás Sartorius analiza la tergiversación actual de las palabras que escuchamos a diario en el libro La manipulación del lenguaje. Breve diccionario de los engaños.

 

 

 

 

Texto: ROSER HERRERA

 

En política, las palabras son «hechos», tienen su propia densidad «física» y sus efectos pueden ser beneficiosos o catastróficos. Las palabras habladas y escritas a lo largo de la historia han provocado guerras, levantamientos, matanzas… Existe, sin duda, un hilo invisible entre el lenguaje y la movilización de las conciencias que puede originar pequeños o grandes cambios. Nicolás Sartorius analiza la tergiversación actual de las palabras que escuchamos a diario en el libro La manipulación del lenguaje. Breve diccionario de los engaños

A priori, podría parecernos que el lenguaje es el vehículo que usamos para comunicarnos, de forma que solo con nuestra cabeza pensante, un ordenador (o un lápiz) y un diccionario de la RAE, podremos expresar cualquier opinión o pensamiento de una forma neutra, como si la lengua fuera algo objetivo y que «solo» conocer el significado de las palabras fuera suficiente para poder transmitir conceptos o leer los de los demás. Pero esto no deja de ser parcialmente cierto (y digo parcial porque solo en la expresión «la casa de mi vecino es grande» entra en juego la idea que para cada uno tiene «hogar» o «casa» como lugar físico, de forma que lo que es grande para uno es ínfimo para otro), y es que en realidad, la elección de la palabra que usamos en cada momento para expresarnos no es casual y en muchas ocasiones tiene más connotaciones de lo que podría parecer.

Si leo que alguien se describe a sí mismo como «profesionista», pensaré que es de origen latinoamericano; si oigo en el metro decir «ayer bailemos toda la noche», tal vez llegaré a la conclusión de que esa persona no terminó el bachillerato (y hoy en día seguramente me equivocaré); si leo que algo «mola mazo» o es «chachipiruli», naturalmente diré que estoy ante un carroza viejuno; si estoy en Cataluña y alguien se refiere a otro como «nacionalista catalán», rápidamente sospecharé que quien usa ese término no es independentista, ya que si no, diría «catalanista», y lo mismo sucederá con las expresiones «reto secesionista» o «proceso soberanista», que serán utilizadas según la forma de pensar del interlocutor. Llegados a este punto, dejaremos los ejemplos, no vaya a ser que nos metamos en camisas de once varas… Espasa publica ahora el libro del exdiputado del PCE e IU, abogado y ensayista, Nicolás Sartorius, titulado La manipulación del lenguaje. Breve diccionario de los engaños. En él su autor cuenta cómo viene constatando desde hace tiempo la generalización de la tergiversación de las palabras, tan propio de la llamada «posverdad», que no es más que un universo de mentira y manipulación. Veamos, pues, algunos de los 65 vocablos que Sartorius ha escogido y que componen este singular diccionario.

Clase media. A partir de la Segunda Guerra Mundial, el llamado Estado de bienestar se ha extendido por los países de Europa Occidental y una parte importante de los trabajadores ha mejorado su nivel de vida. Así, se han sustituido los conceptos clásicos de burgueses y obreros o proletarios, de matriz socialista o marxista, por otro más aséptico, el de clase alta, media y baja. ¿Qué criterio utilizamos para concluir que una clase es alta o baja para entonces asentar la media? Si pusiéramos en la alta los que reciben rentas más abundantes y en la baja a los más pobres (parados, pensionistas, etc.), seguramente en la media hoy en día no habría nadie. Si lo usáramos en función de la renta anual, en muchos casos la pertenencia a una clase u otra dependería del día del mes en el que nos encontramos. En el fondo, eso de las clases medias era un espejismo, una metáfora, una ilusión, una fantasía, un fenómeno óptico o un sueño del que millones de personas despiertan el día en que reciben una carta de despido. Es justo entonces cuando te das cuenta de que no eres «clase media», sino un trabajador, obrero o proletario, sea de mono azul o cuello blanco, alguien que vende su fuerza de trabajo, manual o intelectual, en un mercado que se llama «laboral», en el que te pueden contratar o despedir libremente para ampliar ganancias o reducir costes. Y es también ahora cuando uno se percata de que su condición de propietario de un piso se esfuma, porque el piso en realidad es más bien del banco que le ha prestado el dinero mediante la correspondiente hipoteca.

Congelación salarial. Se dice así cuando los sueldos se quedan igual durante un determinado periodo de tiempo. Lo que ocurre de verdad es que se están reduciendo los sueldos en la misma proporción en que suben los precios, la inflación o el índice de precios al consumo. Así, los cálculos más ajustados sobre lo que ha ocurrido en España con los salarios indican que entre 2008 y 2017 los trabajadores han perdido un 7% de poder de compra, lo que quiere decir que las retribuciones han aumentado menos que los precios. No es por tanto una congelación, sino una descongelación a la baja de su capacidad de consumo.

Economía de mercado. Se usa para definir nuestros sistemas económicos cuando en realidad nos estamos refiriendo al capitalismo, que es como lo hemos llamado toda la vida.

Además de estos encontraréis también el significado real y el figurado, según Sartorius, de «izquierda abertzale», «los mercados», «nuestro entorno», «participaciones preferentes», «preso político» o, incluso, «sentido común», y así hasta llegar a los sesenta y cinco contenidos en este Breve diccionario de los engaños de la editorial Espasa, que con tan solo dos meses en las librerías ya va por su cuarta edición.