Sara Mesa: "Lo de la locura, es muy relativo”

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Entrevista a Sara Mesa, autora de "Cara de pan" y de "Silencio administrativo", ensayo publicado recientemente

 

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

 

Sara Mesa se mueve con pasos cortos y frases breves que parecen ligeras pero no lo son, como uno de esos pájaros saltarines de los que habla el Viejo con conocimiento de ornitólogo vagabundo en Cara de pan. Ella, de adolescente, se perdía también por los parques buscando un reguero de migas. Nos cuenta la historia de una adolescente que no quiere ir al instituto y al salir de casa por las mañanas con la mochila toma la dirección opuesta y se parapeta en un parque donde ha encontrado una fortaleza de la soledad tras unos setos. Allí se encuentra con el Viejo, como ella misma lo bautiza de manera afectuosa o meramente descriptiva. Es un hombre que se acerca a la vejez, vestido con un traje desgastado que algún día fue elegante y que se acerca a ella poco a poco, como si no quisiera que ese pequeño pájaro adolescente no se espantara y echase a volar. Y poco a poco, un palmo más cerca cada día, van trenzando una relación que podría llamarse amistosa, quizá tan solo circunstancial o, tal vez, un pretexto del adulto que tras su mirada bondadosa de loco inofensivo esconde al depredador que en cuanto se descuide, alargará su zarpa y atrapará al pájarillo. Sara Mesa ha conseguido en estas páginas la máxima aspiración de todo escritor: hacer que el libro sea suyo.

Has hablado en alguna ocasión de “la intuición del primer momento”… ¿hay algún fogonazo que te conduzca hacia esta historia?

En mi caso, el fogonazo, por así llamarlo, o la iluminación, como la llamaría Carson McCullers, aparece casi siempre en relación con la puesta en escena, que va estrechamente ligada con la historia: dos personajes que se esconden, un refugio entre los setos de un parque, conversaciones durante varios días y la amenaza del mundo exterior, siempre presente aunque no lo veamos directamente. Estos fueron los elementos que se me vinieron a la cabeza en un primer lugar y sobre esto escribí un cuento, “A contrapelo”. Luego me quedé con ganas de desarrollar una historia diferente, más larga, otra posibilidad. Y de ahí surge Cara de pan.

No eres una escritora de esquema, pero en este caso, donde se plantea una tensión entre ese viejo que podría ser un inocente inofensivo o un pederasta manipulador, ¿sabías desde el principio cómo se resolvería?

Sí, el desenlace lo tenía claro, aunque no los detalles, la manera de cerrar la historia –esas son las cosas que surgen durante el proceso de escritura-. Sí creo que Cara de pan tiene un desenlace contundente, algo que en otros libros míos no hay. Quizá esto tiene relación con el formato: entre la novela y el cuento. Es un libro que no puede explicarse demasiado, que no puede manosearse, porque la progresión de la historia está muy pensada, y conduce a ese fin, y no a otro.

Incluso la niña (suponemos que los niños son portadores de la inocencia) desconfía de las intenciones del viejo. Uno como lector también desconfía y mucho. ¿Ya sólo sirve para vivir en este mundo la desconfianza hacia el otro?

Más que la desconfianza en general, existe un tipo de desconfianza más concreta, dirigida solo a cierto tipo de personas, o a ciertas conductas. Una de ellas, por ejemplo, es la soledad o la necesidad de soledad, muy presente en los dos personajes. Ambos son inadaptados y ambos quieren –necesitan- estar solos, o al menos estar solos en determinadas circunstancias. No funcionan bien en grupos, y a menudo los grupos se les imponen. Yo no creo que la búsqueda de la soledad sea por sí misma un rasgo preocupante de la personalidad, pero hoy día se tiende a ver como una rareza, o incluso como síntoma de ciertos problemas. Ahora está muy de moda el verbo compartir, que sin duda tiene sus consecuencias positivas pero que puede ser peligroso si se convierte en una imposición.

Se habla mucho de pájaros… ¿Por qué?

Esto surgió durante el proceso de escritura, dado que la historia se desarrolla en un parque. Los pájaros que nombro, a los que el Viejo es tan afín, son pájaros urbanos, que podrían verse fácilmente en cualquier parque. Luego me di cuenta del potencial simbólico que atesoran los pájaros, desde las connotaciones vinculadas a las ideas de encierro y libertad a las conductas grupales que ellos también desarrollan –la etología siempre me ha parecido apasionante-. Pero el proceso es siempre así: primero selecciono detalles y después estos detalles se cargan de simbolismo. No es al revés, no busco símbolos, porque si lo forzase el resultado sería una abstracción muerta.

También se habla de algo que no es exactamente acoso escolar, que no es directamente agresivo ni explícitamente abusador, que son unos motes que se ponen a todo el mundo, pero que sin embargo tortura a Casi. ¿El bulling es algo más que el matón del patio?

El acoso escolar –la semilla de otro tipo de acosos adultos que son más soterrados pero que también están en el trabajo, en la familia, etc.- es representación de esto que venimos hablando de los grupos, de la presión social. Las personas que presentan una fuerte individualidad o aquellas a las que les cuesta renunciar a sus “rarezas” en aras de la integración, son carne del acoso. Pero no quise cargar las tintas sobre el acoso escolar para no contaminar la historia, que busca ser más general, por eso lo centré solo en el asunto de los motes. A la misma Casi no le gusta su verdadero nombre –que ni siquiera sale en el libro- y es consciente de que cara de pan no es un apelativo demasiado terrible. Su malestar es de otra naturaleza.

El Viejo recomienda a Casi no hacer nada, dejar que los plazos venzan… ¿dónde has encontrado la inspiración para un personaje tan poliédrico, que a ratos parece loco y otras un sabio venido de algún lugar remoto?

Sí, es un personaje excéntrico, pero no es demasiado extraño. He conocido y conozco a varios seres excéntricos y admito que me fascinan este tipo de personas cuya cabeza va por libre, que no parecen haber sido contaminados por pensamientos dominantes ni por modas ni casi por su entorno, personas que viven en su propio mundo. Después de todo, lo de la locura es muy relativo. Cuando veo por ejemplo a estas familias que viajan haciéndose fotos todo el tiempo, fingiendo una felicidad edulcorada, colgando esta mentira en instagram, pendientes de las reacciones de gente a la que no conocen en absoluto y que, a su vez, difunden sus propias mentiras, me pregunto quién está loco de verdad. Para eso, es mejor ir aparte.

Dices en la nota final que te movías por el parque Amate de Sevilla cuando tenías la edad de Casi. ¿Qué buscabas en el parque?

Bueno, esto es más bien anecdótico. Al terminar de escribir Cara de pan me di cuenta de que todo el tiempo, en mi cabeza, había estado imaginando ese parque al que hace más de veinte años que no voy. Y eso me llamó mucho la atención. Pude haberme inspirado en un parque más cercano a mi vida de ahora, sin embargo mi cerebro voló hacia mi adolescencia y mi juventud y me llevó a los lugares del pasado. Ahí es donde pienso que en toda ficción –y Cara de pan es una novela absolutamente ficcional- late siempre un sustrato biográfico.

¿Y qué busca la mujer que es ahora Sara Mesa? ¿Cuál es “el plan” o leit motive para levantarte de la cama cada mañana?

¡Pues me cuesta mucho levantarme por las mañanas, para qué te voy a engañar! Me levanto por obligación, porque –como todo el mundo- tengo que hacer montones de cosas. A lo mejor envidio al Viejo, sus paseos matutinos por el parque, sin responsabilidades, totalmente ajeno a los imperativos de la vida de los que –en teoría- somos normales.

Has escrito la historia en tiempo presente, como en Cicatriz. Pero en Mala letra usaste el pasado... ¿Por algún motivo usar en unos casos el presente y en otros no?

Supongo que siempre hay un motivo inherente a la historia. El presente es un tiempo verbal que une mucho al lector con la narración, que lo lleva al momento concreto en que suceden las cosas. Se acompasa bien con mi forma de escribir, que busca sencillez formal aunque complejidad estructural. Quizá en los cuentos de Mala letra, en los que se recogen breves escenas, encuentros, pequeños descubrimientos etc., el pasado funciona mejor como una suerte de reconstrucción de la memoria. Siempre he dicho que Mala letra es mi libro más personal, más cercano a mis propias vivencias.

Un escritor cuando le toca hablar del libro publicado, en realidad ya está escribiendo o pensando en otro. ¿Qué asuntos te van empujando ahora?

Lo que me empuja es en realidad anterior a Cara de pan. Hace aproximadamente un par de años que tengo casi terminada una novela a la que no paro de dar vueltas. Me falta cerrarla y me está costando mucho. Cara de pan se ha colado de por medio y me ha venido muy bien como desintoxicación. Pero lo que toca ahora es volver a la anterior y tratar de acabarla lo más dignamente posible.