“Somos una sociedad asustada”

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Juan Manuel de Prada publica “Lucía en la noche”,  una de sus novelas más oscuras e intrigadas

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

Foto: ASÍS G. AYERBE

 

Lucía en la noche arranca como un relato arrancado a los sueños y en esta novela vuelve a brillar esa narrativa sonámbula de Juan Manuel de Prada que sin salirse de los límites de la realidad, bordea todos los abismos interiores de sus personajes, fiel a su estilo hipnótico, poético y desgarrado al mismo tiempo. Él afirma que “El escritor encuentra una voz y ese es el camino que has de seguir. Al escribir hay algo que te posee.”

Volvemos a reencontrarnos con Alejandro Ballesteros, escritor al que vimos en Mirlo blanco, cisne negro en su llegada meteórica al éxito editorial y su relación con un autor veterano de prestigio en decadencia, que primero lo apoya y después reniega de él. Alguien podría ver ahí la relación del propio Juan Manuel de Prada con Francisco Umbral o un arquetipo de cómo el artista veterano apoya al joven sólo hasta que se percata de que este va a brillar más que él mismo. En Lucía en la noche encontramos a Ballesteros después del éxito: ha llegado a la cima y lo que ha visto arriba lo ha dejado vacío por dentro. Entra en barrena y se dedica a chapotear como tertuliano y frecuentar un bar de noctámbulos donde regodearse en su fracaso. Pero una noche, la oscuridad del tugurio se ilumina con la presencia de una mujer que tiene un magnetismo irresistible para él. Lucía lo saca de su apatía y se reactiva como escritor, pero ella está llena de secretos. Cuando se esfuma, Ballesteros se da cuenta de que la necesita más que al aire que respira y va tras ella, en el inicio de una odisea donde el escritor ira abriendo puertas que habría preferido no abrir. El libro tiene una aceleración hacia lo vertiginoso de ahondar más allá de donde la prudencia aconseja y hay en el planteamiento un homenaje a la película Vértigo de Alfred Hitchcok. El autor explica que “Es una novela de intriga. Una odisea en pos de la amada que lo despeña hacia la locura”.

De Prada reconoce que ha prestado a Alejandro Ballesteros una buena parte de su mochila: “Toda obra solamente se puede escribir desde la propia experiencia, cualquier historia que relatas se contamina de ti mismo. Ese escritor joven en horas bajas podría ser yo mismo cuando era un treintañero. Tiene que ver con mi propio éxito temprano y la pérdida de entusiasmo por mi vocación literaria, que me llevó a una caída personal”. Sobre las tertulias, en las que él mismo ha participado asiduamente, reconoce que “son programas de forofos para forofos”. Es consciente de que en las tertulias todo se simplifica “pero hay cosas que no se pueden explicar de manera simplificada. De eso se habla en la novela. Cuando te enfrentas a la realidad todo es complejo y has de profundizar y vas a encontrarte cosas que no te gustan. Nos han acostumbrado a las versiones oficiales esquemáticas, burdas, que pretenden fanatizar a la gente. Los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos”. Alejandro Ballesteros va a adentrarse en las contradicciones que rodean a organismos y asociaciones que se supone que se han creado para protegernos… “un tema importante en el libro es el del miedo social. Los miedos de las sociedades actuales al terrorismo islámico o la ingerencia rusa. Se nos conduce el pensamiento a través de implantes de ideas y miedos que impiden nuestra capacidad de discernimiento. Somos una sociedad asustada que necesita construir un monstruo al que poder apedrear”.

Aprovechando la presentación de su novela en Barcelona, comenta su pasión por esta ciudad. Dedicó un libro, Las esquinas del aire, a una de las catalanas más eminentes de los años 30, Ana María Martínez Sagi, periodista, atleta y pionera en la defensa de los derechos de la mujer. “Es doloroso para un autor como yo que ama tanto Cataluña ver la dificultad para llegar a los lectores catalanes. El planteamiento de la separación de Cataluña me produce un dolor como si mi hija no me reconociera como su padre. Creo que Cataluña no tiene un derecho de autodeterminación, pero sí un derecho de restitución de sus derechos históricos como pueblo. Cataluña sí es una nación en el concepto histórico del término. España se constituyó como nación de naciones, esta es la verdad. El estado español ha mostrado un desfondamiento moral: ampara que haya de manera legal partido independentistas pero luego se rasga las vestiduras cuando tratan de llevar sus planteamientos a la realidad. Es una situación extraña”.