El 8M: Un año después

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En ocasión del 8M y de la mano de Alfonzo Zapico, Premio Nacional de cómic, Librújula rinde homenaje a las mujeres del libro, a las escritoras que no siempre han formado parte ni del canon ni de los manuales de literatura, aquellas mujeres que, a través de su escritura, se reivindicaron y reivindicaron a la mujer.

 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

Había decidido que en este artículo intentaría reflexionar sobre qué había pasado o qué había cambiado en la literatura y en el campo literario-editorial un año después del 8M del 2017. Desde el inicio, no estaba muy segura de que las cosas hubieran realmente cambiado, más bien todo lo contrario: algo me decía que, a pesar de lo histórico que fue aquel pasado 8 de marzo, las cosas seguían más o menos igual. Determinadas resoluciones judiciales, las declaraciones de académicos y supuestos intelectuales ante el debate en torno al lenguaje y su carácter exclusivo e, incluso, despreciativo en cuestiones de género y el auge de la derecha representado tanto por VOX como por el PP, defendiendo un retroceso en los derechos de las mujeres, empezando por el derecho a su propio cuerpo, y tachando el feminismo de peligrosa “ideología de género”, deja poco espacio para el optimismo. Sin duda, hay una mayor conciencia social: las manifestaciones contra la sentencia de la manada o tras el éxito electoral de VOX en Andalucía hacen pensar y creer que la sociedad no solo no está dispuesta a dar pasos hacia atrás, sino que ya no acepta determinados discursos vejatorios hacia las mujeres. Hay ideas, discursos y expresiones que ya no se admiten; algunos hablan de tolerancia cero, pero no, yo defiendo la intolerancia: yo soy intolerante ante el maltrato, soy intolerante ante la violencia sexual, sobre todo cuando ésta es minimizada por la justicia o por determinados representantes públicos, soy intolerante ante los discursos misóginos, por muy “humorísticos” que sean. En la era de lo políticamente correcto, se habla de tolerancia cero, pero ¡qué eufemismo más absurdo! Frente a ciertos discursos, frente a ciertos gestos y/o acciones solo se puede ser intolerante. ¿Qué es eso de la tolerancia cero hacia el racismo? Ante el racismo, como ante la misoginia o la homofobia, lo único que cabe es la intolerancia, es decir, el más completo de los rechazos y de los desprecios.

Si algo se ha roto este ha sido el silencio: algunos lo llaman censura, otros postecensura; algunos hablan de los intolerantes que quieren prohibir el humor libre, mientras otros hablan de feminazis, pero ya pueden éstos buscar términos que de lo que se trata es que las mujeres ya no admiten ser el objeto del discurso, el objeto sobre el cual legislar y decidir, el objeto para las bromas y los abusos. La mujer se reivindicó el pasado 8M como sujeto político y, como tal, se ha reivindicado a lo largo de estos meses, pero como decía Carmen de Burgos para una auténtica revolución feminista son necesarias medidas legislativas. No bastan con las protestas, éstas deben ir seguidas de reformas en todos los ámbitos, reformas que, sin embargo, todavía no han llegado.

Este año “toca”

Como decía al inicio, mi idea inicial era reflexionar sobre qué había cambiado en el campo literario y editorial a lo largo de este año. La aparición del grupo Mujeres del libro hacía presagiar que algo comenzaba a moverse en la industria; su papel fue y es clave en la denuncia de las desigualdades que definen, a pesar de que más de uno intenten negarlas, el mundo editorial de nuestro país, desigualdades en el mundo laboral así como en el mundo estrictamente literario: concesión de premios, participación en jurados -como se publicaba el 25 de julio de 2018 en La voz del sur, el jurado del premio de novela Ateneo de Sevilla estaba compuesto por nueve hombres y ninguna mujer-, presencia en los distintos órganos e instituciones públicas del ámbito cultural, presencia de mujeres en los manuales o diferencias salariales -según un artículo de The Guardian publicado el primero de mayo de 2018, los libros escritos por mujeres se pagan un 45% menos que los escritos por hombres-. El Premio Cervantes a Ida Vitale incorporaba al elenco de galardonados a una nueva mujer; Vitale se convertía, para ser más precisos, en la quinta mujer en ser premiada desde 1976. “No podían no premiar a una mujer en un año como este” comentaban algunos, para los cuales el “signo de los tiempos” había llevado al jurado a decidir que, en un año como 2018, lo más conveniente era premiar a una mujer. Una frase similar se oyó hace apenas unas semanas en el Biblioteca Breve, cuando alguien afirmó que “este año tocaba una mujer”, pues en los últimos seis años, desde que Rosa Regás ganara en 2013, todos los premiados habían tenido nombre de varón.

Pocas frases más espantosas que la de “este año toca”: convertidas en meras cuotas para no suscitar la polémica o el escándalo, esto es lo que parecen ser las autoras para las cábalas que siempre rodean un premio. El “este año toca” parece responder, una vez más, a la lógica de lo políticamente correcto, a la lógica de lo estéticamente conveniente. Comentaba Éric Vuillard en la rueda de prensa de presentación de 14 de julio que “la nobleza y la aristocracia no aceptó ampliar los derechos de la población francesa ni mejorar sus condiciones de vida por convicción, sino simplemente para calmar los ánimos, para frenar las revueltas”. Una lógica similar parece estar detrás de “este año toca”: no se trata tanto de convicción como de mera estadística, de simple estrategia para que los ánimos no se caldeen, para evitar reproches y polémicas. Si no fuera así, ¿por qué esta idea tan repetida tantas veces en cada premio? Si premiar, sea cual sea la disciplina, a mujeres no fuera una excepción sino la norma -¿alguna vez han escuchado eso “este año toca premiar un hombre”?-, la manida expresión no tendría sentido alguno. Y, sin embargo, tan escasa es su presencia -denunciaba Elia Barceló hace cosa de un año en un tuit que el Premio Nacional de Literatura infantil y juvenil, había sido otorgado, desde 1978, a 30 hombres y 10 mujeres- que la premiación de una mujer siempre va acompañada de una explicación que sobrepasa y se impone al motivo literario: “hacía mucho que no ganaba una mujer”, “este año tan feminista tocaba una mujer”, “es tan mayor que había que dárselo”…. Y así un sinfín de pseudoexplicaciones que, queriéndolo o no, subrayan aún más la desigual situación de las autoras y, podríamos decir, de las artistas en general. Más de uno leyó la victoria de Isabel Coixet en los Goya del 2018 en esta misma clave: en un año “tan feminista” como el 2018, ¿qué mejor que dar el Goya a la mejor dirección a una mujer? Pero, ¿por qué no poner el acento en el mérito cinematográfico o es que, acaso, para algunos lo verdaderamente circunstancial es el mérito artístico? Afirmar que premiar a una mujer “toca” es convertir esa premiación en una excepción: toca hacer algo que normalmente no se hace. El lenguaje, le pese a quien le pese, nos delata y en estos últimos meses nos ha delatado mucho. “Ha tocado” premiar a mujeres, “ha tocado” editar libros de mujeres, “ha tocado” publicar libros feministas…. “ha tocado”, como si de la lotería se tratara. Y tras estas palabras, la excepción sigue siendo excepción y, ¿hay mayor excepción que los booms?

El boom feminista, ¿un encasillamiento?

Cuando comencé a pensar el artículo, me sorprendió encontrarme que el 9 de junio de 1977 la periodista Bel Carrasco había publicado en El País un artículo titulado: El ‘boom’ del libro feminista. Carrasco comenzaba su texto afirmando que “ la mujer y su pendiente liberación se han hecho texto impreso, pretexto de un expansivo fenómeno editorial que comienza a presentar todos los síntomas de un nuevo boom precisamente cuando se anuncia el agotamiento del boom del libro político.” Resulta paradójico, tristemente paradójico, que cuarenta y dos años después sigamos encontrando los mismos titulares: hoy, en 2019, vuelve a hablarse del boom de los libros feministas o del boom de las escritoras. Nunca me han convencido las lecturas dialécticas de la historia y siempre he desconfiado del tópico latino “historia magister est” así que no me sorprende del todo volver a encontrarme, más de cuatro décadas después, los mismos titulares y el mismo entusiasmo ante un fenómeno que, como todo boom, se destaca por su excepcionalidad y no por su norma.

El término “boom” entusiasma, sin embargo, olvidamos que los “boom” son siempre circunstanciales, momentáneos, pasajeros. Algunos, incluso, podrían decir que el “boom” no es más que el reflejo de una moda, de una tendencia, de un “ahora toca”. Hace algunos días, María Angulo Egea se preguntaba en un artículo para Infobae si se puede hablar de una nueva generación de escritoras feministas o si se trata más bien de una estrategia de marketing editorial; sin entrar en el debate acerca de la existencia de una generación, pues nos llevaría, antes que nada, a cuestionar el propio concepto de generación, no estaría de más separar dos cuestiones: por un lado, un posible auge de autoras literariamente relevantes y, por otro lado, la cuestión meramente mercantil: el libro feminista como tendencia, como moda o como actualidad. Una cosa es que hoy, más que antes, las autoras se definan como feministas y que, como afirma Edurne Portela en el artículo, “son muy conscientes de que les corresponde un lugar propio en el campo literario” y otra cosa muy diferente es el libro feminista como producto, como mercancía prefabricada que responde a una demanda. Asimismo, no es lo mismo hablar de recuperaciones literarias, del interés por rescatar a autoras descatalogadas que el canon y las distintas historias literarias habían olvidado y despreciado, ante todo, porque, a diferencia de ahora, a las autoras no se les reconocía un nombre propio ni un espacio propio al campo literario, que hablar de los numeroso libros que llevan por en el título la palabra “feminismo” y cuyas páginas basta ojear para darse cuenta que son mero producto, mero merchandising que, guste o no, banaliza el discurso profundo, reivindicativo y transformador del feminismo desde sus orígenes.

Al leer el artículo de Bel Carrasco de 1977, llama la atención los títulos que menciona: La mujer discriminada: biología y sociedad, La mujer y el socialismo, Escritos sobre la cuestión feminista, Tráfico de mujeres, La emancipación de la mujer en España, La española ante las urnas o Marxismo y feminismo. Ahora, comparen estos títulos con aquellos que ocupan las mesas de novedades, hay diferencia, ¿verdad? Trotsky, Concepción Arenal, Emma Goldinan, María A. Capmany, autora entre otras de La liberación de la mujer: año 0, o Mary A. Waters son solo algunas de las autoras citadas en el libro. Ahora, dejando de lado a Rebecca Solnit, Mary Beard o la siempre polémica Camille Paglia, piensen en las autoras -fíjense que no hablo ni de escritoras ni de ensayistas- de los libros sobre feminismo que son definidos como novedad actualmente. Diferencia, ¿verdad?

Más allá del boom

Me gusta pensar en el día en que no se hable de boom, el día en que no se tenga que escribir de las escritoras como si fueras un segmento aparte de la comunidad literaria –“ La separación de escritoras y escritores por generaciones es siempre bastante artificial. Creo que cuando se habla de generaciones desde el presente detrás siempre hay algún interés editorial o de marketing, más que puramente literario”, afirmaba Edurne Portela en el artículo de María Angulo-, en el día en que no se asocie tendencia y moda con el feminismo, en el día en que el público no demande el enésimo libro ilustrado sobre temas feministas, sino que exija reflexiones, ensayos, argumentos, debate, en el día en que las editoriales no vean el feminismo como una posibilidad de venta o una estrategia de marketing, sino una rama de la filosofía o de la teoría política cuyos ensayos deben publicarse por interés intelectual y literario y, sobre todo, me gusta pensar en el día en que este artículo que ahora termino no tenga razón de ser. Ojalá de aquí a cuarenta años no volvamos a encontrarnos un titular acerca del boom de libros feministas, porque el feminismo no será ni una moda ni una novedad, porque ya no tendrá sentido decir “ahora toca” pues habremos pasado de la excepción a la norma.

 

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