Eugenia Tusquets: "los padres que adoptaron niños robados fueron en cómplices del crimen"

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La pintora y escritora Eugenia Tusquets publica "Ladrones de vida", una novela en torno al drama de los niños robados y a las dificultades legales que todavía hoy existen para que los que fueran niños robados reconstruyan su verdadera historia y conozcan a sus verdaderos padres, de cuyos brazos fueron alejados por la fuerza y de forma ilegal.

 

 

 

Texto: REDACCIÓN 

 

El hecho de que los beneficios de este libro vayan destinados a la asociación “Todos los niños robados son también mis niños”… ¿es indicativo de un compromiso personal que va más allá de la “mera” voluntad de denuncia?

Sí, hay que precisar que es una parte de los beneficios en la primera edición, y que aumentaría si hay otras más. Y la razón es que, cuando contacté con “Todos los niños robados son también mis niños” como parte de la investigación que estaba haciendo en aquel momento, la respuesta fue impresionante; se volcaron a darme información, y me di cuenta de que necesitaban toda la ayuda posible, porque son muchos los pasos que están dando para cambiar la legislación respecto a este crimen, no solo la española sino también la europea. Y esto significa tener los suficientes fondos.

El libro se presenta como “basado en hechos reales”. ¿Se refiere a su trasfondo o la historia concreta lo es?

Lo es el trasfondo, por supuesto, pero también el caso. Ocurrió como lo relato, a excepción de las situaciones profesionales de los dos personajes femeninos que he novelado, como he hecho con los nombres. El trabajo profesional de la figura del detective sí se ajusta a la realidad.

Las dificultades para solventar este tipo de crímenes, ¿son equiparables, por ejemplo, al hecho de que siga habiendo miles de cadáveres en las cunetas de este país, incluyendo algún nombre tan insigne como el de Lorca?

Hay equivalencias. Creo que, en el caso de los niños robados hay además una razón añadida, y es que generalmente, aunque no siempre, los padres “adoptantes” no eran tales, sino que se convirtieron en cómplices del crimen en el momento que aceptaron registrar el bebé como propio, como biológico. Y de lo que parece que no hay duda es de que, también en su mayoría, pertenecían a un sector poderoso de la sociedad del momento; están, pues, aún vivos y no tienen interés en que se descubra lo que hicieron.

Su protagonista, Benicio, manifiesta ya algún síntoma de duda respecto a la Transición en una fecha tan temprana como 1978. Personalmente, ¿se alinea usted con los críticos de ese pacto socio-político o cree que fue lo mejor que se podía hacer en esas circunstancias?

Es una pregunta muy difícil de contestar. Yo era joven y, en aquel momento, el cuerpo me pedía más cambio, mucho más cambio del que hubo. Visto con la perspectiva del tiempo ya no estoy tan segura, porque no creo que todo este sector de la sociedad que sigue apegado a la ideología franquista habría desaparecido si el cambio hubiera sido más radical. Me temo que siempre tendremos que convivir con fundamentalismos, del signo que sean.

Benicio, por cierto, es un detective enamorado del jazz con sus pequeñas dosis de cinismo y de voluntarismo. Más allá de nuestro pasado más negro, ¿le apetecía recuperar esas claves del noir clásico?

No me lo propuse especialmente, pero el desarrollo del tema me lo iba sugiriendo. De todos modos, yo quería crear un personaje masculino con una dosis de melancolía para contrarrestar el cinismo de la situación.

A la vez, dividir la historia en dos y otorgarle la otra mitad al personaje de Emma, veinte años más tarde y al otro lado del Atlántico, ¿era una forma de recuperar contenido dramático y de evitar el riesgo de que los esquemas de novela negra pudieran convertir la historia de los niños robados en algo más secundario?

Pues… sí, lo has expresado muy bien, pero no fue una decisión solo intelectual, sino que lo debo de llevar en la sangre. Estos días, estamos (con dos compañeras de ACEC) acabando un proyecto de publicación de un libro de relatos sobre el Raval escritos por ciudadanos del barrio. Nosotras tres hacemos un prólogo individual. Pues el mío ha derivado, sin yo proponérmelo, hacia un contenido más dramático de lo que en principio me propuse. Quizá es que no puedo evitarlo…  

El hecho de que Emma viva en Estados Unidos, ¿le ha permitido regurgitar algunas de sus experiencias en ese país?

Pues, por supuesto. Ahí no he tenido que hacer demasiada investigación, que hubiera sido quizá la de los pormenores de la profesión del personaje de Emma. Entre mis amistades, cuando vivía en San Francisco, había una joven dedicada a esa profesión en concreto (no quiero hacer un spoiler), y ya en su momento, a través de las anécdotas que relataba, conocí bien su mundo y las circunstancias que lo rodean. Además, está claro que haber vivido en el país me ha ayudado en la descripción de los distintos escenarios, tanto de Los Angeles como de San Francisco.

Finalmente, los saltos cronológicos (1978, 1980, 1985… para Benicio; 1992, 1996, 2006… para Emma, hasta confluir ambas líneas en 2010), más allá de las necesidades narrativas de la historia, ¿vendrían a dar de la gran tragedia que se abre tras estos casos de robo de bebés: todos esos años, décadas incluso, de ausencia y de dudas y de ansiedad?

Pues mira… eso no fue intencional cuando estaba escribiendo el libro, pero me he dado cuenta a posteriori de que sí ha ayudado a entender la tragedia, la envergadura del crimen. Y me alegro, cómo no. Creo que le añade interés.