Donald Trump y el miedo

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La editorial Roca publica "Miedo. Donald Trump en la Casablanca" un libro del aclamado y reconocido periodista Bob Woodward sobre el día a día de Trump como presidente de los Estados Unidos

 

 

 

texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

“La cogí de su mesa. No iba a dejar que la viera. Nunca verá ese documento. Tengo que proteger a mí país”. Con estas palabras le contaba Gary Cohn, consejero económico de Trump, en septiembre de 2017 a un colega lo que había hecho: retirarle a Trump de encima de la mesa la carta a través de la cual Estados Unidos saldría del acuerdo Korus con Corea del Sur. Un caprichoso e imprevisible Trump defendía, con más visceralidad que con argumentos, su voluntad de romper el tratado Korus. Cohn no estaba solo, Rob Porter, el secretario personal del Presidente, estaba con él. No era la primera vez que ambos, de una manera u otra, impedían la tramitación de determinadas decisiones del presidente Trump, a quien el legendario periodista Bob Woodward, en su nuevo libro Miedo (Roca Editorial) define como alguien esencialmente inculto, colérico e ignorante en todo lo relacionado tanto con la política internacional como con la economía. “Cuando a Trump le llegaba un documento para revisarlo, Cohn a veces lo tiraba y el presidente se olvidaba de él”, si, por el contrario, Trump se encontraba con el documento sobre su escritorio, no dudaba en firmarlo sin vacilación alguna. Esto es lo que hubiera pasado con la carta sobre la salida del acuerdo Korus. “No es lo que hemos hecho por el país, sino lo que hemos evitado que él haga”, afirmaría tiempo después en privado Cohn.

“El verdadero poder es -ni tan siquiera quiero utilizar la palabra- el miedo”, le diría Trump el 31 de marzo de 2016 a Bob Woodward y Robert Costa durante una entrevista en el Old Post Office Pavilion de Washington. “Miedo”, aquella palabra que Trump no quería “ni siquiera utilizar, no solo terminó siendo el título del último libro del periodista que en 1973 junto a Carl Bernstein investigó desde las páginas del The Washington Post las intrigas del escándalo Watergate, obligando a Richard Nixon a dimitir, sino que “miedo” resume en gran medida la dinámica política del gobierno Trump. No solo su elección provocó el miedo entre sus opositores y en una parte considerable de las filas republicanas, sino que el miedo se instaló entre sus colaboradores más estrechos, de los cuales, más de uno, empezando por el propio Cohn y terminando por su abogado John Dowd, decidió abandonarle. Uno de los últimos, como decíamos, fue precisamente su letrado, que en marzo de este año, decidió dimitir de su cargo después de que Trump abandonara la cautela que éste le había recomendado y pasara al ataque frontal contra el fiscal Muller, responsable de investigar la injerencia de Rusia en las elecciones de 2016. Como cuenta Woodward, Dowd no abandonó el barco por falta de convencimiento, sino por la actitud de su representado: “El abogado estaba convencido de que Mueller jamás había tenido evidencias para demostrar lo de Rusia y la obstrucción a la justicia, simplemente quería tenderle una ‘trampa de perjurio”. Dowd, “creía que Muller les había tomado una el pelo a él y al presidente para que cooperaran a la hora de presentar testimonios y documentos. Se sentía frustrado por las artimañas de Muller”. Sin embargo, fue esto lo que le convenció que, como le dijo a su mujer la mañana de su dimisión, todo se había acabado. Él estaba convencido de que “el presidente no estaba confabulando con Rusia ni había obstruido a la justicia”, pero su cliente tenía “un gran defecto” que hacía imposible seguir adelante con su defensa: “Con los tira y afloja políticos, las evasivas, los rechazos, los tuits, las ocultaciones, las noticias falsas o la indignación, Trump había demostrado que tenía un gran problema, que Dowd conocía, pero no podía decírselo al presidente a la cara: ‘Eres un mentiroso de mierda’”.

Mentiroso es precisamente el término que utilizó Trump para definir a Woodward nada más supo de la existencia de este libro, donde el reportero demuestra, una vez más, que pocos periodistas como él manejan testimonios e informaciones tan certeras. Desde Nixon, Woodward ha dedicado a todos los presidentes un libro de investigación, siendo casi imposible poner en discusión la veracidad de ninguna de las informaciones ofrecidas. Como reconocía hace apenas unos meses, su número de teléfono a través del cual recopilar testimonios e informaciones sigue abierto y buena prueba de ello es este libro. Dice el dicho que “el ladrón cree que son todos de su condición” y Trump no ha tardado en tachar Miedo como un libro lleno de mentiras; nada nuevo, pues los ataques del Presidente a la prensa han sido constantes: “Ellos son las noticias falsas, falsas y asquerosas” afirmaba en el mes de agosto durante un mitin en Pensilvania, pero no era la primera vez. Trump dejó desde sus inicios muy claro su odio hacia los periodistas, “los seres más deshumanos de la Tierra” y, sobre todo, su desprecio a la cadena CNN, cuyos periodistas han sido vetados en más de una ocasión por hacer “preguntas inapropiadas”. Hace apenas dos meses, sin ir más lejos, la Casa Blanca retiraba la acreditación, posteriormente devuelta por el juez Timothy Kelly, elegido por el propio Trump, al periodista de CNN Jim Acosta por preguntar a Trump acerca de la caravana de inmigrantes. “Eres una persona grosera y terrible” le espetó el presidente al periodista, después de que éste le recordara el anuncio -anuncio que, dicho sea de paso, incluso la cadena amiga FOX decidió no emitir por su contenido racista- de su campaña electoral en el que vinculaba a Luis Brancamontes, acusado de asesinar a dos policías, con la caravana de migrantes que tratan de cruzar la frontera para pedir asilo en Estados Unidos. La prensa no solo le recuerda a Trump sus mentiras, sino que lo cuestiona, algo inaceptable para él, pues, como dice uno de sus colaboradores, alguien que no ha perdido nunca, no acepta derrotas y contradicciones. Y es precisamente frente a esto ante lo que se enfrentan sus colaboradores, muchos de ellos, como el propio Cohn, conscientes de la incapacidad de gobernar del presidente. "Es un idiota. Es inútil tratar de convencerlo de cualquier cosa (...) Ni si quiera sé qué estoy haciendo aquí. Este es el peor trabajo que he tenido jamás", se desahogó en una pequeña reunión John Kelly, secretario general de la Casa Blanca y, supuestamente, uno de los hombres más cercanos a Trump. La opinión de Kelly no dista mucho de la de Cohn, que terminó abandonando su cargo por su desacuerdo en el tema de los aranceles: : “Tras dimitir”, cuenta Woodward, “Cohn se preocupó por la inestabilidad en la economía que surgiría por la cuestión de los aranceles y el impacto en el consumidor. Estados Unidos tiene una economía impulsada por el consumidor. Y si el consumidor no sabe cómo será la economía y cuáles serán los ingresos que va a tener, eso se reflejará en la economía y en el mercado de valores”. Para Cohn era obvio que “las amenazas sobre los aranceles eran estremecedoras”, Trump debía saberlo, debía ser consciente de ello, pero “no es lo bastante hombre para admitirlo. Nunca se ha equivocado. Tiene setenta y un años. No va a admitir que jamás que se ha equivocado”. Y, efectivamente, no lo hizo, como tampoco lo había hecho antes. Las amenaza que representan los aranceles es resultado directo de una política económica, que ningún economista apoyaba a excepción de Peter Navarro, que se convirtió en director de Comercio y Política Industrial y director del Centro Nacional de Comercio. Como había dejado claro en un mitin en junio de 2016, para Trump “las pérdidas de empleo en el sector industrial eran culpa de ‘un desastre por parte de los políticos’ y ‘una consecuencia de que la clase líder venere el globalismo en vez del patriotismo’”. Resultado de todo ello era, en palabras del propio Trump, que “nuestros políticos les han arrebatado a los ciudadanos la manera de ganarse la vida y dar sustento a sus familias, desplazando nuestros puestos de trabajo, nuestro dinero y nuestras fábricas a México y otros países extranjeros. Cohn se enfrentó desde el primer día a la política económica que Trump y Navarro pensaban llevar a cabo: “Si os callaseis la puta boca y escuchaseis, podríais aprender algo”, llegó a gritarles Cohn a Trump y a Navarro durante una reunión, pero de poco sirvió. Tampoco sirvieron las reflexiones más pausadas y analíticas que un tenaz Cohn trataba de ofrecerle a un presidente completamente sordo: “Tenéis un punto de vista similar al de Norman Rockewell. La economía de hoy no es la misma que antes. En la actualidad, más del 80 por ciento de nuestro PIB está en el sector servicios”. Buscando ser más convincente, Cohn le recordó de cuando en una intersección de Nueva York las cuatro esquinas estaban ocupadas por GAP, Banana Republic, J.P. Morgan y un comercio local: “Ahora hay un Starbuscks, un salón de belleza y J.P. Morgan. Todos son negocios del sector servicios. Así que cuando camines hoy por Madison Avenue, cuando vayas por la Tercera Avenida o por la Segunda, verás centros de lavandería, restaurantes, Starbucks y salones de belleza. Ya no está ahí las ferreterías de toda la vida. No están esas tiendas de ropa de toda la vida. Piensa en a quién le estás alquilando el espacio de la Torre Trump”.

Sin embargo, el Presidente, que reconocía pensar no haber cambiado su concepción de la economía en treinta años, prefería escuchar los consejos de Navarro, que, meses después, acudió al despacho oval junto a Rober Lighthizer, “un abogado de Washington y exdiputado de la oficina de comercio de Reagan, para presentarle un esquema que resumía su plan de acción en términos de economía -gastos e inversiones-, pero también de relaciones internacionales: en el cartel “se veían flechas, textos y un título ‘Programa de la Agenda de comercio’. Mostraba la visión de una agenda de comercio proteccionista con quince fechas programadas para comenzar las renegociaciones o para pasar a la acción con el Tratado de Libre Comercio con Corea del Sur (Korus), el Tratado de Libre comercio con América del Norte (NAFTA), y comenzar las investigaciones y las acciones referentes al aluminio, el acero y los componentes automovilísticos”.

Y así volvemos al principio, cuando Cohn hace desaparecer la carta que rompería el tratado de Korus. “Invertimos 3.500 millones de dólares al año para tener tropas en Corea del Sur ¡Y ellos fueron incapaces de decidir si querían o no el sistema antimisiles THAAD! ¡Y tampoco si iban o no a pagar por él!”, sostenía un airado Trump, que, siguiendo esta misma lógica, no comprende la presencia militar de Estados Unidos en Afganistán. Detrás de su incomprensión, un interés meramente económico: “gastamos billones y billones” en otros países y “no ganamos nada”. Su voluntad de retirar las tropas de Afganistán no responde en absoluto a una postura antimilitarista y, menos todavía pacifista, algo que quedó completamente claro cuando en 2017, tras el ataque químico de Siria, no dudó ni un minuto en comunicarle a su secretario de defensa, James Mattis, su voluntad de asesinar al presidente Bashar Assad: “"Matémoslo. Vamos allá. Matemos a todos esos malditos". Mattis, convencido de que su presidente tiene la comprensión de "alumno de quinto o sexto grado", no tardó en comunicarle a su asistente que no se haría “nada de eso”. Como Cohn, Mattis trató en más de una ocasión de frenar los planes de un Trump completamente irracional. Sin embargo, no siempre los fuegos se pueden apagar. Twitter fue uno de los campos de juego más difíciles de cercar. Woodward recuerda el peligro que supusieron el intercambio de tweets entre Trump y Kim Jong-un –“los tuits del presidente Trump podrían haber llegado a provocar una guerra contra Corea del Norte a principios de 2018-, un intercambio que llegó a su momento más tenso cuando el dictador afirmó tener un botón nuclear en su escritorio. Trump no dudó en contestarle en la red social: “¿Alguien en su régimen mermado y muerto de hambre podría comunicarle que yo también tengo un botón nuclear, pero que es mucho más grande y potente que el suyo? Además, ¡el mío funciona!”. El primero en desmentir dicha afirmación fue The Washington Post que, en su red social, informó de que no existía tal botón” y no fueron pocos los que recordaron las palabras de Hillary Clinton: “Un hombre que se ha molestado por un tuit no puede ser alguien en el que se pueda confiar en términos de armas nucleares”.

Woodward se adentra en el “taller del diablo” -así definió Reince Priebus, Jefe de Gabinete antes de John Kelly, el dormitorio de Trump- generando en el lector el miedo, ese sentimiento que despierta un presidente como Donald Trump, un hombre que, como le comentaba Woodward a la periodista Amanda Mars en una entrevista para El País, no actúa por estrategia, sino por impulsos: “No planea. Una vez pensé que si Melania le enviase al supermercado, iría sin lista de la compra. Llegaría allí y diría: “Esto está bien”, “Esto tiene buena pinta”, “Vamos a probar esto…”. Y, claro, ese es uno de los problemas y es lo que lleva al ataque de nervios a los que están cerca de él, los que más saben”.