Cinco poetas antifascistas

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5 poetas que luchan contra el fascismo a través de sus versos

 

 

 

Texto: ENRIQUE VILLAGRASA

 

Y ante un florilegio tremendo de poetas antifascistas, ¡que haberlas haylas, que nadie lo dude!, he elegido unos poemas que creo representativos de este ser y estar ante el fascismo imperante, el cual además sube peldaño a peldaño en nuestras vidas, sin apenas darnos cuenta. ¡Estemos atentos, pues; que el ánimo está presto pero siempre buscamos la comodidad, el mal de nuestros últimos tiempos!

En esta pequeña antología de cinco poetas, que es una cata excelente, no lo duden, recojo los versos de la profesora y poeta admirada María Ángeles Pérez (Valladolid, 1967), quien escribió el poema que reproducimos tras conocer Auschwitz (que en polaco se llama Oswiecim); también, cómo no, poemas de Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968); de Montserrat Villar (Cortegada de Baños, Ourense, 1969); un inédito (2018) de la ensayista y poeta Nieves Álvarez, y de la poeta y también ensayista Mª Cinta Montagut (Madrid, 1946), autora del magnífico trabajo Tomar la palabra. Aproximación a la poesía escrita por mujeres (UOC, 2014):

[Plomo], de María Ángeles Pérez

La mujer pinta de plomo sus pezones.

Le pueden los corajes, las heridas,

el dedo con que aprieta contra el aire

un lamento de plomo, un grito largo

que se quedó descalzo y sin pendientes.

Al caminar furiosa contra el viento

que ensucia sus caderas de hojas muertas

y trozos de ramitas embarradas,

sacude a manotazos la cal viva

con que la dictadura había borrado

sus pies y sus apremios, la belleza.

Entonces aparecen los diez dedos,

media suela aterida de un zapato

que caminó ruidoso sobre el mundo,

restos blandos de tela indescifrable

y un grito que revienta en su metal

porque hay pelo adherido a ese dolor

y la mujer camina arrebatada

con su roja clavícula en la mano

para escribir su nombre en las paredes

y en la calcinación de la caliza.

Del reverbero le arden los pezones

pero al llegar la tarde se consuela:

la tibia, el peroné de su esqueleto

apagan el rencor blanco de cal

y disuelven el óxido y el talco,

el miedo, las fracturas, los manteles,

el agua endurecida por el odio.

Y cuando duerme, olvida que en Oswiecim

guardan el pelo humano en una nave.

En el sueño, además, hay una niña

que duerme acomodada por completo

sobre un sol acabado y circular

como una mandarina luminosa.

                                                          

Cómo ganar una guerra perdida, de Ana Pérez Cañamares

Cómo ganar una guerra perdida:

Uno. Excavar trincheras

con palas, lapiceros, saxofones.

De las grietas, hacer cicatrices.

Dos. No llevar uniformes.

Cada cual adoptará el disfraz

que menos le ofenda.

Tres. No distinguir noche y día.

Permitir la soledad a quien la elija.

Adoptar perros y recién llegados.

Cuatro. Celebrar una fiesta

por cada trinchera. Llegará el enemigo

y no entenderá nuestro lenguaje.

Les será imposible la conquista:

ellos no aman a los perros mestizos

ni arrancan orgasmos a las palabras.

Perderemos la guerra de las mayúsculas

pero la vida está de nuestra parte:

lloramos y celebramos la brizna.

De Alemania a Europa, de Montserrat Villar González

Con un idioma reciente

comenzaron a nombrar el mundo

y decidir que azul era

el color de los ojos

y rubio el del cabello:

no había lenguaje para

aceptar diferencias.

Decidieron que las estrellas

fueran marcas de muerte

y el color sólo oliera

a cenizas y silencio.

Convirtieron inmensas llanuras

en campos de despojos

que marmolizaban su mirada

a la espera de una muerte segura.

Asumieron sin dudas

que existían seres humanos de segunda

en los que clavar las manos y las dagas

no resultaba homicida.

Con múltiples idiomas “hermanos”

renombramos nuestro mundo

dando verdad a cualquier elemento

que sentimos nos refleja,

olvidando que más allá de nuestra mirada

hay una vida que tiñe de colores diferentes

sus casas, sus ropas, los sueños de todos

los que hoy desean este blanco y negro

para sobrevivirse.

Y nosotros, seres del antiguo mundo

miramos a otros horizontes

esperando que la ignorancia

nos salve de una historia en la que

no hay estrellas para coserse

pero sí medias lunas que se convierten en hoces

de la que ninguna cruz se siente responsable.

Querer ser rubios para igualar el mundo

fue un deseo de un loco al que despreciamos

pero la pasividad ante esas manos de otro desde el abismo

nos hermana en este nuevo genocidio.

MIEDO, de Nieves Álvarez Martín

El miedo es una mancha en la pared, 

un fantasma escondido en el armario, 

un ruido sin fuente, 

un laberinto oscuro a plena luz.

Cuando eres muy pequeña, 

el miedo es una angustia indefinida, 

la sombra de una mano que se agita en el aire, 

que ronda tu cabeza, 

que amenaza tu mundo y tus juguetes.

Luego, en la adolescencia, 

el miedo es todo eso y a la vez. 

Los temblores del miedo son pedazos

de vida cotidiana, 

arañazos de fuego en las mejillas, 

un poema inconcluso, 

un amor terrorista y despiadado, 

un silencio que no sabes llenar. 

El miedo va creciendo con los años, 

si no le plantas cara, 

si alguien te secuestra, te tortura

racionándote el agua y la comida,

dejándote hacinada entre muerte y tristeza, 

intentando quebrar tu voluntad. 

El fascismo es todo eso y mucho más, 

es miedo con mayúsculas, 

es miedo, todo miedo, 

miedo del propio miedo, 

miedo a que te dominen, que te ultrajen, 

te degraden, te impidan ser persona, 

te recorten las alas y los versos, 

te limiten la vida 

y te dejen sin voz. 

Yo lucho contra el miedo

puesto que amo la vida en libertad. 

K Z de M Cinta Montagut

Hoy hace sol.

Son duras las piedras como lo fueron antes,

la grava, sin permiso,

se cuela en los zapatos

y el polvo los recubre.

Los chopos balancean sus hojas

por la brisa que atempera

la agudeza del sol.

Dentro del cuarto el cielo nos aplasta

con mil lunas redondas

que nunca funcionaron,

dicen.

Y el pan nunca creció en los gastados hornos

que en un cuarto contiguo ofrecen sus gargantas

abiertas,

apagadas,

resecas para el tiempo sucesivo

y la curiosidad del visitante.

Hay una reja de barrotes redondos

y una puerta

El trabajo hace libres

expresa la leyenda que se lee.

En el fondo las torres y el alambre de espino.

Hoy hace sol

y en el cielo se recortan los pájaros.