Una novela negra parsimoniosa y blanca

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Antonio Lozano y la novela negra que hable de la verdad de ahí afuera, de la verdad relámpago.

 

 

 

 

Texto: ANTONIO LOZANO

 

Vamos a ponernos serios. El Principio de Parsimonia -también llamado “La navaja de Ockham” en honor al fraile escolástico Guillermo de Ockham, a quien se atribuye- establece que: ‘En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable´. En el arranque de la serie The Shadow Line, un policía le dice a un compañero, mientras analizan la escena de un crimen. ‘La verdad es como un relámpago, siempre sigue la línea de menor resistencia. Por lo tanto, ¿qué debemos hacer? El truco es sencillo. Basta con encontrar la línea y recorrer inversamente su camino’. La novela negra más estimulante -aquella que no pivota en torno a la caza de un culpable hasta difuminar sus límites con el thriller o la novela de acción- es intrínsecamente filosófica, ya que por principio va en búsqueda de una verdad -¿quién engañó, robó, secuestró, mató… a X? o ¿qué impelió a X a engañar, robar, secuestrar, matar…?- o se interroga sobre aspectos graves como si el fin justifica los medios, si ley y justicia van de la mano, etc, etc.

De todos modos, la novela negra que se centra en un enigma, caso de la identidad de un criminal y/o sus turbios motivos para incurrir en el mal, parece tener su razón de ser en desacreditar o ir a contracorriente de las ideas con las que arrancábamos. Si siguiera los preceptos lógicos del fraile y la solución a tales interrogantes fueran las más sencillas o evidentes, el lector se sentiría profundamente frustrado y desairado, tomándosela como un insulto a su inteligencia. La formulación en términos negrocriminales de La Navaja de Ockham vendría a ser “Lo mató el mayordomo en la biblioteca”, simplificación de tintes paródicos de la novela de intriga inglesa del periodo de entreguerras, un cliché con el que jugó irónica y astutamente Benjamin Black en Pecado (RBA).

Al mismo tiempo, en la novela negra con enigma la verdad, compleja y escurridiza, no es un relámpago, sino un laberinto, una maraña, un arabesco, es decir, siempre busca el camino de mayor resistencia. “El detective es un profeta que mira hacia atrás” escribía Ellery Queen en The Chinese Orange Mystery pero este volver sobre los pasos de los hechos nunca se produce en línea recta (so riesgo nuevamente de “fraude”). Buena parte del atractivo del género negro en todas sus manifestaciones resulta paradójicamente muy naif pues radica en su alejamiento de los modelos que pretende representar -quizá incluso más que la novela romántica, cuyo eje es la consecución de una felicidad sentimental para siempre- o, expresado de otro modo, en complicar algo que suele ser muy básico. Si en la vida real la inmensa mayoría de los crímenes son obra del círculo íntimo de la víctima, responden a motivos muy pedestres y se resuelven en pocos días, en la ficción se buscan culpables imprevistos o inverosímiles con motivos muchas veces retorcidos y que tienen a investigadores muy capaces sacando humo durante largos periodos de tiempo. Siguiendo idéntico razonamiento, los Países Escandinavos ya estarían prácticamente despoblados de haberse producido tantos asesinatos en su suelo. Etc, etc.

Esta artificialidad viene impuesta, claro está, por las exigencias propias de toda ficción obligada a generar interés y encaminada al entretenimiento. Las tramas negras demandan una resolución y acabar sorprendiendo al lector después de haberle engañado a a base de generarle la vana ilusión de que él era el detective principal. Como a esta pieza la enamoran las citas aquí va otra de Franz Kafka que resume la cuestión: “La novela negra es un narcótico que descompensa toda la escala de proporciones de la vida, volviendo el mundo del revés”. Puede que exista, pero aún no me he topado con una novela negra sin muerto (o secuestro o robo o engaño), aunque sí he escuchado en más de una ocasión a algún escritor expresar su deseo de atreverse algún día a completarla, ahora bien, sin preguntarse a colación si el resultado seguiría siendo novela negra o un experimento inclasificable en la línea de Noir (Galaxia Gutenberg) de Robert Coover. ¿Se imaginan el espejo novelesco de la serie televisiva The Wire, donde no había acción y quedaban tantos cabos sueltos, tan poca justicia se impartía y la policía podía ser tan chapucera, la podredumbre del sistema quedaba incólume y la conclusión que reinaba era algo tan gris como “Así son las cosas”? Una novela negra que hablara de la verdad ahí afuera, de la verdad relámpago, una novela negra parsimoniosa, una novela negra blanca.