Rayuela: el rayo que te parte los huesos

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La novela de Cortázar, una de las protagonistas del VII Congreso Internacional de la Lengua Española

 

 

 

Texto: JOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA

 

“Cuando creés que has aprehendido plenamente cualquier cosa, la cosa lo mismo que un iceberg tiene un pedacito por fuera y te lo muestra, y el resto enorme está más allá de tu límite”. Supuso Rayuela (1963) una nueva forma de contar, una suerte de anti-novela en la que el narrador tenía el control absoluto sobre la trama y los personajes.

He regresado a Rayuela, en la edición del quincuagésimo aniversario de su publicación, que ha preparado Alfaguara y se ha presentado en el VII Congreso Internacional de la Lengua Española, en la ciudad argentina de Córdoba; y han vuelto a conmoverme sus personajes desorientados, las oraciones descaradamente inocentes o el exquisito sufrimiento, considerado en toda su calamitosa fisicalidad. He vuelto a asistir a las luchas del bonaerense Oliveira con la implacable mordacidad del diálogo, al candor y el anhelo inquietantes de la uruguaya Maga, he reivindicado el derecho al amor por encima de todo, a la subjetividad comprometida, a la inquisitiva fe subyacente en la ficción misma que despliega el cuentista de Bestiario (1951), tendencia que entonces se consideró modernista y hoy denominamos simplemente contemporánea.

RayuelaEn la narración de Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-París, Francia, 1984), al igual que el lector, el protagonista es más feliz cuando es un voyeur: escapamos, junto a Horacio Oliveira, de nuestro miedo a crecer, a morir, a no encontrar las palabras adecuadas, a pronunciarlas con una voz auténtica. Tenemos, en definitiva, que superar el tedio de estar vivos, y al hacerlo, encontramos (o no) nuestro camino.

Los materiales adicionales de esta reedición conmemorativa, de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, coordinada por José Luis Moure, presidente de la Academia Argentina de las Letras, incluyen recortes de periódicos de la época, citas de libros, incluso las cartas del prosista del Libro de Manuel (1973), en las que se da cuenta del proceso de gestación de la novela y donde la energía y la emoción de la historia siguen intactas, junto a la pasión de la pareja, sus vidas internas, lo que ven, imaginan o leen, “como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio”.

Vivir de otra manera

No se nos permite aclarar los puntos narrativos para darnos una visión general de la génesis de la obra, las intenciones detrás de las decisiones que se han tomado. Se nos lleva a través de los vericuetos de la trama sin dejar que nos sintamos cómodos. Así, el texto se ve de continuo interrumpido por glosas y apartes, grabaciones en off; nos sentimos impelidos a interrumpir el flujo a través del cual hemos dado vueltas, hasta quedarnos colgados de la historia, con ganas de seguir leyendo. Con oscuro sentido del humor y aguda inteligencia, se dibujan viñetas que nos retratan: juntas, forman un caleidoscopio literario de nuestras idas y venidas.

Hay que trabajar duro para completar los espacios en blanco, o, mejor, dejarse llevar por las obsesiones privadas. No siempre nos asiste un cronista confiable: hemos de abrirnos paso a través de su teoría para llegar al corazón de la práctica. Su proyecto es la pluralización, mostrarnos la existencia como un motivo recurrente en su literatura, hacernos seguir los diferentes hilos y temas, sin poner en peligro el impacto del conjunto. Una suerte de enajenación creativa gobierna sus piezas, establece alianzas improbables de situaciones absurdas que se reflejan en el sinsentido. La agitación política y la brutalidad contemporánea proporcionan el telón de fondo a una obra, por otra parte, esencialmente divertida, donde el mensaje, en última instancia, es la reafirmación de la dicha.

Colisionan los eventos antes de desviarse, “andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Se mezclan, como en los sueños, realidad y ficción, “un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil”. Se captura el doméstico aburrimiento en una onírica Argentina, “del lado de acá”, y las opciones trágicamente ilimitadas de una Francia finisecular, “del lado de allá”. Al investigar las intensidades internas y las crisis del yo bajo las restricciones del ego, en una prosa alucinada, con toques de sombrío ingenio, se refleja la ingenuidad del interlocutor pseudoadolescente.

Releemos Rayuela y sentimos, junto a los amantes, que sean cuales sean los peligros que nos rodean, por muchas disputas que tengamos o, por el contrario, incluso si parece que nos fundimos y compartimos una misma identidad, nos asiste el placer de haber sido tocados por la literatura. Ambientado en un París postestudiantil (“la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos”) y una lóbrega Buenos Aires, el agudo diálogo, el juego traducido de los sentimientos, los interludios de un sexo asombrosamente lúdico, apasionadamente íntimo: “Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano…”.

“De otros lados”, los capítulos prescindibles, el impulso absoluto de la imaginería que nos obliga a seguir leyendo. Pasional, la saga cortazariana sobrepasa el romántico misterio de lo imaginado mientras se dedica a trivializar lo solemne. Cuando la simple observación no es suficiente, la dosis de realismo aumenta, las fantasías se vuelven febriles, giran en torno a esos instantes en los que la alucinación engendra ensoñaciones, estados relatados de forma compulsiva, donde “la razón solo nos sirve para disecar la realidad en la calma, o analizar sus futuras tormentas, nunca para resolver una crisis instantánea”.

“¿Qué quiere decir vivir de otra manera? Quizá vivir absurdamente para acabar con el absurdo, tirarse en sí mismo con una tal violencia que el salto acabara en los brazos de otro”. El dolor y la lucidez de Rayuela nos siguen iluminando: se basan en la observación de un espectáculo de sombras densamente construidas. Vaga la voz alrededor de su laberinto, sigue a sus avatares (Horacio y la Maga, pero también Rocamadour, el Club de la Serpiente, Traveler y Talita), conduce al lector a través de un borgiano jardín de senderos que se bifurcan. El protagonista es a la vez el niño que juega a alcanzar el cielo dando saltos sobre un pie, el joven que se ahoga en sus fantasías, el adulto al que no asisten nada más que sus creaciones.

La verdad subversiva

Nos siguen fascinando las contradicciones en el corazón de esta novela, donde predomina la conversación, pero también las notas al pie, los informes oficiales, los monólogos internos de la corriente de conciencia. En la naturaleza de su prosa, el logro individual, imposible a menos que el individuo que narra se aparte. Testigo ocular, espía y ocasional participante en la fiesta de la literatura, Rayuela es entretenimiento, pero también resistencia. Su estilo experimental rechaza la idea de un único alter ego, lo que nos obliga a asumir ese papel, mientras nos hace salir de la historia para mantenernos críticamente comprometidos.

         Contra la seca y académica erudición, cerca del corazón de la acción, lo suficientemente lejos como para mantener una distancia irónica, fascinado por los espejos y las máscaras, la relación del traductor argentino con el realismo es ambivalente: consciente de que la felicidad conlleva innumerables significados, inmerso en los constructos arbitrarios de lo diferente, sofocado por los conceptos hipócritas de adulterio, piedad filial, disciplina parental o culto a los antepasados, se denuncian los tabúes y las supersticiones alrededor de las cuales hemos construido nuestras sociedades y nuestra literatura.

         Héroe de su propia epopeya, el novelista de La vuelta al día en ochenta mundos (1967) encuentra la respuesta en la autorrealización de la escritura. A base de dar rienda suelta a las luchas internas y los tormentos de sus criaturas, en forma de pasajes donde fluye la reflexión, a medio camino entre el habla y el pensamiento, disfruta dando la vuelta a los conceptos, descubriendo cómo funcionan desde dentro, revelando las apariencias que nos engañan. Desde sus primeros libros, su vocación fue la reinvención del pasado, el intento de relatar la simultaneidad de los eventos; su método preferido, examinar el mecanismo de relojería del relato, sacar las piezas afuera, dejarlas expuestas. 

Encarna el creador de Prosa del observatorio (1972) muchas de las contradicciones inherentes al proceso creativo, la inspiración pasiva, pero también el activo urdir tramas en una ficción que nos engaña una y otra vez. En consecuencia, no son los personajes los que interesan a Cortázar, sino el mecanismo social que los mueve, el rol heredado que asignamos a cada uno de ellos. Es en esa verdad subversiva donde enraízan sus dilemas. Si no hay unidad, no puede haber revolución, parece decirnos. Si no hay revolución, no puede haber héroes revolucionarios. A medio camino entre el examen y el autoexamen, la cotidianeidad lucha por encontrar su lugar en una obra que, a pesar de su densidad, redunda en un artefacto lúdicamente tramado, pleno de realidad.