Poetas y sus versos para esta primavera

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Enrique Villagrasa sobre qué poesía leer esta primavera

 

 

 

Texto: ENRIQUE VILLAGRASA

 

Todo frío y duro invierno tiene su alegre y florida primavera y esta un mes de lluvias y metáforas mil. Pues bien, en estos días y anticipándose al día del libro y demás ferias, se están publicando poemarios de la talla de Nunca viajaré a Dinamarca (Tigres de papel), de María Cinta Montagut o Leer después de quemar (Olé libros), de Rafael Soler, que sí dan la talla de lo que es poesía y de lo que se espera de ella. Y es que Montagut, como Heráclito, es clara y concisa en su poema XIX: “Mido la noche como mido el camino/ para viajar sin mapas en los labios/ y atravesar el tiempo con una daga sola./ Las olas van dejando en la arena su rastro,/ caracolas vacías, sueños de sal, silencio./ Y el horizonte ajeno se desplaza/ a través de unos ojos como barcos”. Todo cambia nada permanece y lo nuestro es fluir, diríase. Y Soler en su antología citada, se recogen los poemas seleccionados por Lucía Comba, y escribe en sus últimos certeros versos: “mentirá el cielo en su estupor/ mentirán los pechos resonantes/ mentirán las dulces ligaduras// y esa tristeza de la ropa// pero es preciso indagar/ es preciso indagar// solo así da su fruto/ el vientre estéril de lo eterno”. ¡Ahí es nada, nos da cuenta del tiempo de y en la poesía!

También, ha sido publicado recientemente Todo lo contrario a la belleza (Siltolá), de Andrea Bernal, de quien Julio Llamazares dice: “Sentir al leer los poemas de Andrea electricidad, un abismo de belleza”. Y Antonio Colinas asegura que: “Andrea es una valiosa poeta entre los jóvenes valores de España en este momento”. Y para muestra este poema, que a los poetas se les conoce por sus versos: “Pero no hay playa posible,/ ni aspecto,/ ni rostro./ Es imposible caer a través de la sábana./ Navego sola,/ junto a los acantilados blancos,/ cuyo límite es el borde de mi cama”. Un canto al tiempo y el espacio, a la naturaleza viva. Y el poeta Kepa Murua publica su antología El cuaderno blanco (El Desvelo), con selección y prólogo de Catalina Garcés Ruiz, de quien dice: “Conocer al hombre es conocer al poeta, leer su poesía es conocer una realidad que a veces se nos escapa”. El poeta señala en el último poema recogido en la antología: “¿Qué quieres que te diga?/ Escribo aunque nadie me lea./ Aunque pocos sepan de mi existencia,/ sin pensar en lo que vendrá después./ Sola la verdad: nuestra conciencia”. ¡Amén, pues, ante tamaña poética! No me cabe ninguna duda de que leer poesía nos puede ayudar a gestionar mejor nuestra inteligencia emocional.

Por su parte, Marta Fuembuena Loscertales publica Nosotros, isla (La Garúa) donde con versos como estos: “Salen los límites de las personas a zanjar este desierto/ en las migajas de unas calles encerradas en sí mismas” da cuenta de la vida misma, de ese ser con la madre naturaleza, de ese no ser en la colectividad que anula, ese ser con el lenguaje. Y en la misma editorial aparece el poemario de David Yeste La periferia del gesto (La Garúa), quien con versos de esta índole: “Cuando se levantó la niebla,/ aunque ninguno de nosotros lo quisiera,/ nos empeñamos en inventar una nueva”, nos ofrece otra lectura del ser y estar en nuestro mundo hoy: donde la indiferencia, desde el valor y la libertad. Y en este paisaje de dudas que es la poesía andan estas certezas.

Y para sorpresa de propios y extraños aparece una antología de la poesía de José Corredor-Matheos, El paisaje se hace en el poema. Poemas 1951-2017 (Fundación Ortega Muñoz), en edición de Jordi Doce, y Trashumante (Valparaíso), de Abel Murcia. Creo que si Cézanne inventó el paisaje y amaba y escuchaba a los árboles, sobre todo al olivo, como cuenta Gasquet, Corredor versifica ese paisaje y lo hace literatura viva: “Pasear en la tarde,/ y detenerse,/ respirando muy hondo./ Ver abrirse las flores/ que aún estaban cerradas”. Y Doce acaba su inteligente, justo y necesario prefacio a esta poesía señalando: “Y quizá todo nuestro esfuerzo consista en perseguir por otro lado, superando el laberinto de la razón, el saber del instinto, esa conciencia tácita del mundo que el poeta, no por capricho, llama vuelo”.

Por su parte, Murcia nos sorprende con los haikus tan y tan clásicos y tan y tan actuales: “la ciudad late/ el asfalto es tormenta/ negra la noche”. Me apasionan estos poemas japoneses, como me apasiona su cultura, y por eso le estoy tan agradecido a este poeta, por darle a sus haikus ese carácter visual, tal vez de película, que en los clásicos versos japoneses solo existían como evocación. El poeta ha logrado focalizar con sus versos detalles precisos, que de un primer plano te llevan a un plano general. Y como bien dice la poeta Ada Salas: “Una mirada trashumante, el mundo advertido por la sensibilidad única de un poeta y cristalizado en poemas-joya a la vez simples y complejos”.

Poeta esta que en Descendimiento (Pre-textos), Salas borda la poesía con la que explica su estar y ser en y con el cuadro del mismo nombre del pintor primitivo flamenco Rogier van der Weyden y este cuadro solo es un pretexto, en su catarsis, para iluminarnos en el fulgor de la cultura judeocristiana, y casi casi en y con el esplendor del Zohar; por cierto, qué acertadas las citas delantales de este poemario dividido en dos significativas partes: el propio texto y su oratorio, donde todos interactúan. ¡No duden en leerlo y más teniendo tan cerca la Semana Santa católica! Todo en esta vida es pintura, es literatura y es música (tal vez, celestial), como en este poemario: “Quien se atreve a decir que todo está cumplido.// Cuando va a anochecer/ los vencejos invaden esta sala/ vacía”.