Roger Chartier: el arte de conjugar el verbo "leer"

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Es uno de los grandes expertos mundiales en historia del libro, autor de la monumental “Historia de la lectura en el mundo occidental”. Un sabio al que hemos interceptado en Barcelona para reflexionar sobre los retos de ese milenario acto de leer.

 

 

 

 

Texto: OSCAR CARREÑO

Foto: MARTA CALVO

 

LA LLEGADA

Todo es lectura. Recuerdos del Hotel Presidente. Encuentro inesperado y evocación de Michel Vovelle.

Todo es lectura. Todo se lee. Corroboro en la lectura de una pantalla que el vuelo que espero llegará a la hora prevista y, mientras tanto, leo la mirada de furtivo placer que una joven dedica a un hercúleo turista que responde al arquetipo nórdico de pelo dorado, ojos azulinos y torso de dimensiones míticas. Todo se lee porque la lectura en su aceptación más amplia es el procedimiento mediante el cual interpretamos las señales del mundo que nos circunvala, el paso previo para construir las comunicaciones con nuestro entorno. Todo se lee, aunque la lectura haya acabado por ser significada casi exclusivamente en el ámbito de la letra impresa.

Todo es leído y el acto de leer propicia las maneras de actuar futuras. La forma de encararnos a lo que ha de acontecer y aún no es. Desde tiempos remotos se lee el porvenir en la posición de las estrellas. Se invoca la vida futura en la lectura de las ondulaciones de la superficie de los mares. Los antiguos hombres del campo avanzaban las penurias y las miserias en la lectura de las formas de las nubes y del soplar de los vientos, y los más crédulos aceptan lo que les acontecerá escuchando la lectura de las líneas de sus manos.

Todo se lee. Se lee el futuro y se lee el pasado en los restos óseos de enormes animales desaparecidos. En los anillos de los troncos de los árboles se leen las partidas de su nacimiento. Las costumbres vetustas de nuestros antepasados son reconstruidas a través de la lectura de las disposiciones de las piedras o de la lectura jeroglífica que antecedió a la grafía alfabética. Y el presente. El presente también se lee en los labios de los que no poseen la palabra oral, convocada para ser oída, y en los gestos faciales que desvelan la mentira de la palabra pronunciada. Si hasta se lee el movimiento de las abejas o el postrer camino de los elefantes.

Y aquí caigo en el lugar común de la etimología, y no quería hacerlo, pero pienso en ello mientras espero y ya sabemos que los caminos del cerebro son inescrutables. Leer procede de legere y legere significaba en el mundo clásico muchas cosas: recoger, atrapar, envolver ¡captar con los ojos!

De todas maneras el sentido que actualmente le damos al verbo leer, su uso más frecuente, remite al ejercicio de recorrer las sinuosidades de la letra escrita sobre los más diversos soportes, y sobre ese leer, pocas personas saben más que la que espero.

Y aquí está, respondiendo con una sonrisa abierta a mi señuelo de reconocimiento, mi brazo alargando el aleteo de la reedición de Las revoluciones de la cultura escrita (Gedisa, 2018), y Roger Chartier, con paso vigoroso y decido, dirigiéndose a mi encuentro. Elegante y gentil, una sonrisa pícara no abandona su semblante cuando me indica lo bien pertrechado que va para superar los restos de Leslie, el huracán debilitado que ha llegado a la península para derribar dos casas en Tarragona.

Roger Chartier ha venido a Barcelona para participar en uno de los actos del festival Ciutat Oberta. Biennal del Pensament y conversar con Carme Galve, directora de la Biblioteca Jaume Fuster, sobre los retos que los nuevos soportes de lectura plantean a las bibliotecas.

Chartier pidió alojarse en el Hotel Presidente, porque siempre que vengo a Barcelona me hospedo en él, conozco a buena parte del personal y siempre me siento muy a gusto. Me explica sus encuentros pretéritos, entre los salones y los espacios comunitarios del hotel, con la plantilla del Valencia, con ese portero rubio tan simpático que tenían hace años, acierto a adivinar la identidad de Santi Cañizares tras los epítetos rubio y simpático, o con toreros, muchos toreros que venían a torear a Barcelona se alojaban en este hotel, y aquí aunque hubieran mediado las más precisas descripciones me hubiera sido imposible adjudicar nombre propio a los rasgos descritos, tan parca es mi cultura taurina.

Yo le explico que una vez estuve en ese hotel para entrevistar al novelista Javier Fernández de Castro, y que Javier me explicó que en él se hospedaban Juan Benet y Juan García Hortelano cuando, a finales de la década de los sesenta, visitaban Barcelona para ver a Carme Balcells y despachar con ella sobre diversos asuntos que gestionaba su agencia literaria. En su cafetería, los escritores madrileños convocaban a la legión de escritores de Barcelona (más jóvenes que ellos) para saludar la llegada de la madrugada hablando de literatura norteamericana, de Proust, del realismo español del XIX o de todo aquello que se terciará. Javier Fernández de Castro o Eduardo Mendoza formaban parte de ese séquito de admiradores que acudían a las citas de los maestros Benet y Hortelano.

Futbolistas, toreros, escritores, la memoria de un espacio y un tiempo siempre deja sus huellas en las cafeterías de los hoteles. Antes de abandonar el hotel, busco el alivio del excusado y al salir oteo el amplio altillo de la cafetería-restaurante que ha acogido, entre manteles de hilo y copas de whisky, a tanto personaje insigne. Ahora está vacío. Solo percibido la presencia de dos hombres trajeados en una de las esquinas del salón. Una única y rápida visión me conduce a reconocer a uno de ellos como un político catalán capaz de atravesar a velocidad de vértigo las amplísimas fronteras ideológicas que habrían de separar los principios de un partido democratacristiano de los postulados socialistas. Pienso que si en lugar de Roger Chartier hubiera acompañado a Michelle Vovelle, otro ilustre y recientísimamente fallecido historiador francés, hubiera podido departir con él sobre la volubilidad con la que las ideologías se ajustan a determinados sujetos políticos y la constancia con la que, en cambio, lo hacen sus gustos por los cargos públicos.

LAS PALABRAS DE ROGER CHARTIER

Superación de la muerte del libro. Características del libro digital. Convivencia texto digital y texto impreso.

Lo que no aconteció fue la muerte programada del libro. Esto no significa que el libro impreso haya pasado al estado de la inmortalidad. Entre la muerte programada y la inmortalidad hay todo un espacio temporal. De todas maneras esta convivencia entre los diferentes formatos del libro sí que pone de manifiesto el incumplimiento de las consecuencias más radicales de la revolución digital que era la desaparición del libro impreso. La revolución digital ha provocado una cosa radicalmente nueva porque no solo se han digitalizado los libros, los periódicos u otros formatos de la letra impresa, también se ha digitalizado todos los actos de la vida social: la relación con las instituciones, con los particulares, el mercado con la compra on line y lo más importante, la digitalización de las relaciones sociales que han transformado los conceptos de identidad, amistad, privacidad… Es difícil pensar que la modificación de todas estas acciones humanas no tenga consecuencias sobre lo que llamamos la cultura del libro. Solamente el 8% del total de los libros vendidos son electrónicos. En EEUU la cuota máxima del libro electrónico fue del 20%, de manera que no parece osado afirmar que la gran mayoría de la gente que compra libros se decanta por los libros tradiciones, los libros impresos. Pero aparte del libro digital, es cierto que en el resto de las actividades humanas en las que la escritura jugaba un papel, la irrupción digital ha desplazado definitivamente antiguas prácticas de la cultura escrita: nadie escribe ya cartas, ni envía postales manuscritas desde los destinos vacacionales…

El libro es diferente porque además de un soporte, es un discurso, con sus estructuras, con una arquitectura que exige una relación muy estrecha entre sus partes, un todo coherente entre sus partes y la totalidad y esas características son las que se imponen en su lectura. La lectura digital, en cambio, es fragmentaria, discontinua, materializada en formas breves (tuits, correo electrónico, lectura de las redes sociales), separadas entre sí y sin una aparente conexión. Esta característica nos invita a plantear un segundo conflicto, no solo el que se plantea entre los formatos impreso y digital sino aquel otro que afecta a los hábitos de lectura y a la manera de leer. Así pues, está convivencia y esta digitalización paulatina de todos los ámbitos de la vida, con la imposición de nuevas formas de leer y de relacionarse con la cultura escrita diferentes a las que impone el libro impreso, no aseguran su inmortalidad.

Borges, El libro de arena y La Biblioteca de Babel. ¿Sueño o pesadilla? El texto digital y el concepto de autoría. Texto digital y bibliotecas. Libertad de acceso al texto digital.

Ambos textos de Borges son la descripción del entusiasmo primero hacia las posibilidades infinitas del libro y la biblioteca interminables, y la pesadilla final en las que se convierten. El primer aspecto ilustra muy bien una tensión fundamental de lo digital porque por una parte la textualidad digital permite un libro palimpsesto que hace desaparecer la individualidad de la autoría y con ella la formulación de los derechos que derivan de la creación. Esa falta de identidad autoral conecta con la idea de autoría y del anonimato del susurro en el orden de los discursos que enunció Michel Foucault. Esto provoca una alteración de la disposición de los discursos tal y como los recibimos desde el siglo XVIII, una modificación de la voz autoral, la obra siempre idéntica en su escritura (que no en su lectura) ahora es maleable, sometida a la intervención de una autoría diversa y choca contra los principios de los derechos de propiedad intelectual del autor tal y como los tenemos formulados hoy en día.

En cuanto a la biblioteca infinita, claro que la posibilidad de la textualidad digital, no solo de aquellos libros y textos que ya han nacido de manera digital sino también a través de la digitalización de todos los libros impresos, puede favorecer una biblioteca de contenidos infinitos, pero en este caso no estoy seguro de poder llamar biblioteca a ese gran repositorio, o al menos biblioteca tal y como la entendemos hoy: como un espacio físico que favorece el contacto entre el ser humano y el conocimiento o la creación estética escrita y fijada en la corporeidad del libro. Un espacio que responde a una arquitectura determinada y que propone un orden y una disposición especial. Pero esta biblioteca, si finalmente aceptamos el término biblioteca para la compilación global del conocimiento y la creación estética digitalizada, sería funesta para la relación con el pasado y con la pervivencia de la tradición libresca. Así la biblioteca física habría de ahondar en aspectos pedagógicos con los que ayudar a sus usuarios a navegar por la selva digital.

Quizás el gran problema de hoy en día sea asegurar la libertad de acceso al texto digital. La existencia de comunidades científicas que para resistir a los grandes monopolios editoriales han creado repositorios de conocimientos de acceso libre a los contenidos, con reconocimiento de los derechos de autor, pero no sometidos a los imperativos editoriales, son un ejemplo de la lucha por esa libertad de acceso.

Markus Dohle y la muerte del libro electrónico. Los audiolibros. Innovaciones que imponen prácticas de rituales muy antiguos.

La muerte del libro electrónico es una idea interesante. De hecho tal y como apuntaba anteriormente las cifras de negocio de las editoriales en lo que respecta al libro electrónico nos conduce a pensar que la gran, gran mayoría de lectores aún hoy apuestan por leer en el formato clásico del libro impreso. En este contexto pensar que el audiolibro puede ser una alternativa al libro impreso resulta interesante.

Es cierto que desde el siglo XVI existe una correlación directa entre leer y oír, entre la lectura silente e individual y la lectura oral y colectiva. De hecho Cervantes al escribir el Quijote tenía muy claro estas dos posibles circulaciones del texto, el texto para quien lo iba a leer y el texto para quien lo iba a escuchar. Recuperar el principio medieval de voce paginarum (la página que habla) es un mecanismo muy habitual de la programación cultural de bibliotecas y librerías que priorizan la lectura de textos a través de la voz de un actor que lee para los que asisten a los actos. También durante el Renacimiento la primera forma de publicación (en el sentido de hacer público) de lo escrito era la lectura en voz alta que de los textos hacían los propios autores. Estos serían los precedentes históricos del audiolibro. La aparición de los audiolibros es un contrapunto a los siglos XIX y XX en la que cultura escrita se alejó de la oralidad, pero hoy en día la relación entre cultura digital y audiolibros propiciaría una nueva forma de lectura.

El audiolibro será la inversión de la fórmula clásica escuchar a los muertos con los ojos por la fórmula leer a los muertos con las orejas.