Diego Carcedo, un periodista de siempre

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Diego Carcedo ha sido uno de los históricos corresponsales de TVE durante décadas y miembro del programa Los reporteros. El último libro del actual presidente de la Asociación de Periodistas Europeos, Sobrevivir al miedo (Península) representa una magnífica oportunidad de refrescar memoria sobre uno de los grandes periodistas de España.

 

 

 

 

Texto: FRANCISCO LUIS DEL PINO OLMEDO

Foto: ASIS G. AYERBE

 

Aquel que ha transitado los senderos del periodismo en diferentes épocas, y ha sentido palpitar desbocado su corazón ante los horrores del mundo en primera persona, sabe que tras el miedo físico del momento, hay otros peores de los que no se habla. Diego Carcedo sí lo hace con honradez desnudando sus íntimas pesadillas, y, poniéndolas al descubierto en Sobrevivir al miedo que, también es un repaso por los acontecimientos sobresalientes del mundo que le tocó cubrir, con un estilo directo y ameno, arropado por una elegante ironía cuando es menester.

Para quien seguía sus reportajes en televisión y, aún antes de convertirse en periodista de verdad, están fijados en las retinas de la memoria escenas tan impactantes como cuando se prestó a ser examinado por un supuesto sanador en Filipinas que afirmaba ser capaz de extraer, sin operar, las vísceras de sus pacientes, y así desenmascarar la probable superchería ante las cámaras en un excelente reportaje. Este es uno de los veinte relatos recogidos en el libro que, junto a otros del realismo conque narra los últimos estertores de la ciudad de Saigón en abril de 1975 a punto de ser “liberada” por el ejército de Vietnam del Norte, condensa más de 50 años de periodismo. Diego Carcedo recuerda con precisión bastantes detalles de lo vivido hace décadas. Parece mentira que después de cubrir guerras, revoluciones y terremotos por la geografía mundial, tenga frescas tantas escenas de aquellos años convulsos.

Claro, que a alguien que se sabe de memoria los reyes godos –no en balde se especializó en la Alta Edad Media, (Etapa visigótica) el mantener las neuronas tan ágiles le parece natural.

Para mí, personalmente, el peor de los miedos es el que tengo a la propia conciencia, es decir, a la factura de algo que has hecho mal, algo de lo que te avergüenzas, ya que te va a alterar el recuerdo, te atormentará el sueño y, por más que lo intentes, no podrás olvidarlo.

¿Como el que narra cuando cubrió el terremoto de Perú y una mujer le puso en sus brazos a un bebé para que se lo llevara a Lima?

Esa es una historia triste y recurrente desde hace cuarenta años.

¿Por qué no le gusta ese título o definición de corresponsal de guerra a pesar de haber cubierto siete conflictos armados?

Yo soy enemigo del título de corresponsal de guerra. Creo que, además, es más difícil hacer periodismo local, como el que hacíamos en La Nueva España, el periódico donde me inicié, con un gobernador civil que me odiaba y donde tenías que hacer de todo- aunque como detesto los toros, nunca he hecho crónica de toros-. Te podías encontrar con el concejal de urbanismo en la calle que te venía a insultar. Cuando algunos colegas presumen de ser corresponsales de guerra, yo digo que siendo asturiano ahí están los mineros y sus luchas reivindicativas tan duras por lograr una vida digna y mejor.

Pero su experiencia en Vietnam no fue tampoco un paseo por el campo, entra de lleno en el reporterismo de conflictos. Su relato de la última semana que vivió en Saigón es aterrador. Vietnam fue una gran experiencia donde todos la vivimos con intensidad; recuerdo estar atrapado con Vicente Romero en un combate. Por cierto, que la foto de la portada del libro me la hizo él allí, en Vietnam. En otra ocasión un oficial survietnamita me golpeó por recoger a un herido al sentir su orgullo nacional maltrecho. Y en un plano más lúdico, me viene a la memoria la envidia que me daba ver a Manu Leguineche y Vicente (Romero) devorar marisco que yo no como. De todo hubo en Vietnam.

Con Vicente Romero, otro de los referentes del periodismo español, ha tenido una relación bastante íntima y se han frecuentado, tanto profesionalmente como en lo personal. Estuvo en Informe Semanal hasta que se jubiló hace un par de años –es más joven que yo-. Y tenemos una relación estupenda. Siendo yo Director de Informativos, me acuerdo que un día las secretarias entraron en el despacho creyendo que nos estábamos pegando. Todos tenemos temperamento fuerte. Y Vicente irrumpió hecho una furia porque tenía que irse de viaje a realizar un reportaje con urgencia, y le faltaba la firma para que le abonaran las dietas. Y aquel día perdía el avión. ¡Lo recordamos a veces lo que nos llegamos a gritar!

¿Qué me dice del resto de compañeros que formaban aquel formidable plantel de reporteros que tanto nos hicieron disfrutar con sus reportajes a más de una generación?

A parte de Vicente que es a quien más he tratado, con Manolo Alcalá coincidí en la Argentina de la época de los montoneros y el final de Perón.   Y con el que también coincidí fue con Vázquez Figueroa, pero muy poco. Él es mayor que yo y estuvo de corresponsal de La Vanguardia en Centroamérica, y después trabajó en su última etapa en TVE. No coincidimos apenas, salvo en trabajos simultáneos. Como con Miguel de la Quadra Salcedo, con el que trabajé unos cuantos años, pero cubriendo historias distintas.

En una de las narraciones del libro dice que de los cuatro o cinco que se juntaban en un momento determinado, o simplemente estaban en plena actividad profesional, Miguel de la Quadra era la estrella.

Sí, Miguel era la estrella. Todo un experto en reportajes exóticos. Estaba igualmente en el grupo Enrique Meneses –uno de los grandes- también Javier Pérez Pelló que estuvo un montón de años de corresponsal en Roma, y aunque nunca hizo reportajes de estos, fue un magnífico realizador. Murió no hace mucho, y yo me enteré al año de su muerte. Yo era el último en ese grupo de grandes profesionales; el más joven e inexperto de todos.

Hablando de reportajes exóticos el suyo de Papúa Nueva Guinea y su forma de llegar es una historia que no tiene desperdicio, y digna de contar.

Bueno, sí, pero con reparos. Porque a pesar de haber transcurrido muchos años, hay ahí nombres, y las personas no prescriben. Ese reportaje mantiene algunas lagunas, incógnitas, sucesos que se han soslayado.

El reportaje sobre el presidente ugandés Idi Amín, cuyo relato es impagable, fue su mayor frustración como periodista?

No, no ninguna frustración. Fue un cabreo cuando lo emitió una cadena sueca, aunque el reportaje completo se emitió en Portugal. La frustración más grande la viví en Grecia cuando estaba en el poder Papadopoulos – que había dado un golpe de estado en 1967- como Primer Ministro, y el rey Constantino se hallaba en el exilio. En Europa se vivía una expectación importante ante la anunciada conferencia de prensa que daría Papadopoulos en Atenas, y en España el interés era máximo, porque en ella se iba a dilucidar si la monarquía regresaba al país heleno, o se desterraba para siempre. Grecia era la antepenúltima dictadura de Europa –la penúltima era la de Salazar en Portugal, y la España de Franco la última-. Yo trabajaba entonces para Pyresa, ahí abundaban los falangistas, aunque también éramos un montón de izquierdas los que, calladitos y con mucho problema, esperábamos el cambio.

Y a usted le encomendaron la misión.

Fue uno de mis primeros viajes al extranjero como periodista, y llegué a Atenas sin conocer a nadie y muy despistado. Alguien me había dicho en algún momento que cuando uno llegaba a un lugar desconocido había que buscar trucos. Y como no me enteraba de nada, me hice amigo de un colega francés que era un experto en política griega; me ligué a la telefonista del hotel para que cuando el francés llamaba a París para dictar su crónica me pinchara el teléfono de la habitación y pudiera oírla.

Un truco sucio, pero efectivo. Pero como solventó lo de la conferencia de prensa?

Se nos dijo que la conferencia se daría en griego con traducción al francés e inglés, yo me manejaba bastante bien en inglés, pero fui con preocupación por si no me enteraba bien. En la espera, un funcionario llega con tres paquetes de papeles atados con cuerdas que, por suerte, deja en el suelo no lejos de donde me encontraba. Y mientras todos los periodistas –cerca de noventa de todos los países- estaban pendientes que apareciera el Primer Ministro, miro los paquetes y subrepticiamente robo varios papeles que estaban escritos en griego, francés e inglés, con el anuncio de lo que iba a comunicar Papadopoulos a la prensa internacional, y que dice que no habrá monarquía nunca más. Inmediatamente salgo para el hotel y dicto la información a Pyresa. En la agencia no se la creen porque no está refrendada por la Agencia EFE y la Reuters, y como yo era nuevo y de provincias no tengo ningún crédito. Y cuando dos horas después sale la noticia, por lo que me dijo una espía que tenía allí, se armó un follón tremendo, sobre todo cuando se enteró el director. Yo cogí un cabreo enorme y estuve a punto de explotar, pero me callé. Aunque al día siguiente cuando me llamó el redactor jefe para informarme que nos había tocado la lotería, le dije las mayores barbaridades. Cuando volví al cabo de cinco o seis días, entré en la redacción y lo cierto es que gané muchos puntos, y hasta el director general me concedió una entrevista muy cordial.