Juan Gómez Bárcena: “Sin pasado no somos nadie”

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La editorial Sexto Piso publica "Los que duermen", uno de los primeros trabajos narrativos del escritor Juan Gómez Bárcena. Se trata de un libro de relatos escribtos entre 2005 y 2010 publicado inicialmente por Salto de Página. 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: ISABEL WAGEMANN

 

¿Cómo ha sido enfrentarte a uno de tus libros después de varios años de haberlo escrito? ¿Tuviste la tentación de corregir los relatos?

Sí que ha existido la tentación de corregir. Algunos de los cuentos de Los que duermen tienen bastantes años; los más antiguos son del 2005, tienen catorce años, y los más recientes los escribí en el 2010. Obviamente, a lo largo de estos años, se ha mantenido una determinada mirada, pero los intereses han ido variando, suscribo más o menos los relatos de entonces, aunque hoy no los volvería a escribir, al menos no de la misma manera. De ahí que tuviera la tentación de corregirlos, pero preferí no hacerlo, pues si me ponía a corregir cada texto habría destruido el libro tal y como lo había pensado en su momento y habría creado una cosa nueva. Los que duermen es un libro que me ha gustado mucho haber escrito, pero que, obviamente, hoy no escribiría, pero la idea era publicarlo otra vez tal y como se pensó y se escribió entonces. Así que solo modifiqué aquellas cosas que de haberlas visto el Juan de entonces habría modificado: erratas, alguna frase poco clara, detalles. Volver a leer estos cuentos me ha provocado una sensación de extrañeza, pero sobre todo ha sido una experiencia placentera: Los que duermen es un libro del que me siento orgulloso.

Como lectora, en Los que duermen reconozco algunos de los temas que han marcado tu narrativa más reciente, pero ¿hasta qué punto el Juan Gómez Bárcena de hoy se reconoce en estos relatos?

Reconozco los temas, reconozco los intereses y reconozco la mirada. No reconozco el estilo, si bien Los que duermen fue un libro cuya escritura me ayudó a formar mi estilo de ahora. Releerlo supone para mí reconocer mi propio crecimiento como escrito, supone darme cuenta de que todos aquellos relatos, de temas y géneros distintos, me ayudaron a forjar mi propia voz. Lo que más me interesa de Los que duermen es que todo lo que he escrito después está apuntado aquí de alguna manera y también lo que estoy escribiendo ahora está apuntado en alguno de estos relatos.

Los que duermen no es tu primer libro….

No, antes había publicado otros dos títulos en editoriales minúsculas y tenía escritos textos que nunca vieron la luz. Lo que sí es cierto es que, a nivel simbólico, Los que duermen es mi primer libro en cuanto es mi primer texto que, releído tiempo después, sigo suscribiendo.

Podríamos decir que Los que duermen es el libro que te constituyó, al menos públicamente, como escritor.

Efectivamente. Al mismo tiempo, como te decía, fue la primera vez que escribí algo que, con el tiempo, he seguido suscribiendo, si bien ahora no lo volvería a escribir igual.

A Ricardo Piglia le interesaban mucho las primeras obras, porque sostenía que se escribían con mucha libertad, en parte, porque los autores no estaban condicionados por la recepción de los lectores ni por las críticas recibidas.

Es interesante lo que comentas. Diría que Los que duermen es un libro que escribí con mucha libertad, algo que no me pasó con El cielo de Lima, durante cuya escritura estaba mucho más constreñido por la idea de que estaba construyendo una novela y , por tanto, tenía que respetar ciertas convenciones. Por lo contrario, escribiendo Kanada me sentí bastante libre y, ahora mismo, me siento muy libre con lo que estoy escribiendo ahora. En mi caso, la sensación de libertad no tiene que ver con la progresión, sino con la seguridad en uno mismo y con la manera de enfrentarte a tus influencias literarias.

Y hablando de influencias, la de Borges es más que evidente en los relatos aquí reunidos: tu interés por el tiempo, el elemento fantástico….

Sí y, más en general, el propio carácter de los cuentos, su forma, a medio camino entre lo ensayístico y lo narrativo. Una influencia tan marcada no es sinónimo de libertad, al contrario. Es cierto que Los que duermen es muy libre en cuanto a temas, pero no tanto a nivel de forma o de estilo.

De lo que no cabe duda es que tu formación filosófica influenció en la conceptualización de dichos relatos.

Es cierto, pero tengo que decir que soy mal filósofo. Estudié filosofía porque tenía determinadas preocupaciones, pero no te creas que la carrera me las afinó demasiado. Yo no tengo un pensamiento demasiado abstracto: me interesan mucho las preguntas filosóficas, pero siempre las concretizo a través de imágenes o hechos. En este sentido, el pensamiento de Borges es mucho más abstracto y, por tanto, más profundo que el mío; yo voy más a lo concreto. Dicho esto, para mí la filosofía es la base de todo. Las preguntas que importan de verdad son las filosóficas y, al menos para mí, las preguntas de índole científica son concretizaciones de cuestiones más amplias y de carácter filosófico.

La reflexión sobre el tiempo está estrechamente ligada a una reflexión sobre la historia, tanto a nivel personal como colectivo.

Mi reflexión sobre el tiempo está estrechamente ligada a una reflexión sobre la memoria individual, sobre la memoria colectiva y sobre la posible enseñanza del pasado. Creo que tengo una concepción cíclica del tiempo que niega la idea de que vayamos hacia algo mejor. En estos relatos y en mis otras novelas, no intento preguntarme de forma abstracta qué es el tiempo, sino, a través de ejemplos concretos, preguntarme qué es el tiempo para el ser humano.

Al respecto, pienso en lo que dice uno de tus personajes: “el retorno al pasado era tan imposible como inevitable era el viaje al futuro, y que en eso consistía la tragedia de ser hombre”

Esta es una visión muy agustiniana del tiempo y, sobre todo, de nuestra relación con el tiempo. Además, esta conceptualización del tiempo apunta a uno de los temas que siempre me han interesados: la trascendencia humana. En estas líneas planteo los límites de la trascendencia: Uno no puede volver al pasado y la vida es un constante boceto de algo que nunca llegará a ser, que nunca se concretizará en una versión definitiva, porque todos estamos destinados y, por tanto, limitados por la muerte.

La idea de la memoria, como se ve en El cielo de Lima, está muy ligada a la construcción de la propia identidad.

Efectivamente, el tema de la identidad relacionado con el tiempo y la memoria es muy importante en estos relatos y está muy presente en El cielo de Lima. Creo que el relato dedicado a la mujer que sufre Alzheimer y a la que le construyen un pasado que nunca existió, borrándole toda identidad, es donde mejor se plasma esta relación entre memoria e identidad. Sin pasado no somos nadie, sin memoria no es posible construir nuestra identidad individual ni colectiva.

Este relato puede leerse en clave política como una reflexión sobre las consecuencias colectivas a las que se enfrenta una sociedad que no solo niega su pasado, sino que lo reinventa.

Me gusta que lo veas así, porque, de hecho, este relato acaba de publicarse en una antología sobre la memoria histórica, puesto que, como tú misma dices, se puede leer como una metáfora acerca de las consecuencias que tiene el hecho de que una sociedad olvide su propia memoria. Esta idea de que para superar determinadas heridas o traumas hay que olvidar lo que ha pasado no tiene sentido, cualquier psicoanalista te diría todo lo contrario: hay que enfrentarse al pasado, por doloroso que sea. Yo, que tengo una mirada algo psicoanalítica, creo que una sociedad sana tiene que hacer una relectura permanente del propio pasado.

En este sentido, toda reflexión sobre la memoria y sobre la historia conlleva consigo un posicionamiento político ante determinadas cuestiones.

No puede haber una mirada no política. Cuando alguien dice que quiere dar una imagen objetiva de algo está mintiendo, porque no hay ninguna imagen objetiva. ¿Cuál es la realidad? ¿Qué es lo real? Siempre que das tu mirada sobre algo reflejas tu posicionamiento político, seas consciente de ello o no, y es mejor ser consciente de ello, porque, de lo contrario, corres el riesgo de hacer la política que no quieres. Al mismo tiempo, mi mirada sobre la historia es una mirada del presente: no puedes hablar del Imperio Romano abstrayéndote de tu contexto, tu mirada del Imperio Romano está siempre condicionada por las gafas del presente desde las que se mira. Es importante que los historiadores sean conscientes de ello, pero también la gente a pie de calle.

Esta mirada del presente desde el pasado dota de carácter alegórico a mucho de tus relatos.

Sí, porque a mí lo que me interesa del pasado no es la reconstrucción fidedigna; lo que me interesa es utilizar el pasado como un laboratorio o un campo de pruebas para hablar del presente. De ahí que casi todos los relatos jueguen con su carácter alegórico, carácter que, en parte, también definía El cielo de Lima.

¿Se ve mejor el presente desde la distancia del pasado?

Sin duda. Yo entiendo mejor el presente cuando me alejo. No soy una persona particularmente perceptiva ni para lo que me rodea ni para lo inmediato; creo que gano mucha capacidad de percepción cuando me alejo y que mis mejores diagnósticos de la sociedad los realizo cuando hablo sobre algo que ya pasó. Sería un mal escritor si me fijara en el presente y hablara del presente, porque no es mi perspectiva.

Bajo este aspecto, eres un autor que escapa de los temas “generacionales”, de aquellos temas que podrían ser asociados como preocupaciones propias de tu generación.

Sí, tienes razón. He rehuido de la casi omnipresente primera persona así como de la autoficción. Si tuviera que vincularme con alguien de mi generación, me vincularía con Cristina Morales, por su afán político y por su mirada sobre la historia. Creo que nuestras novelas tienen algunos puntos en común, si bien somos dos autores muy distintos; ella el sentido político lo expresa de forma más enunciativa…

Seguramente, Terroristas Modernos es la novela de Cristina Morales que más se puede poner en relación con tu narrativa.

Sin duda, es una novela que tiene relación con mi trabajo como creo que Kanada comparte algunos de los intereses de Cristina. Yo no me siento partícipe de los temas o de las miradas de la que debería ser mi generación; no digo que sea bueno ni malo, se debe a que yo no puedo hacer otra cosa a la que hago, por mucho que, como lector, me siento muy cerca de los escritores de mi generación.

Tu novela Kanada está estrechamente relacionada con el relato Hitler regala una ciudad a los judíos, que a su vez remite a la obra de obra de Juan Mayorga Himmelweg.

Es un relato que escribí en la casa de Budapest en la que viví y que aparece en Kanada, muchos de cuyos temas aparecen apuntados en este relato, si bien Kanada lo escribí cinco años después. Por lo que se refiere a la obra de Mayorga, no sé qué texto es anterior, lo cierto es que yo la descubrí la tiempo después de haber escrito mi relato. No somos los únicos en haber escrito sobre el campo de Theresienstadt; Sebald, en Austerlitz, hace referencia a este campo, que aparece también en alguna obra más que ahora no recuerdo, si bien no se ha escrito demasiado. No entiendo cómo es posible que no se haya escrito más sobre el campo de Theresienstadt, seguramente, porque la historia que tiene es tan increíble que parece fantástica y, de hecho, muchos lectores creen que lo que cuento es inventado, cuando no es así. La historia de Theresienstadt plantea de qué manera el simulacro termina suplantando la realidad.

¿Te marcó mucho a nivel literario vivir en Budapest?

Yo llegué a Budapest siendo una persona muy interesada en el Holocausto y Hungría me sirvió para ver de cerca aquello que yo había leído en los libros. Yo nunca habría escrito sobre el Holocausto si no hubiera vivido en Hungría. El vivir en una casa que tiene melladuras de bala de la Segunda Guerra Mundial te da una sensación de realidad, te muestra de primera mano que aquella historia que has leído en los libros o visto en los cines fue real y que sus consecuencias siguen estando ahí, muy presentes. Vivir en Hungría me vinculó, asimismo, con autores como Sandor Marai o Kertész. Es verdad que yo soy un autor de tradición latinoamericana, pero diría que Kanada dialoga, por un lado, la tradición germánica y del este de Europa y, por el otro, con esa tradición latinoamericana en la que me inscribo en cuanto hablo de un tema como el Holocausto, pero desde una óptica fantástica.

En cuanto a la óptica, escribir sobre el Holocausto implica interrogarse sobre desde dónde hablar y, sobre todo, cómo hablar cuando no se ha sido partícipe, cómo narrar y reconstruir la experiencia de las víctimas.

Todas estas cuestiones me las plantee ya en el 2010 cuando escribí Hitler regala un jardín a los judíos y cuando estaba escribiendo Kanada me tuve que parar a pensar si lo que estaba haciendo era justo, era honesto y era útil. Mi repuesta fue que mi novela sí que podía ser útil en la medida en que desarticulaba ciertas visiones del Holocausto que me parecen simplistas, puesto que contribuyen a consolidar la idea de que el nazismo fue algo excepcional, hecho por hombres excepcionales que no se puede repetir. Si tu planteas un relato así de maniqueo das la impresión de que nada es comparable con el nazismo y no es así. Claro que se pueden hacer comparaciones, por mucho que hoy en día sean muchos los que se escandalizan en cuanto se realiza una comparación de este tipo y se pone al nazismo como referente. No nos olvidemos que, en sus inicios, también Hitler era incomparable con el nazismo.

En este sentido, pareces suscribir las tesis de Hannah Arendt.

Totalmente. Me adscribo totalmente a la visión de Arendt, para quien el mal es algo banal que se esconde en el funcionario gris, en el ciudadano medio, en cualquier individuo, no es algo extraordinario. Me gusta mostrar que no hubo psicopatía en el nazismo; lo que hubo fue lógica, industria, razón…

Ya lo sostenía Adorno con su crítica a la razón ilustrada.

Lo que muestra Adorno es que el Holocausto no fue una desviación del camino de la civilización, sino su conclusión. Suscribo, en general, todos los planteamientos de la escuela de Frankfurt y me parece esencial subrayar que el nazismo fue fruto de la razón y de la lógica. Mostrar esto es útil, porque, quizás, nuestra sociedad es, incluso, más capaz de perpetrar un nuevo holocausto de cuanto lo era la sociedad de los años treinta en cuanto cada vez más, gracias a la técnica, nos alejamos más de los objetos que dañamos, cada vez tenemos más capacidad de hacer daño a gente que no vemos. Hoy puedes destruir el mundo apretando simplemente un botón.

Tus libros están siempre sustentados por una amplia documentación histórica, social y filosófica. ¿Eres un gran lector de ensayo?

Me interesan los libros que tienen algún tipo de sustento ideológico fuerte, pero no soy un gran lector de ensayo. Leo ensayo cuando estoy escribiendo una novela y necesito documentarme. Soy sobre todo un lector de novela y un gran espectador de películas. Creo que un autor debe escribir con el compromiso de dar una idea unitaria del mundo y es lo que yo me propongo hacer en todos mis libros, tanto en un libro de relatos como Los que duermen como en mis novelas.