Eduardo Ruiz Sosa, entre García Márquez y Allan Poe

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David Pérez Vega escribe Cuántos de los tuyos han muerto (ed. Candaya), de Eduardo Ruiz Sosa.

 

 

 

 

 

Texto: DAVID PÉREZ VEGA

 

En el verano de 2016 leí la primera novela de Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, México, 1983), titulada Anatomía de la memoria. Este libro es posiblemente mi favorito de los que he leído de la editorial Candaya. En marzo de este año fui a la presentación madrileña de la novela Factbook de Diego Sánchez Aguilar, y como sabía que Eduardo iba a venir desde Barcelona, acompañando a Olga y Paco –los editores de Candaya–, me fui a la presentación con el libro de Factbook y con Anatomía de la memoria, para que los dos autores me los firmaran. Ese mismo día, Eduardo nos enseñó en su móvil la portada de su nuevo libro de cuentos que en breve sería enviado a imprenta. Cuando esto ocurrió se lo solicité a sus editores. Me apetecía mucho leerlo.

Cuántos de los tuyos han muerto está formado por doce cuentos, o más bien por once cuentos y una coda que podríamos considerar un juego final de intertextualidad. Pues lo que realmente hace la media página que representa este último relato es conversar con el final abierto del segundo cuento. Una forma muy bella de cerrar el volumen. El primer cuento se titula Desaparición de los jardines y en sus páginas, un narrador –que a veces se convierte en un «nosotros» que le incluye tanto a él como a su hermano– habla con nostalgia de la pérdida de su abuela, una mujer mayor que se está despidiendo del mundo, olvidando a todos sus seres queridos. «No sé en qué momento dejó de reconocerme». Con esta frase empieza el relato en la página 11. Hacia el final del cuento, las plantas del jardín de la abuela y de los jardines de los vecinos empiezan a enfermar y morir. Esta idea de jardín muerto, del jardín desolado, me hizo pensar de forma inmediata en el cuento de Juan Carlos Onetti Tan triste como ella, en el que un jardín pasa a ser un suelo embaldosado, que representa el agotamiento de la relación entre los protagonistas. No sólo la temática del cuento de Ruiz Sosa me ha hecho pensar en Onetti, también el aire envolvente, poético y triste de su prosa.

Además, en este primer cuento ya podemos observar una característica de estilo que va a repetirse en todo el volumen: Ruiz Sosa prescinde en más de una ocasión de algunas reglas sintácticas y no coloca, cuando correspondería de forma clara, comas o puntos. De hecho, en ocasiones algunos renglones, ocupados por unas pocas palabras, siguen los caprichos compositivos de un poema de verso libre. El segundo cuento, La garra de la estatua, sobre la pérdida de la madre, parece un cuento escrito con la misma voz narrativa (o voces narrativas) que el primero. De hecho, apuntaría que existe alguna conexión directa entre ellos. En el primer cuento se lee: «Mi madre murió en agosto» (pág. 14), una frase que ya anuncia el tema del segundo. En este relato, el hijo busca una explicación a las creencias mágicas de la madre, que ha muerto recientemente, adentrándose en un mundo de ligero exotismo. Este recurso me ha hecho pensar en los cuentos de Mariana Enriquez, que conseguía llegar al terror hablando de las creencias fantásticas de las personas. Sin embargo, Ruiz Sosa se decanta más por la melancolía poética que por el terror. Aunque quizás me he precipitado al afirmar esto, porque El dolor los vuelve ciegos, el tercer cuento, es un relato fuertemente terrorífico. En él, un joven ha de visitar periódicamente la morgue para tratar de identificar el cadáver de su hermano desaparecido:

«La familia metida como un punzón en la herida nacional

                                el mundo de los desaparecidos

                                               los muertos

                                                       las búsquedas sin término.» (pág. 40)

Diría que los tres primeros cuentos del libro, los ya comentados, son los mejores del volumen, los que más me han gustado. Y este tercero, El dolor los vuelve ciegos, mi favorito de todo el libro, un cuento que se merecería estar en cualquier antología de cuento latinoamericano contemporáneo. Cuando comenté Anatomía de la memoria escribí que algunas de las escenas más delirantes de la novela me habían hecho pensar en el estilo rico y melancólico de Gabriel García Márquez. Más tarde le pregunté a Eduardo en una entrevista que le hice qué filiación literaria sentía hacia García Márquez, y me contestó que había sido uno de los autores que más habían influido en su formación. Pues bien, en más de un relato de Cuántos de los tuyos han muerto he sentido la mano benefactora de García Márquez como influencia. Sobre todo en ese recurso, que ya he comentado, de que la voz narrativa sea una primera persona del plural que, de vez en cuando, se convierte en una primera persona. Este recurso me sorprendió mucho en la gran novela de García Márquez El otoño del patriarca.

He destacado los tres primeros relatos, pero el cuarto, La mirada médica, en el que el narrador nos habla de la vida de unos vecinos, y sobre todo de los hijos de su edad, ligeramente discapacitados intelectuales, es también un gran cuento. Un cuento tan feroz, bello y cruel como ha de ser un buen cuento. La presencia de la muerte en estos relatos sigue siendo abrumadora. El quinto relato, El sanatorio de la intemperie, empieza así: «Recordamos muchas muertes» (pág. 73). De nuevo, aquí se juega con el recurso de la voz narrativa en plural que se descompone en otras individuales, pero (aun siendo un buen cuento) el impacto sobre el lector es algo inferior al conseguido antes.

Una voz sin cuerpo, sobre una familia en la que el padre es ciego y los hijos crecen pensando que heredarán la ceguera del padre, me ha resultado algo artificioso. En una nota final, Ruiz Sosa apunta: «Este libro, inesperado en su factura final, se fue construyendo a lo largo de muchos años» (pág. 169). Intuyo que la escritura de esta narración es anterior a la de los cuentos previos y me ha resultado algo más inmadura. No he conseguido entrar en el texto que propone No tiene nariz ni ojos pero sí una boca. Un relato de corte onírico o surrealista con el que no he conectado, aunque después de acabarlo he tratado de volver a leerlo.

Tras el bache de No tiene nariz ni ojos pero sí una boca el libro remonta y alcanza altas cosas de excelencia en Naturaleza de los fieles, donde se habla de una joven que ha de soportar diversos abusos de carácter sexual (o religioso) y que va pasando de una casa a otra en busca de su lugar en el mundo. Su dura propuesta, sobre el dolor de las jóvenes latinoamericanas, me ha hecho pensar en la potente propuesta de María Fernanda Ampuero en Pelea de gallos. Que el mundo arranque tus ojos, sobre un actor al que le gusta fingir su muerte en público, lo sitúo a la altura de El sanatorio de la intemperie, un cuento correcto, pero algo inferior en su factura a las grandes composiciones del libro. Me gusta Muerte de David Brodie por su juego literario con un relato de Borges y su cuestionamiento de la figura del padre. De nuevo encontramos aquí la obsesión por la muerte y la morgue, como si Eduardo Ruiz Sosa fuese un Poe latino. Si descontamos la coda final (el juego intertextual con el cuento La garra de la estatua), el último cuento es La desesperación de los siervos que, sin ser para mí de los mejores, sí que ha captado mi interés. Aquí Ruiz Sosa abre nuevos caminos narrativos (tal vez a lo Roberto Bolaño), trasladando el escenario de la narración a Barcelona, a la descripción de cortos y películas, y al envío de cartas con destinatarios equívocos.

Como suelo hacer cuando comento un libro de relatos, me he acercado a cada uno de los cuentos. Como suele ocurrir también cuando leo un libro de relatos, algunas piezas me han resultado más conseguidas que otras, aunque el nivel general es alto. Los mejores cuentos de Cuántos de los tuyos han muerto son realmente buenos. Tras haberme acercado a Anatomía de la memoria y a Cuántos de los tuyos han muerto puedo confirmar que Eduardo Ruiz Sosa es actualmente uno de los autores latinoamericanos jóvenes más destacados.