La memoria de quienes huyeron a México

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Galaxia Gutenberg publica la nueva novela de Phil Camino, "La memoria de los vivos"

 

 

 

Texto: DAVID VALIENTE JIMÉNEZ

 

Lo primero que debemos aprender sobre nosotros mismos son las malas pasadas que a diario nos jugamos. ¡Muy sencillo!, estoy seguro que les habrá pasado, andan caminado por la calle, distraídos o vigilantes, y de repente escuchan una canción que os remonta a tiempos lejanos, cuando sin prisa jugabais en la calle horas y horas, sin la preocupación anodina del tiempo. Esos pequeños interruptores nos perturban hasta conseguir mojar nuestras mangas, nos acercan a la felicidad más absoluta, o, y esto es muy grave, nos hace frenar por una centésima de segundo para tratar de inventar algún recuerdo que despierte alguna de las otras dos sensaciones. La nueva novela de Phil Camino, La memoria de los vivos es comparable a muchos de esos resortes, a ratos activados al unísono, enmarañando imágenes de natural evanescente. Phil Camino es un diamante de 24 quilates que hace de todo: edita, escribe, traduce, tiene su propia librería, “solo me falta distribuir”.

“Quedan confetis: lo que hizo el abuelo, lo que hizo el bisabuelo”. Jugar con la memoria puede provocar accidentes literarios sin solución, que hagan del escritor un malabarista incontrolado de la palabra y al lector un esclavo de aquellos de la época colonialista, con grilletes en las muñecas y en los pies, de los ideales persistentes, locos y atrevidos de un joven, que poco a poco se convierte en un magnate; un hombre de vasta riqueza económica. Y eso pasa cuando exploras la memoria, cuando recuerdas para inmediatamente olvidar la identidad que un día te definió ante los demás, pero que ahora tiene más peso que la tierra sobre los hombros de Atlas; así siente Ángel, uno de los protagonistas (el ojito derecho de la autora), la necesidad de romper con los años pasados enconando los venideros.

Pero no todos los corazones revisten el manto de la soberbia, en algunos, como el de Richard Myagh, anida la nostalgia por el ser amado: “Apostado a estribor, se dejó llevar por una prematura añoranza, pensando en los suyos y en lo lejos que pronto quedarían los que amaba y su patria” (pág: 23). Hechos revividos en la cubierta de un barco mientras tomamos rumbo a un mundo desconocido, cargado del encanto doloroso que el miedo y la inquietud conforman sobre la titilante espuma del mar rota por los destellos lunares.

Richard, al igual que Ángel, navega a través del atlántico para llegar a la tierra prometida, donde, según quien contara el relato, de la tierra emanaba oro como de una fuente a presión y caminando podías hallar diamantes listos para vender a los comerciantes sin escrúpulos. Tierra de esclavos negros, de mexicanos procedentes de Veracruz, de dublineses hartos del purismo irracional, o de aventureros apátridas que buscan saciar el impulso vital que les impiden convertirse en sedentarios. “Demuestra que Estados Unidos no es el mito que Trump y otros quieren recuperar del anglo-sajón blanco fundador de Estados Unidos”, aclaró el director de Galaxia Gutenberg, Joan Tarrida, sentado a la izquierda de la autora. Huyen. Especialmente Ángel, un joven cántabro harto de la suerte llamada pobreza que conforma su mundo exterior; el caso de Richard es diferente, sin duda la suerte le favoreció, pero no supo mantenerla, se le escapó entre los pequeños pliegues de los dedos; Richard toma el petate para reencontrarse con la riqueza perdida. Las casualidades de la vida harán que estos dos grandes hombres de mundo en un futuro conformen una familia muy rica, mediante el matrimonio de sus respectivos hijos.

En esto podemos observar otro tema de la novela, el cambio. Decía Heráclito que nunca te bañarás dos veces en el mismo río porque o las aguas del rio ya estarían mezcladas con la salitre marina, o tu habrías vivido una serie de experiencias que harían las veces de pulidora. Y poco importa que los cambios sean favorables, tampoco que los hilos que custodian con burla las Moiras contengan una ristra de nudos.

¿Qué motivaciones pueden recalar hasta hacernos meras marionetas del pasado, y construir con versatilidad una obra literaria que por el estilo nos recuerda a las grandes sagas familiares? Phil Camino es una apasionada de las grandes sagas familiares y de la literatura de corte burgués “de la que hay muy poca en España”. Pero su gran motivación, se puede intuir entre los renglones, es una cuenta pendiente consigo misma. La obra narra las peripecias de unos personajes que estuvieron vivos, amaron, codiciaron, odiaron, padecieron sueño y hambre, en algunos momentos incluso sentirían felicidad, pero sobre todo nos conduce a las raíces de la autora, a los antepasados: personas que llegan a nuestro conocimiento gracias al recuerdo sesgado y exagerado en el relato, por ello “todo se oye como si realmente fuera una gran ficción”.

La memoria de los muertos, título del libro, hace referencia a una frase de Cicerón recogido en las Filípicas: “La vida de los muertos está depositada en la memoria de los vivos”. Cicerón no pudo estar más acertado. Gracias a la pluma viva de Phil, a su tímida nostalgia e incansable esfuerzo por conocer, sus antepasados vuelven a caminar entre los vivos; ya están fuera del Hades, ahí donde no hay memoria, y esperan, mientras chocan las manos con impaciencia, a ser redescubiertos mientras el lector está sentado bajo la sombra de algún árbol del Retiro o tumbado entre los blandos cojines de un sofá. ¡No hagan esperar a Ángel!