Willa Cather: una escritora para no olvidar

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La editorial Ménades publica el libro de relatos "El duende del jardín y otros cuentos" de Wila Cather

 

 

 

 

 

Texto: DAVID VALIENTE JIMÉNEZ

 

La memoria es caprichosa. Elige sin ton ni son a unos pocos no porque tengan unas cualidades artísticas destacables, ni porque su pluma haya hecho sentir a diferentes personas en diferentes regiones del mundo, sino que, la mayoría de las veces, es el divino azar, su compañero en la adversidad, quien elige el éxito o el fracaso de un autor. Seguramente Willa Cather tenga mucho de ese éxito en Estados Unidos, pero también debemos rendirnos a las evidencias, y la evidencia nos dice que su calidad literaria merecería haber superado su tiempo fuera de su país de origen. Gracias a la editorial Ménades, El duende del jardín y otros cuentos (1905) ha sido traducido y editado a nuestro idioma.

Willa Cather (1873-1947) nació en Back Creek Valley en el estado de Virginia. Desde su niñez mostró un talento desbordante para todas las labores en las que estuviera implicada la inteligencia y el conocimiento. Sus primeros años, tras la facultad, los invirtió como profesora de latín y griego, además de tener algunos escarceos con el periodismo: trabajó para la revista feminista Home Monthly y también como crítica de teatro para el periódico Pittsburgh Leader. Su carrera literaria comenzaría tarde, a la edad de 36 años, por lo cual decidió abandonar los anteriores trabajos mentados.

Los cuentos que componen esta edición tratan de estudiar al artista como ser que piensa y crea, como un ser sociable que en ocasiones encuentra la verdadera felicidad y el máximo placer alejado de la jauría malévola que emerge de forma díscola y altanera. Hay también espacio para la soledad y el miedo a permanecer solo eternamente. En la divisora, uno de los cuentos, el protagonista cansado de una vida enajenada por el alcohol decide romper con “el silencio y la amargura” de una forma brusca y con un acto más que deplorable: secuestra a la hija de su vecino, de la que está enamorado; prepara un matrimonio, forzando al cura a casarlos aún con la negativa de la mujer y la del santo padre. Sin duda, podemos reprocharle, amonestarle al protagonista por sus actos, lanzarle improperios de aquellos que se oyen cada vez que un futbolista comete una falta violenta, pero también sentiremos lastima por su situación, por su desesperada condición de hombre abandonado que le acosa como su sombra, le arrebata de la realidad, transformándolo en un hombre depresivamente desdichado. En gran medida, aquí reside la grandeza literaria de Willa, en hacer al bellaco un santo y al noble de corazón un Lucifer desamparado.

En Flavia y sus artistas, la divina vanidad inunda a los personajes, los paisajes, la trama, incluso las letras que componen el cuento. Cuando acabes de leerlo repetirás estas mismas palabras: “Solo recuerde que no soy uno de ellos… de los artistas, quiero decir”. Flavia es una mujer de vasta cultura que reúne en su hogar, la Casa de la Canción, a artistas e intelectuales de toda índole. Se aprecia en ellos un carácter reflexivo, nada raro en personas de su calibre, aunque la realidad deje la educación a un lado. Flavia recibe la traición de uno de sus “parientes adoptivos” más querido a través de unas declaraciones poco halagüeñas para Flavia y para “las mujeres estadounidenses avanzadas: agresivas, superficiales e hipócritas”, en un periódico.

Pero lo verdaderamente interesante del cuento es el acto que Imogen, una de las artistas invitadas por Flavia, hace. ¡Se va! Se va como alma que se lleva el diablo, cualquier lugar es mejor que ese centro de vanidad e hipocresía. Willa Cather nos muestra la auténtica profundidad artística, el puro sentimiento hacia el arte frente a la egolatría, uno de los caminos elegidos en el mundo de las artes y las ciencias. “Los de su ca­laña y él siguen siendo, junto con los encantadores de serpien­tes y los charlatanes, gente indispensable para la civilización, pero a quienes esta no reconoce; gente a quien recibimos en casa pero cuyas invitaciones no aceptamos.”

En el mundo artístico habita la vanidad, pero el mundo no se libra de un mal tal vez peor que la vanidad, la hipocresía. El funeral del escultor es el cuento que deberían hacer leer a todos los adolescentes en los colegios; muestra lo vil y rastrero de la raza humana. La acción se desarrolla en el velatorio de un escultor, cuya muerte enigmática le reencuentra con la sociedad de su infancia. Con cruda madurez, Willa dibuja unos veladores que sin duda se han ganado el infierno por su larga lengua viperina. En la casa del difunto, mientras su familia está durmiendo, delante del difunto, despotrican toda clase de improperios y falsedades sobre el finado, como si la muerte no fuera ya suficiente castigo: “Oh, como entendí ahora la silenciosa amargura de esa sonrisa que tan a menudo había visto en los labios de su maestro”, piensa Stevenson fiel alumno y amigo del maestro. La envidia a se adueña del corazón de los humanos.

También la añoranza juega un papel protagonista en los cuentos de Willa Cather, especialmente en dos: La cabaña del jardín y El concierto de Wagner. Caroline, la protagonista del primer cuento, creció en una familia de artistas con muy poco éxito; su padre, un profesor de música, desdeñaba su profesión por no considerarla lo suficiente gloriosa; aspiraba a componer grandes obras musicales que fueran tocadas en los mejores escenarios de todo el mundo occidental. Soñar es gratuito. Su hermano, un pintor venido a menos por su indolencia, sufrió un final larriano que llevó a la madre a engrosar la larga lista de lápidas funerarias del cementerio. Carolina quiso superar “toda esa pirotecnia emocional” alquilando “un pequeño estudio lejos de desgracia y empezó a dar clases”. En un tiempo “empezó a recibir contratos en New York”. Tras una vida de moderado éxito se casó con un tiburón de Wall Street y conformó una vida ordenada fuera de los escenarios, manteniendo con el arte una relación de estricta afición. Pero la vida apacible llega a su fin, al menos durante una noche, gracias a un tenor de gran popularidad, e´Esquerre, que resucita “el sueño que había desaparecido”. Duda de su vida, duda de su matrimonio. Un antiguo amor que dormía como un dragón en el castillo, comienza a despertar, a desperezarse batiendo sus alas, a probar de nuevo el fuego de sus entrañas; la gloria, el éxito y la música vuelven a llamar a su puerta. Lo mismo ocurre con Georgiana, protagonista de otro de los cuentos: un recital de música wagneriana despertará en ella su vieja ilusión por las melodías bien escritas interpretadas con un piano de teclas enceradas.

Los cuentos de Willa Carther constituyen pequeñas pinceladas de la vida que quedan grabadas en la mente; pequeños instantes, a veces tan largos como 20 años, que os transportarán a un mundo cruel e indómito que seguramente os hará repetir las palabras que Georgiana dice al final del cuento: “¡No quiero irme, Clark, no quiero irme!”