Manuel Puig, un escritor novel: La traición de Rita Hayworth:

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Primer artículo dedicado a la obra de Manuel Puig: "La traición de Rita Hayworth", la primera novela. 

 

 

 

Texto: DAVID PÉREZ VEGA

 

Este libro de Manuel Puig (General, Villegas, Argentina, 1932-Cuernavaca, México, 1990) lo leí por primera vez en junio de 2006, hace trece años. En 2006, junto con La traición de Rita Hayworth, compré también una bonita edición de Boquitas pintadas, libros de Puig reeditados por Seix Barral no hacía mucho. Por aquel entonces ya era un gran admirador de la literatura argentina y el nombre de Manuel Puig me aparecía de forma continua como un referente de la literatura de allí. De modo que me acerqué a la lectura de La traición de Rita Hayworth (1968), la primera novela que publicó Puig, con altas expectativas. La lectura me desconcertó entonces y las expectativas quedaron sin cumplir. Esto hizo que no leyera a continuación Boquitas pintadas, como tenía planeado. Sin embargo, cuando en las librerías de viejo me he ido encontrando con primeras ediciones de los libros de Manuel Puig en Seix Barral, las he ido comprando y acumulando con la intención de leerlas algún día. Hace no mucho pensé que tenía una deuda pendiente con Manuel Puig, que debería volver a él. Tenía seis de sus novelas y busqué en internet para saber cuántas había escrito. Me faltaban dos. Las compré a través de Iberlibro y cuando ya tuve las ocho ordenadas, consideré que su lectura debía ser inminente. Al principio pensé en leer las ocho seguidas y en orden cronológico, pero pronto me pareció que de ese modo me iba a cansar, así que he decidido leerlas en un periodo de dos o tres meses, intercalándolas con otros. Trece años después, empezaba La traición de Rita Hayworth con muchas menos expectativas que la primera vez. Creo que este detalle ha contribuido a que lo haya disfrutado bastante más.

La traición de Rita Hayworth está dividida en dos partes, que en total suman dieciséis capítulos. Los capítulos están precedidos con la indicación de quién habla y en qué momento; por ejemplo, el séptimo se titula «Delia, verano 1943». El lector empieza la novela con el capítulo «En casa de los padres de Mita, La Plata 1933». Son trece páginas formadas sólo por diálogos. En ellos se le informa al lector de que Mita –originaria de La Plata– se ha ido a vivir con su marido Berto al pueblo de Coronel Vallejos, ubicado en el interior de la provincia de Buenos Aires. La familia no parece tener muy buenas impresiones del pueblo ni del marido. En este primer capítulo, el lector puede entrar ya en el mundo de Manuel Puig: el gusto por el lenguaje oral, las habladurías, el chisme y la evasión de la realidad que representa el cine. El segundo capítulo, «En casa de Berto, Vallejos 1933», también está formado sólo por diálogos. En esta ocasión, Puig ha dado la voz narrativa a la sirvienta y a la niñera que trabajan en la casa de los Casals (una familia formada por Berto, el padre, Mita, la madre y Toto, el niño) en Vallejos. De esta forma tangencial, el lector descubre algunas de las intimidades de la familia. En el capítulo tres, titulado «Toto, 1939» habla el niño de la casa y principal protagonista de esta novela. Ahora Puig usa el recurso del monólogo interior para dar la voz a sus personajes. En este capítulo tres, Toto tiene seis años y sus preocupaciones son las propias de un niño de su edad, aunque –posiblemente– su discurso y sus pensamientos estén demasiado elaborados para un niño de esa edad. Sin embargo, me gusta más este capítulo que los dos anteriores. Me siento más cómodo con este discurso interior que con los diálogos. En el capítulo cuatro vuelven los diálogos, esta vez entre Mita, la madre de Toto y Choli, una amiga suya. Sin embargo, las palabras de Mita se encuentran sustraídas de la novela; sólo aparecen los guiones que precederían a sus palabras no mostradas, que podrán ser intuidas a través de las respuestas de Choli. Creo que este mismo recurso se lo he visto usar a Mario Vargas Llosa. Pero no estoy seguro de si fue en una novela como La ciudad y los perros, publicada en 1963, y por lo tanto anterior a La traición de Rita Hayworth, o en Conversación en la catedral, publicada en 1969, y por tanto después de la primera novela de Puig (1968). Curiosamente, lo he vuelto a ver en una novela muy reciente: Mandíbula de Mónica Ojeda, publicada en 2018.

Después de este cuarto capítulo, ya no se emplea más el recurso de los diálogos secos, y se da pie a distintas voces interiores. En cierto modo, reflexionando sobre por qué no me acabó de convencer la novela cuando la leí por primera vez en 2006, tengo la impresión de que, en más de una ocasión, me parecía que Puig estaba probando recursos y no acababa de decidir con cuáles de ellos quedarse. En cierto modo, la novela parece un campo de pruebas. Después, ya hacia el final del libro, los monólogos interiores dan pie a otros recursos: las páginas de un diario, el relato romántico que Toto presenta a un concurso, un anónimo calumnioso enviado al director del colegio al que acude Toto y que habla en su contra, una carta que el padre de Toto envía a su hermano en Europa… Y en cierto modo, estos nuevos recursos finales hacen que la estructura global quede más equilibrada: se ensayan recursos al principio y al final, y entre medias se sitúan los distintos monólogos interiores.

En La traición de Rita Hayworth, Puig nos habla de un pueblo del interior de Argentina llamado Coronel Vallejos, que parece un trasunto poco disimulado de su pueblo natal: General Villegas. De hecho, la novela parece contener mucho material autobiográfico, puesto que la madre del protagonista se llama Mita en la ficción y Male en la realidad, y ambas son licenciadas, algo extraño para la época. El niño (que será llamado Casals en el colegio) será durante gran parte de la novela Toto. Al niño Manuel Puig, su familia le llamaba Coco. Toto acude con su madre al cine (en la realidad Coco y su madre iban hasta cinco veces por semana al cine) y le gusta recortar las fotos de las actrices de las revistas y montar un álbum con ellas. Toto sabe que ha de tener cuidado con no hacer ruido cuando duerme la siesta su padre, figura algo lejana para él. Se relacionará con sus vecinas y con su primo Héctor, que pasará a vivir con ellos cuando su madre enferme y al final muera. Héctor parece la antítesis de Toto: un hombre de acción, que destaca jugando al fútbol, varonil y conquistador de mujeres, que no dudará en llamar «maricón» a su primo Toto, cuyo entorno (empezando por sus padres) considera que no tiene aficiones propias de varones.

En gran medida, se puede leer La traición de Rita Hayworth como si se tratase de una representación de la vida en la provincia argentina, una vida aburrida, dominada por las habladurías, el chisme y la apariencia. Los personajes de Puig son chismosos, pero la mirada del autor no se sitúa por encima de ellos. De hecho, la mirada del escritor desaparece de estas páginas; son los propios personajes los que se expresan sin cortapisas ni interpretaciones irónicas, celebrativas o de carácter social. Puig tiene un gran oído para retratar las voces que le rodean y, por tanto, el lenguaje culto con que se expresa Mita, la madre, es bastante diferente al callejero de Héctor, el sobrino adolescente.

Para evadirse de una vida alineada de provincias, los personajes que habitan en Vallejos se sirven de varias herramientas de escape: la principal, la más usada por Toto y su madre, es el cine. En muchas páginas, las situaciones vividas se comparan con las aprendidas en las pantallas, incluso una tan trágica como la de la muerte del segundo hijo de Mita y Berto, Toto la vive como si se tratase de una representación cinematográfica. Otros personajes piensan en el fútbol, como el atlético Héctor, y otros más en los folletines de la radio, los libros (hacia el final de la novela, cuando Toto sea más mayor sumará la obsesión de los libros a la del cine); o incluso la devoción religiosa o política podrían ser incluidas entre esas formas de evasión del tedio.

Más arriba comentaba que a veces tenía la sensación de que Puig está en esta novela probando recursos, y que, al no acabarse de decidir por unos en concreto, acaba usándolos todos. A veces también he tenido la impresión (y sobre todo la tuve en su primera lectura hace ya trece años) de que la trama del libro no está muy definida. Es cierto que el tiempo pasa –desde 1933 hasta 1948– y que los personajes evolucionan. Muchas veces esta evolución se muestra de modo tangencial, a través de la mirada de otros personajes sobre ellos, pero estoy convencido de que se podía haber quitado algún capítulo de la novela y ésta sería muy similar a la de ahora. Por ejemplo, el capítulo quince («Cuadernos de pensamientos de Herminia, 1948») tiene unas veinticinco páginas. En él se reflejan los pensamientos de la profesora de piano del Toto adolescente. Creo que podría ser perfectamente un relato autónomo de la novela, que podría haberse eliminado y el libro seguiría funcionando sin él; también considero que podría haber sido incluido en un volumen de relatos y que sería un gran relato.

Como en esta segunda lectura ya sabía que la trama de La traición de Rita Hayworth no avanza hacia ningún clímax narrativo, no he podido sentirme decepcionado, y la he leído disfrutando más de los detalles. Los capítulos en los que se reflejan las voces interiores de los personajes me gustan bastante más que los tres capítulos que sólo contienen diálogos. La traición de Rita Hayworth apareció en 1968 y, por tanto, casi a la vez que dos de mis lecturas favoritas de libros argentinos de 2018 (Hombre en la orilla de Miguel Briante de 1968 y La invasión de Ricardo Piglia de 1968). Y en este contexto me parece, releído ahora, un libro interesante, que no acaba de ser redondo, pero que, esta vez sí, me invita a seguir con Manuel Puig y acercarme ahora (después de la novela que he tomado entre medias) a Boquitas pintadas.