Douglas Kennedy: un noir en la convulsa Nueva York de los ochenta

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La editorial Arpa Libros publica "La sinfonía del azar", la novela del escritor norteamericano Douglas Kennedy

 

 

 

Texto: DAVID VALIENTE JIMÉNEZ

 

Es muy americano tratar las relaciones familiares en la narrativa de ficción. Es muy americano que los personajes sufran una serie de accidentes y anomalías psicológicas. Es muy americano también que en plena cena de Acción de Gracias padre e hijo comiencen a discutir sobre política y terminen, o bien, a golpes, o bien con uno de los dos, seguramente el hijo, agarrando la cazadora y a su pareja (si la tuviera) y marchándose a cualquier bar de carretera para emborracharse y olvidar lo desgraciado que es su padre. En este sentido, es muy americana la última novela de Douglas Kennedy, La sinfonía del Azar, publicada por la editorial Arpa.

Y no podría ser de otra manera. Douglas Kennedy, nacido el 1 de enero de 1955, en New York, vive y desarrolla su carrera de forma parecida a Hemingway, salvo por las aficiones extremas y los periplos de Corresponsal de Guerra. Estudió la carrera de Historia en Bowdoin Collge y durante un año en Trinity Collage de Dublín. A parte de escribir novelas, su carrera también ha estado centrada en el teatro y el periodismo, trabajando para revistas de gran prestigio como Esquire, The Sunday Times o The Listener, entre otras. Su primera novela, publicada en 1988, titulada Más allá de las pirámides, narra sus impresiones sobre el país de Ra.

“Siempre tuve claro que no iba a escribir un relato histórico, sino que iba a mantener la trama en un terreno profundamente familiar y personal”, escribe Kennedy en el prefacio de La sinfonía del azar. La novela está ambientada en la Nueva York de finales de la década de los setenta y los primeros años ochenta. Son años difíciles tanto a nivel nacional como internacional:  en Chile se produce el golpe de estado de Pinochet que costó la vida a muchos opositores, los ecos de la guerra de Vietnam están muy presentes, el regreso de los soldados ha dejado patente el drama humano que ha significado ese enorme y sin sentido alguno esfuerzo bélico que potenció la postura intervencionista y canalla de los Estados Unidos que continúa hasta hoy; en Irlanda del Norte el conflicto entre protestantes y católicos, británticos y unionistas irlandeses se recrudece por momentos y escenifica una  nueva manera de entender la guerra civil. El conservador Reagan se hace con la presidente en un Estados Unidos que ha sido escenario de las movilizaciones antibelicistas, del movimiento hippy, del underground newyorquino y de la lucha de la comunidad negra por sus derechos, comunidad oprimida que vivía en un auténtico apartheid social -se les impedía entrar en ciertos restaurantes, se les obligaba a sentarse en la parte trasera de los autobuses, se les negaba el acceso a las universidades...- . Con todo esto como escenario de fondo, resulta difícil que la historia no se adueñe de la trama y convierta a los personajes en meros estereotipos de la época. Pero no, Kennedy logra que los personajes superen aquello que se espera de ellos por las circunstancias e impriman su propia personalidad. Personalidad que marca las relaciones con el mundo cercano que les rodea y con el mundo exógeno con el cual también mantendrán una comunicación directa.

La novela comienza con un gran secreto que Adam confiesa a Alice dentro del penal. El misterio no se resolverá hasta el final de la novela, pero durante la misma, muchos nudos y cabos sueltos serán develados: ¿Qué pasó con la amiga “tortillera”, “gordita” y “judía”, que tras ser acosada sexualmente desaparece, dejando como única prueba de que estuvo viva su mochila? ¿Por qué la mentira del profesor Hancock? ¿Quién escribió el trabajo? ¿Qué hace su padre en Chile? Mientras estos secretos enriquecen la obra dotándola de suspense, Alice transita por una relación familiar complicada: el padre, un católico irlandés, de tendencias conservadoras, con cierto corte racista, se encuentra a años luz de la forma de pensar de Alice y de su hermano Peter, un truhan de primera que quebranta definitivamente la maltrecha estabilidad familiar. Asimismo, su hermano Adam y su madre contribuyen a que los líos familiares se suscriban a una futura hecatombe. La tentativa de llamar nuestra atención respecto al conflicto cultural originado en la distancia generacional y política, los continuos desencuentros y la nula intención de ambas partes de entablar un diálogo sincero que los remita a una aquiescencia mutua, empujan a una crisis de existencia que produce en los personajes distancias insalvables y obturaciones en la sensibilidad del lector.

Para mí, el valor esencial de la novela no es otro que su interés sociológico; el autor analiza las relaciones entre los padres y los hijos, las disecciona a través de escenas realistas narradas con cadencia continua que se engrandece con una versatilidad literaria capaz de competir con algunos de los grandes autores de la novela americana. Kennedy no escribe su trama por el mero acto lúdico, detrás hay una clara intención de comprender las relaciones familiares desde la experiencia personal porque “pese a la cercanía y omnipresencia de los padres en tu vida, siguen siendo territorios desconocidos, con reinos a los que tienes la entrada totalmente velada”.

Y el texto llega al paroxismo de la excelencia al narrar la acción en primera persona, a través de los ojos, la piel y los sesos de una mujer, cual Tiresias tras haber golpeado con su bastón a la serpiente hembra. No importa si el autor consigue imitar a la perfección el alma de la mujer, ya que cualquier persona, hombre o mujer, sentirá una conexión sensorial con Alice. La narradora entra de lleno en la trama, observa, comenta, recalca, analiza las acciones con la intención de explicar si la complejidad del ser humano tiene vínculos directos con la indestructibilidad de la estructura familiar.

Seguramente pasaréis muy buen rato leyendo La sinfonía del azar debido a su tendencia al diálogo corto y sus descripciones someras. Sacaréis conclusiones sobre la sociedad estadounidense y por qué esta es cómo es, sobre el emporio económico que los Estados Unidos desarrolló durante la Guerra Fría, sobre los deslices intencionados de la prensa amarillista que compite contra la agonizante prensa seria y documentada. Junto a Alice, Kennedy divaga sobre lo fluctuante y desolador que a veces puede llegar a ser la vida, develándonos al final una gran verdad sobre las relaciones familiares: “Todo el mundo, a su manera, miente. Todo el mundo tiene secretos. La transparencia es un mito, un cuento de hadas.”