Manuel Puig, un affair en Buenos Aires

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David Pérez Vega sigue su lectura de las novelas de Manuel Puig y recupera Buenos aires affaire

 

 

 

Texto: DAVID PÉREZ VEGA

 

Tras considerar que mi plan de leer seguidas las ocho novelas de Manuel Puig (General Villegas, Argentina, 1932-Cuernavaca México, 1990) podía resultar excesivo, las he estado alternando con otros libros. Aun así, mantengo el orden cronológico: después de leer La traición de Rita Hayworth (1968) y Boquitas pintadas (1969), me he acercado a la tercera novela de Puig, publicada en la editorial Sudamericana en 1973. The Buenos Aires affair fue censurada en Argentina y llevó a Puig al exilio en México. La dictadura de Juan C. Onganía acusó a Puig de antiperonista y de escribir «obscenidades inadmisibles». Cuando decidí seriamente leer a Puig tenía seis de sus ocho novelas. Consideré que lo más sensato sería hacerme primero con todas. Así que The Buenos Aires affair ha sido una de mis últimas adquisiciones. La compré por Iberlibro a una librería de segunda mano de Sevilla. The Buenos Aires affair se abre con un recurso puramente Puig: cada capítulo empieza reproduciendo el diálogo de una película del Hollywood dorado, protagonizada por alguna de aquellas actrices glamurosas que Puig tanto admiraba, Greta Garbo, Joan Crawford, Marlene Dietrich... En esta tercera novela ya no aparece Coronel Vallejos, un trasunto del General Villegas natal de Puig, donde transcurre casi toda la acción de La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas. La acción de The Buenos Aires affair se reparte entre el pueblo costero de Playa Blanca, Buenos Aires, California y Nueva York.

En el primer capítulo, situado en «Playa Blanca, 21 de mayo de 1969», Clara, declamadora y poeta, descubre que durante la noche ha desaparecido su hija de treinta y cinco años Gladys, a la que cuidaba en una casa prestada de Playa Blanca para que se recuperase de sus problemas de nervios y angustias, un estado vital al que había llegado durante su estancia en Estados Unidos.

Al título The Buenos Aires affair le acompaña, en las páginas interiores, la apostilla Novela policial. La trama de Boquitas pintadas ya era ligeramente policial, quizás de un modo irónico y transversal, y lo mismo ocurre con The Buenos Aires affair. Es cierto que en las dos novelas nos encontramos con atestados policiales y algún muerto, pero desde luego no con una novela policial al uso. Hay crímenes, pero no investigadores; hay policías, pero aparecen de forma tangente en The Buenos Aires affair, como ya ocurría en Boquitas pintadas.

The Buenos Aires affair comienza con un misterio: Gladys, tal vez una figura del arte plástico, ha desaparecido en una casa de la playa y alguien, tras dormirla con cloroformo, tal vez la ha maniatado en un departamento de Buenos Aires. A partir de aquí, Puig nos contará el pasado de los dos personajes principales: primero el de Gladys y luego el de Leo, que acabarán encontrándose para mantener un torturado idilio.

Puig nos cuenta el pasado primero de Gladys y después de Leo desde su nacimiento. En este sentido, si quitamos el detalle de abrir los capítulos con los diálogos de las divas del cine, me ha parecido que la narrativa de Puig era más tradicional en esta tercera novela que en las dos anteriores. Ahora es Puig quien cuenta sin ceder la voz narrativa a sus personajes mediante flujos de conciencia, cartas, diálogos… ¿Y cómo es la voz narrativa de Puig? Me ha parecido muy contenida, como si estuviera describiendo escenas cinematográficas, en cuya composición cobra la misma importancia cómo está decorada una habitación o el hecho de que sobre la cama se encuentre una mujer maniatada. Puig es explícito con el sexo y la violencia, a menudo entrelazados con lo grotesco, algo que escandalizará a parte de la sociedad argentina de la época y que, como ya he apuntado al principio, hizo que este libro fuese censurado y que (supuestamente) la policía política llamara a casa de sus padres para invitarle a abandonar el país. El tratamiento explícito del sexo, la violencia y lo grotesco me ha hecho pensar, por ejemplo, en la novela El cojo y el loco de Jaime Bayly. Descubro ahora que un escritor como Bayly ha tenido que leer con fruición la obra de Puig, tan original, y ha aprendido de él más de uno de los recursos narrativos que usa.

En el capítulo V, Puig deja la narración en tercera persona para volver a emplear recursos ya probados en Boquitas pintadas. La escena descrita aquí transcurre en la oficina de un departamento de policía y se transcriben las respuestas que da un policía a una mujer que quiere denunciar un supuesto crimen. La voz de la mujer (igual que ya ocurría en algún diálogo de las dos novelas anteriores de Puig) no se encuentra en el texto y el lector debe imaginarla a partir de las respuestas del policía.

En la página 105, para explicar cómo ha conocido Gladys a Leo, se vuelve a emplear un recurso bastante imaginativo. Así lo anota Puig en la novela: «Entrevista que una reportera de la revista neoyorquina de modas Harper´s Bazaar hizo a Gladys, según imaginación de esta última mientras reposaba junto a Leo dormido», y se da paso a los diálogos que parecen anotados como en un texto teatral. De hecho, cuando se introducen estas partes dialogadas del libro, las anotaciones son las propias de un libreto teatral. Así, por ejemplo, cuando en la página 151 se va a transcribir una nueva llamada telefónica a la oficina de policía, se advierte con esta frase: «La oficina del departamento de Policía ya descrita», anotación que además de teatral también podría ser de un guión de cine.

El capítulo XIII, capítulo que contiene una de las escenas más intensas del libro, escena que se insinúa, se elude y a la que se vuelve varias veces, Puig lo escribe usando un nuevo recurso que me ha resultado tan novedoso y original como irritante. La escena real se describe con cursivas de forma breve y desapasionada. Por ejemplo: «Sensaciones experimentadas por Leo, al notar que también María Esther mira en dirección del lugar ya señalado», y entonces se pasa a contar otra historia con un vago parecido sensorial con la escena real propuesta en la novela. Esto me acabó por desconcertar un tanto.

Otro recurso original y curioso se abre paso en la página 162. Aquí leemos: «A continuación se enumeran las principales acciones imaginarias de Leo durante su insomnio», y se empiezan a describir escenas que parecen escritas por el Mario Levrero más desatado. De hecho, igual que he pensado que Manuel Puig ha influido en un escritor tan pop y provocativo (al menos en sus primeros libros) como Jaime Bayly, también me ha parecido que Mario Levrero lo leyó con interés. El gusto por los policías paródicos de Levrero me parece influido en gran parte por novelas como Boquitas pintadas o The Buenos Aires affair. Igual que estas escenas oníricas de sexo torturado, que Puig coloca en la imaginación de su personaje Leo.

Otros recursos en los que las personas emplean el lenguaje al estilo de Boquitas pintadas son: páginas de un periódico, un atestado policial, una autopsia, conversaciones con el psicólogo. Curiosamente existen unas cartas que un personaje envía a otro, pero Puig no las muestra en esta tercera novela (algo fundamental en la composición de las dos anteriores).

Creo que cada novela que leo de Manuel Puig me gusta más, aunque también es cierto que las páginas de The Buenos Aires affair que más he disfrutado son aquellas en las que el escritor narra en tercera persona y, por tanto, son más tradicionales que las otras, en las que experimenta con diversos recursos. Tengo curiosidad por leer El beso de la mujer araña, que es la siguiente novela que me toca de él (si sigo con el orden cronológico), y que la mayoría de los críticos consideran su obra maestra.