El Premio Planeta: the show must go on

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Hoy se celebra el Premio Planeta. Ayer se celebró la rueda de prensa habitual previa a la ceremonia.

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

Hoy no era un día como los demás. Al colapso de algunas calles, preludio de las protestas y de los cortes que iban a tener lugar a lo largo de la tarde, se unía un sentimiento de derrota. Hoy no era un buen día para nadie, independientemente de las opciones políticas de cada cual, y esta atmósfera de derrota colectiva, de desazón e incredibilidad ante el nuevo escenario que se acaba de abrir tras la sentencia del Tribunal Supremo lo invadía todo. A pesar de todo, haciendo propio el título de la canción, todo sigue igual por lo que se refiere al Premio Planeta. The show must go on dice el lema y así lo entiende la editorial, que este año cumple setenta años y que no ha dudado en seguir con la tradición y celebrar la rueda de prensa y la comida habitual previas a la noche de entrega del galardón, cuya dotación lo hace destacar por encima de cualquier otro premio del sector. Como cada año, periodistas provenientes de todo el Estado ocupaban una de las salas del antiguo Hospital San Pau, donde José Creuheras, acompañado por el jurado y por Jesús Badenes, presentaba los manuscritos finalistas al Premio Planeta y hacía un breve resumen sobre la salud del mundo editorial y del libro.

“Vivimos en una democracia”, contestó Creuheras en cuanto se le preguntó sobre la sentencia, “máximo respeto a las decisiones judiciales”, puntualizó con énfasis para, después, añadir solamente que, “puesto que las condiciones no han cambiado”, la sede fiscal del Grupo Planeta seguiría en Madrid. Dicho esto, Creuheras quiso alejarse de la actualidad política, que todos los presentes seguían a través de sus móviles, para centrar su discurso en el libro y reafirmar, como ya hiciera el año pasado, que según las estadísticas en casa de cada español hay dos premios Planeta. Las estadísticas, bien lo sabemos, las carga el diablo, pero poco importa si lo que se pretende es hacer una alabanza a un premio que ya ha perdido por completo el adjetivo “literario”. Y es que, como señalaría posteriormente Eslava Galán, uno de los miembros del jurado, la presencia entre los finalistas de thrillers y policiacos no responde a otra cosa que a la voluntad de sus autores de inscribirse en los géneros de moda, de ofrecer al público lo que desea. Lejos quedan ya aquellos editores que trataban de ofrecer a los lectores libros que éstos nunca hubieran esperado y aquellos escritores que, aún escribiendo siempre el mismo libro, se mantenían fieles a su concepción y a su universo literario, ajenos a modas y presiones comerciales.

Si bien es cierto que poco o nada se puede discutir a Creuheras cuando dice que la lectura y, consecuentemente, la cultura debería ser una cuestión de estado, la pregunta que, una vez más, se plantea es por qué no se considera que tanto importa que se lea cuanto aquello que se lee. La pregunta se hace particularmente acuciante cuando Jesús Badenes se congratula que gracias a los libros de los youtubers se ha llegado a nuevos lectores. ¿Qué lectores estamos formando? Ninguno. Como mucho se están consiguiendo nuevos compradores, que es, al final, lo que verdaderamente se busca. Prueba de ello es el acuerdo del Grupo Planeta con Netflix para editar libros relacionados con las series de más éxito. ¡Si no teníamos suficiente con las dos temporadas de Élite, ahora amenazan también con un libro! En este contexto, no era de extrañar que los manuscritos presentados abrazaran el género policiaco agrandando aún más si cabe una burbuja que parece resistirse a explotar.

Este año el número de manuscritos presentados es inferior al del año pasado, algo a lo que Eslava Galán no da particular importancia, sosteniendo que es simplemente consecuencia de la lentitud de los escritores a la hora de redactar sus obras. Aunque se hayan recibido en torno a cien manuscritos menos con respecto al 2018 (este año se han recibido 564), lo cierto es que el Premio Planeta sigue despertando un gran interés en muchos “autores anónimos” a los que Creuheras agradeció su participación. Un agradecimiento bien merecido si se tiene en cuenta que participan sabiendo o debiendo saber que la victoria no es para ellos, pues la decisión del ganador está tomada de antemano por mucho que Eslava Galán insista en que el jurado tomará su decisión esta noche a lo largo de la cena. Así que tachados los finalistas con nombre propio y puesto el acento solo en los textos firmados con pseudónimos nos encontramos con un ex delincuente reconvertido en un mosso d’esquadra que ha tenido un papel heroico en los atentados yihadistas de Cambrils 2017 (Cristales rotos), con una familia en pie de guerra por la herencia de su tío Bobby (La familia es una guerra entre guerrillas), con un marino de la Costa da Morte involucrado en una oscura trama con un narcotraficante (La rosa de Jericó), con un niño secuestrado por las FARC ( 5749 días), con un hombre de mediana edad atormentado (Tal como éramos) o con una famosa escritora desaparecida de quien únicamente se encuentra su diario (El diario de Shara Clayton). Entre tanta originalidad, destacan los pseudónimos de Mercedes Gallagher y de Viveca Lindfors: la primera fue una escritora peruana cuyo bisnieto no es otro que Jaime Bayle, sobre el cual recayeron unas sospechas que no tardaron en ser desmentidas, y la segunda fue una actriz sueca a la que apenas nadie conocía.

A diferencia de otros años, durante la comida las apuestas, algunas delirantes y otras absurdamente verosímiles, fueron casi inexistentes y es que la noticia estaba, desgraciadamente, en otro lado. Hoy por la noche se anunciará el ganador y el finalista, descubriremos sus nombres. La experiencia nos lleva a pensar que pocas sorpresas habrá, que la lógica comercial que ha definido las últimas ediciones se repetirá, pero, quien sabe, siempre puede haber sorpresas. Incluso de las gordas.