Una joven poeta ante Maquiavelo

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Loreto Sesma, poeta e influencer

 

 

 

 

Texto: ANTÓN CASTRO  Foto: ASÍS G. AYERBE

 

Loreto Sesma (Zaragoza, 1996) no va de nada. E incluso parece desconfiar del éxito y de sus cifras. No se siente influencer, pero tiene 69.700 seguidores en Instagram y 181.000 en YouTube, donde acumula más de 24 millones de visualizaciones, que a veces le dan vértigo. Es, esencialmente, poeta, pero también es periodista (cubrió el juicio de “La Manada”), y ahora ha dado un salto: en diálogo con Maquiavelo ha escrito su propia versión de El Príncipe, en La Princesa (Espasa). Le otorga un lugar en el mundo a la mujer y, en cierto modo, se cuenta a sí misma, a su madre, a su abuela y a tantas y tantas mujeres que dejan de ser anónimas y escriben la historia desde el amor, desde el parto, desde la búsqueda y desde los sueños. Todo tiene un origen. Loreto Sesma vivía en una casa especial en las afueras de Zaragoza, en el barrio de Movera. Allí se sentía rica por un motivo esencial: sus padres y su hermano tenían toda una planta de libros. A la madre le apasiona la novela negra; al hermano, la histórica; al padre, los libros de Stephen King. “Creo que no había ni un solo libro de poesía”. Y ella, con 10 años o un poco más, estaba bajo el influjo del mundo de los vampiros y el terror gótico. Dos detalles: cuando tenía 10 años, en el Monte Igueldo, en San Sebastián, fue a visitar con sus padres a su hermano, estudiante de ingeniería, y escribió su primer poema.

En un manual de lengua y literatura, descubrió las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Un día le dijo a su madre que tenía que comprarle la edición completa. Dicho y hecho. Su madre, emocionada, le contó que su abuela se sabía poemas enteros de Bécquer. Había caído la noche, alzó los ojos y miró una estrella; quiso creer que su abuela, a la que jamás conoció, debía andar por allí, y le habló por primera vez. Le pide consejo, “como si estuviéramos conectadas”. Escucha su silencio y le declara su admiración, que refuerza la idea de que ella la tutela y la protege desde el lienzo del cielo. A Bécquer lo sustituyeron otros: Mario Benedetti, en primer lugar, “porque emplea un lenguaje sencillo y accesible que te permite expresar sentimientos complejos”, y después Pablo Neruda, Luis Alberto de Cuenca, más tarde Ángel González y Luis García Montero. Un día decidió grabarse los poemas y colgarlos en la Red. El éxito fue inmediato y fueron apareciendo sus libros: Naufragio en la 338 (Lapsue Calami), 317 kilómetros y dos salidas de emergencia (Espasa) y Amor revólver (Espasa). Cuando se cerraba la convocatoria del Premio Ciudad de Melilla, presentó su libro Alzar el duelo, obtuvo el galardón y se publicó en Visor en 2018. “Soy una escritora realista a la que le gusta, como hacen los poetas de la experiencia, contar y reflexionar sobre la rutina, sobre las pequeñas cosas de cada día. El libro está inspirado en la muerte de un familiar. No es la pérdida de un amor, aunque cruza el amor por sus páginas. Alzar el duelo nace también de mi interés por la psiquiatría y la psicología; de hecho, está estructurado sobre las cinco fases del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación”. La pasión, como ella dice, asoma en muchas ocasiones, tantas como la evocación, la melancolía, el dolor o la impresión de pérdida y de extravío existencial.

Se le cruzó en su camino La Princesa, que ha tenido tres primeros lectores: Belén Bermejo, su editora de Espasa, la poeta Irene G Punto y el editor Chus Visor. “He seguido y sigo escribiendo poemas. Soy minuciosa y obsesiva. Cuando cierro un libro, empieza otro proceso: la depuración, mi propia edición. Esta labor de corrección última de un libro me apasiona. Cada vez soy más exigente y ya no publicaría, ni loca, cosas que publiqué con 17 o 18 años. Guardo registros de mi intimidad que creo que no publicaré jamás”. En La Princesa, sin pedir disculpas ni resultar airada, sino más bien de una candorosa sinceridad, dice que se ha enfrentado a los consejos de Maquiavelo, “conciliando con algunos de ellos y escupiendo de rabia con otros, consiguiendo, sin embargo, situarme en una perspectiva que me permitía esquivar todos los obstáculos de tiempo, escena y época, para mirarnos directamente a los ojos”. Se manifiesta a favor de “un feminismo de la luz”, es muy crítica con el feminismo unidireccional y excluyente. “Hay que dejar que cada mujer sea libre también con su individualidad”. Ella, Loreto Sesma, lo hace a diario sin temor alguno a ser demasiado joven.