Los cerdos se dedican al negocio inmobiliario

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Sergio Vera subvierte el cuento de Los tres cerditos y resulta mucho mejor

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

 

Sólo hay que ver un informativo de televisión cinco minutos o conectarse a Twitter para ver que la realidad no es otra cosa que un relato, una imagen sacada de contexto, dos frases que cuentan una historia de blancos y negros, un cuento tan tramposo como la fábula más cuentista. La lectura de Quién pilló al bobo feroz es divertida y funciona muy bien como cuento cañero para chavales en la era de Netflix, pero es también un texto de una agudeza asombrosa sobre la manera en que se construyen los relatos, los cuentos, los bulos o los discursos políticos. Sergio Vera es pedagogo y trabaja con ahínco en la animación a la lectura, no sólo en el colegio de Cuenca donde tiene su plaza, sino a todas las horas del día y de la noche. Es el creador del festival de novela policiaca Casas Ahorcadas y una de las personas con más vista a la hora de hablar de libros del mundo mundial.

No se dejen engañar por el título ligero, porque esta es una lectura con mucho grosor. La acción de Quién pilló al bobo feroz (editorial Caudal) se sitúa en Cuentown, una ciudad que termina en el Puente del Desenlace, donde se paga en perdices y en la que manda un mafioso extorsionador llamado Chorizo Ibérico. Los tres cerditos no son cómo nos lo contaba la fábula clásica: los tres hijos de Ibérico, nos lo dice el autor, “son unos marranos”, matones, fanfarrones y explotadores. Se dedican al negocio inmobiliario y en el arranque de la historia van a visitar a un lobo gris que les tiene alquilada una de sus chozas a precio estratosférico. Al pobre lobo, pacífico y bonachón, Jamón Ibérico, Morcilla y Chuleta lo amenazan cruelmente con convertirlo en alfombra de pelo para su despacho en el banco si no les paga las 3.000 perdices de alquiler que adeuda.

Y ahí arranca la peripecia de Quentin Pulp, un lobo inofensivo que no se resigna a que los lobos sean falsamente acusados de ser los malos del cuento, cuando en realidad, no se meten con nadie ni tienen esa maldad marrullera de los cerdos de pata negra. En Cuentown conoceremos a ese policía pintoresco que es Gatillo Márquez o a la rata tacaña (o solo aparentemente) tras la barra del bar que, con ese agudísimo sentido del humor del autor, se llama Hammelin aunque no atraiga a nadie porque está siempre vacío y es un negocio ruinoso. También veremos a Calleja, editor con mucho cuento de una exitosa revista de relatos, que exige a sus colaboradores cuentos donde haya buenos muy buenos y malos muy malos, y que tengan final feliz. Si uno lo piensa un poco, la editorial de Calleja que pinta Sergio Vera difiere poco de la mayoría de editoriales actuales. Quentin Pulp se gana malamente la vida, como cualquier periodista freelance, pero es un romántico incurable y no se resigna: “El maestro Roal Dahl me enseñó que un buen narrador debe ser fiel a la historia. Y diga lo que diga Disnews, en la mayoría de las historias no hay personajes ni buenos ni malos, ni negros ni blancos. Sólo grises. Grises de muchas tonalidades”.

Veremos a Quentin Pulp tratando de conseguir el dinero que debe a los puercos mafiosos sin traicionar su manera honesta de escribir historias ni hacer el juego a los que quieren hacer aparecer a los lobos como los malos para enmascarar su propia mezquindad. Divertida, original y muy ingeniosa, esta fábula de Sergio Vera es un mordisco de primera. Resulta un tópico burdo y gastado decir que un libro puede ser leído de los 10 a los cien años, pero justamente este es un caso excepcional que cumple esa promesa aparentemente imposible: funciona en varias capas de lectura y cada cual puede penetrar tanto como quiera. Puede leerse sólo como las aventuras de un pobre lobo azuzado por tres cerdos abusones en una ciudad de cuento. Pero también masticar cada una de las reflexiones sobre el arte de contar y de inventar, con ese Pinocho que no puede mentir o ese pastor incapaz de entender el cuento de la lechera, enamorado de una Heidi que nunca le corresponderá. Una narración de alto nivel que merecería tener un muy largo recorrido.