Libros para un literario día de los difuntos

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La muerte ha sido protagonista de innumerables obras a lo largo de la historia de la literatura

 

 

 

Texto: DAVID VALIENTE

 

Hoy día de los muertos, fecha señalada del calendario en la que la religión y la superstición se entremezclan, en la que tradición y novedad se dan la mano, en la que las coronas de flores conviven con los disfraces. Es el día en el que algunos recuerdan a quienes ya no están con nosotros y en el que otros festejan el mito del muerto que regresa al mundo de los vivos. Muchas de las tradiciones de aquí perviven a través de los mayores, mientras que los más pequeños abrazan Halloween, exportado, como casi todo, de Estados Unidos. Por una razón u otra, no son pocos los que esperan con ansias este día. En México se tiene como fiesta grande, como un carnaval espectral en el que el tequila es uno de los invitados de honor. Tantas formas hay de recordar a los difuntos como muertos en las tumbas, pero desde Librújula les proponemos una manera que no dejará indiferente ni a las almas del purgatorio: la lectura. Qué maravilloso disfrutar de algunos buenos libros que imaginaron ese más allá a todos desconocidos y con aquellos escritores que dieron forma y entelequia a lo desconocido.

Comencemos con un romántico español rezagado y sus Leyendas tan exquisitas como tétricas. Seguramente, ustedes han leído “El monte de las ánimas”, “Los ojos verdes” o “Maese Pérez, el organista” una noche de tormenta bajo la titilante luz del alógeno que vuestros padres rescataron del altillo esa misma mañana. Gustavo Adolfo Bécquer, el autor, hace las veces de cronista, de trovador recién llegado a la corte y, con una técnica particular, rescata de la tradición popular aquellas leyendas que se transmitían oralmente, de generación en generación. Conocerán el lado romántico de la muerte en las bellas manos de una muchacha de ojos verdes, caminarán melancólicos entre arcos y torres derruidos, oyendo como en los densos bosques una manada de lobos se prepara para el festín.

Para aquellos que deseen continuar por la senda del XIX, pero quieran salir de España y adentrarse en las sombras de otros países, la recopilación de historias que Siruela hace de algunos autores franceses en Morir de miedo (edición de Mauro Armiño) les transportará al anochecer de otros tiempos, cuando el terror era más benigno, si lo comparamos con el canon actual, pero que las personas lo disfrutaban con mayor atención. Si el estilo francés les resulta demasiado lírico, Bram Stoker y su clásico Drácula podrían ser un sustito encomiable. Además su estilo epistolar dota al texto de un ambiente más tétrico y oscuro.

¿Qué tan fina es la línea divisoria entre nuestro mundo y el mundo de los difuntos? ¿Cuáles son los caminos, ríos y montículos que conectan la geografía humana de la vasta e inalienable llanura de la orbis alia? Si desean explorar esos lares sin perder de vista la costa telúrica, la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo, puede ser una elección acertada. Pedro Páramo es un texto breve con una jerga cercana. Dentro de sus páginas, los muertos y los vivos mantienen intensas conexiones personales, instantáneas; los difuntos se confunden con los vivos, juegan a distraernos, se burlan de nuestra credulidad y utilizan este divertimento como si de una venganza personal se tratase. Hay un espacio nítido para el recuerdo: para el recuerdo del vivo y del muerto, pues ¿quiénes somos nosotros para afirmar que nuestros difuntos han perdido la facultad de recordar?

La obra no tan conocida de Carlos Fuentes, Aura, tiene mucho que decir sobre los recuerdos. El recuerdo puede llegar a ser tan fuerte que incluso confunde nuestra personalidad, recubriéndola de una visión moribunda y antigua. No obstante, lo bello de Aura reside en esa capacidad de apoderamiento, cada vez menos experimentada, que los recuerdos llegan a desarrollar, cuando estos son tan arrolladores e intensos como un amor de verano. ¿Quién puede separa la vida del joven historiador Felipe Montero y la del general Llorente?

Pero el Día de los Muertos evoca en muchos aquellos momentos personales y trágicos en los que la persona querida abandonó la cárcel del cuerpo, que predicaba Platón, y se aventuró en un viaje infinito. Desconsolados nos quedamos los que aún disfrutamos de carne, huesos y espíritu, adentrándonos en un proceso de duelo que, dependiendo de la fortaleza personal, puede durar meses o incluso años y, en los casos insalvables, toda la vida. Sobre este tema los cuentos de Eduardo Ruíz Sosa recopilados con el título de Cuantos de los tuyos han muerto muestran una realidad humana poco valorada por “los gurús modernos” que en su ceguera no son capaces de entender que el cambio lleva su tiempo. En este libro podrán encontrar el espacio, el tiempo y la comprensión necesaria. Para las personas para las que leer un libro y no haber visto la película es un sacrilegio, El resplandor de Stephen King evitará que cometan un pecado del que luego puedan arrepentirse. Además el jueves se estrenó una secuela: Doctor Sueño.

Quizás estas lecturas, propuestas hasta el momento, estén lejos de sus intereses porque quieran conocer el mundo de los muertos según la perspectiva de la historia o simplemente prefieran adentrarse en un mundo esotérico que les enseñe fórmulas y secretos íntimos de la muerte. Hay solución. El libro Tibetano de los Muertos y el Libro de los Muertos egipcio les transportaran a épocas donde la muerte era tomada muy en serio y los vivos preparaban sus vidas para el futuro viaje, el definitivo, mediante fórmulas, rituales y demás caprichos del guión.

Finalmente, reservamos el librazo como guinda del pastel; una obra que por desgracia es muy poco conocida por los lectores, aunque cada uno de los ejemplares editados merecen estar expuestos en las vitrinas de los museos. La obra en cuestión es Manuscrito escrito en Zaragoza de Jan Potocki publicada en 1805. Obra soberbia, donde las haya, que recoge el periplo de Alfonso van Worden por Sierra Morena. Por el camino se topará con todo tipo de seres fantásticos como duendes, demonios, fantasmas, y con otros exotismos venerados por el romanticismo. Se publicó una segunda parte en 1813, dos años antes de que Jan Potocki se quitara la vida. Si bien es cierto que la segunda parte mantiene el estilo novecentista tan propio de este grupo entusiasta por la muerte, los mundos fantásticos dejan paso a las cuestiones más humanas.