Margarita Leoz: “Es gozoso ver en las mesas de novedades a todas esas escritoras olvidadas y recuperadas en nuevas ediciones”

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Tras publicar en 2012 Segunda Residencia, Margarita Leoz regresa con otro libro de relatos, Flores fuera de estación (Seix Barral). En estos relatos indaga en una cotidianidad que en su "normalidad" se vuelve perturbadora. Como en su anterior libros, nos encontramos con personajes muchas veces fuera de lugar, seres que se enfrentan a las contradicciones propias de una existencia cuya hondura se manifiesta en gestos, momentos y relaciones del día a día. 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: JAVIER CAMPOS

 

Han pasado 7 años desde que, en 2012, publicaras tu primer libro de relatos, Segunda residencia, mucho tiempo para el ritmo que la industria editorial impone.

El ritmo de la industria editorial no corresponde con el ritmo de la escritura, que es el que debería prevalecer. Pero sí, es cierto, han pasado años, años de tanteos, de búsqueda, de escritura sumergida, de ensayo y error. Cuando terminé Segunda residencia, no tenía un proyecto claro de escritura, había acabado exhausta, con la sensación de haberlo dicho todo y me costó encarar de nuevo la escritura. Buscaba escribir algo diferente, necesitaba que lo siguiente fuera un reto, no quería repetir el mismo libro de cuentos, y entonces llegué a esta estructura de relato largo, en torno a las cuarenta o cincuenta páginas, que son los cuentos de Flores fuera de estación, y comprobé que, aunque seguía moviéndome en el ámbito de la narración breve, estaba haciendo algo distinto. No me interesa publicar mucho, no tengo esa prisa; sí quiero que lo que publique sea digno, sea bueno.

En Flores fuera de estación volvemos a encontrar algunos elementos de Segunda residencia -personajes que son antihéroes, una cotidianidad perturbadora, relatos construidos en torno a lo que no se ve, a lo que queda fuera de plano…- ¿Qué relación estableces entre estos dos libros?

Veo una evolución en mi escritura, pero existe un sustrato común en mis libros, unos puntos de referencia compartidos, unos motivos literarios afines tanto con mi primer libro, El telar de Penélope, como con los relatos de Segunda residencia. La principal diferencia con los relatos de Segunda residencia es la extensión: las historias de Flores fuera de estación rozan las cincuenta páginas, son relatos largos, cercanos casi a la extensión de una novela corta, lo que permite unas tramas más desarrolladas, más desplegadas, subtramas, una profundización en la psicología de los personajes, vueltas al pasado. El conflicto deja de ser, quizás, tan nuclear; la tensión, si bien no se pierde, se dilata. Y en algunos casos esta amplitud permite también que el tiempo narrativo se estire (pueden transcurrir semanas, meses, incluso años). Pero estos cuentos siguen poseyendo las características que, para mí, son propias del género: la intensidad, el papel activo del lector, el aura de misterio, el hecho de que nada debería sobrar (esa noción nuclear) o el poso que debe generar en el lector cuando lo termina. Los temas (el amor, la muerte, el paso del tiempo, la fugacidad de lo vivido, etc.) son también una constante entre el libro anterior y este y también esos personajes antihéroes, la importancia de las casas y los objetos, la desfamiliarización o el extrañamiento, las atmósferas inquietantes o el gusto por el detalle y la sugerencia.

El título del libro corresponde al título del último de los relatos, pero, al mismo tiempo, podría decirse que describe en cierta a manera a muchos de tus personajes: personas fuera de lugar o que no encuentran su lugar, es decir, flores fuera de su estación.

El título surge de una frase del último de los relatos, en la que se compara un día casi veraniego a finales de noviembre, en el incipiente invierno, con una flor que brota a contratiempo; algo sencillo, bello, delicado, pero también inusual, inesperado, osado por presentarse a deshoras y sorprender así al observador, al lector. Algunos de los personajes se comportan, efectivamente, de esa manera. Pero en ese cuento en concreto, las flores fuera de estación son los padres del protagonista, ese amor absoluto, sin fisuras, que los une, y que nada puede perturbar, ni la enfermedad, ni la proximidad de la muerte. “Flores fuera de estación” es una historia sobre el amor, sobre el amor gozoso y el amor malogrado, sobre los distintos tipos de amor y sus fases a lo largo del tiempo, y sobre la mirada que los hijos proyectamos sobre el misterio de nuestros padres.

Como ya anuncia la cita de Miguel Ángel Hernández que introduce el libro, la memoria y el pasado son material narrativo para ti y el pasado, en concreto, se convierte en algo que “vuelve hacia nosotros”, un tiempo que los personajes viven paradójicamente en el presente.

El peso del pasado es fundamental sobre la trama del presente y es indisoluble de ella. Hay una alternancia narrativa entre los planos del presente y del pasado, se van trenzando y dan lugar así a la historia. Los personajes están poseídos por un pasado que vuelve, que emerge para crear conexiones con el presente, para iluminar las motivaciones, a veces confusas, que los guían. En algunos cuentos, un fantasma del pasado, un enamoramiento platónico, regresa para trastocar el presente. En “Piedras al mar”, por ejemplo, la protagonista va a visitar la antigua casa familiar, un hogar perdido, una casa que ya no es propia, que solo habita en sus recuerdos. Esta superposición de planos narrativos, esta gravitación del pasado y de los recuerdos, refuerza la sensación de que a veces la vida sucede en algún sitio, en algún momento, alejado, distante, de aquel en que nos encontramos.

Eres una autora que juega con las imágenes, estas te sirven para contar sin narrar. Pienso en el final de Diez salones, catorce dormitorios: “La tumbona se quedó a la intemperie y por la mañana apareció empapada, perdiendo de este modo todo el lustre”.

En ese final el protagonista se mete dentro del almacén de muebles, sale del “escenario”, y solo quedan los objetos que dan fe de la devastación. Doy mucha importancia a las imágenes que transmiten, que muestran, sin explicar. Explicar en literatura me causa horror, supone tratar al lector como un idiota, incapaz de inferir, de sacar conclusiones por sí mismo, de crear a su vez otro plano narrativo más, que es el de la recepción.

Al respecto, tu primer libro fue el poemario El telar de Penélope. ¿Cómo te ha influenciado el lenguaje poético a la hora de pensar cómo narrar?

El telar de Penélope es un libro de poesía, pero no compuesto por poemas dispersos, heterogéneos, sino con una unidad (un planteamiento, un nudo y un desenlace) y un personaje principal, la Penélope que Ulises deja en Ítaca al marcharse a la Guerra de Troya. Había una historia detrás, ese poemario era atípicamente narrativo en ese sentido. Pero es verdad que ciertos elementos de lo poético que existían en ese libro me siguen acompañando en la escritura. Uno de ellos es la preocupación por la musicalidad en la prosa. Otro, quizás, la búsqueda incansable de la palabra exacta, y por eso consulto el diccionario constantemente, hasta los términos más comunes. Cuando me siento a escribir, procuro tener en mente aquella frase de Maupassant, del prefacio de Pierre y Jean: “Para cualquier cosa que se quiera decir, solo existe una palabra para expresarla, un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla”.

En alguna ocasión se ha unido tu nombre al de Carver, pero ¿es realmente una referencia para ti?

Me identifico con la narrativa breve norteamericana, con su concisión, su claridad, con la cotidianidad y el realismo de las ambientaciones, pero en medio de las cuales algo intempestivo surge, algo descoloca. Pero no me reconozco demasiado en ese autor en concreto, en Raymond Carver; la deshumanización a la que somete a sus personajes, la frialdad con que los trata, la distancia, no me son afines, yo no las practico. Me siento más cercana a autores como Alice Munro, Lorrie Moore, John Cheever, James Salter o Tobias Wolff. Con Lorrie Moore comparto ese gusto por salpicar de cierto humor, de vez en cuando, algunas escenas. En los cuentos de Carver no hay mucho lugar para la sonrisa.

Editoriales independientes como Páginas de espuma, así como sellos de grandes grupos, como es el caso de Seix Barral o Literatura Random House, están apostando por el relato y, en concreto, por autoras de relato. ¿Crees que ha habido un cambio en la recepción crítica y comercial de dicho género?

Quiero creer que sí, que el relato está mejor valorado que hace unos años, que los lectores se abren a la enorme vastedad literaria más allá de los márgenes de la novela y que las grandes editoriales le están perdiendo el miedo a un género con el que antes solo se atrevían editoriales medianas o especializadas. Pero también porque nos encontramos, creo, en una coyuntura literaria mucho más abierta, no solo al género del cuento, sino a los géneros mestizos, a todo aquello que antes era considerado paraliteratura (los diarios, las memorias de escritura, las correspondencias) y a la literatura escrita por mujeres.

En los últimos años, dentro del cuento en español, han destacado las autoras. ¿A qué escritoras contemporáneas te sientes más próxima?

Es gozoso ver las mesas de novedades ahora mismo, todas esas escritoras olvidadas y recuperadas en nuevas ediciones, en nuevas traducciones, y también las voces emergentes. En los últimos años he leído a más autoras de las que he leído en toda mi vida. Pero con esto no quiero decir que por el hecho de haber sido escrito por una mujer un libro tenga que ser bueno automáticamente, ni que me tenga que gustar solo por esa razón. La única marca válida debería ser la calidad. Pero como decía Sara Mesa en una entrevista, como lectoras nos hemos formado con hombres, los modelos disponibles eran esos. Ella dice que empezábamos a leer a Faulkner y no a Flannery O’Connor porque Faulkner estaba en las librerías, en las bibliotecas, y Flannery O’Connor no, o era más difícil de encontrar o estaba peor traducida. Yo podría decir lo mismo: leí antes a Ernest Hemingway que a Alice Munro, a Albert Camus antes que a Marguerite Duras, a Patrick Modiano antes que a Annie Ernaux. Y esto, por suerte, ha cambiado, está cambiando. Retomando la pregunta, me siento muy próxima a todo lo que escribe Sara Mesa, todas sus ópticas, sus perspectivas, sus inquietudes, sus ambientaciones, me conciernen, las siento como propias. Recientemente he leído con gran interés Primera persona, de Margarita García Robayo, en la editorial Tránsito. Fuera del ámbito de la literatura en español, me identifico con la prosa concisa, despojada y directa de Brigitte Giraud (Ahora, Tener un cuerpo, traducidos ambos en la editorial Contraseña).