Joan Margarit: poesía y verdad

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El poeta catalán Joan Margarit, Premio Cervantes 2019

 

 

 

 

 

Texto: REDACCIÓN

 

“Escribo para consolar a gente solitaria, que somos todos", decía en la tarde de ayer el poeta leridano Joan Margarit, pocas horas después de que el ministro de cultura dijera su nombre al anunciar el ganador del Premio Cervantes 2019. Tras Sergio Ramírez e Ida Vitale, los últimos ganadores, las quinielas anunciaban que este año “toca un español”. La tradicional alternancia que prevé premiar de forma alternada autores latinoamericanos y autores españoles se rompió el año pasado con el más que merecido y excesivamente tardío reconocimiento a Ida Vitale. ¿Tocaba hoy un escritor patrio? Sin regla escrita, por una vez las quinielas parecían no equivocarse y, de hecho, han sido particularmente acertadas, pues el poeta catalán estaba entre los nombres que más sonaban, junto a Luis Goytisolo, Enrique Vila-Matas y la poeta malagueña María Victoria Atencia. Si bien es cierto que Vitale, presidenta del jurado, saltándose todo protocolo y ante la estupefacción del ministro, reconoció que su preferido para el premio era el autor de Bartleby y compañía, fue el autor de poemarios como Els motius del Llop, Estación de Francia, Joana o Casa misericòrdia quien reunió mayor número de votos.

Nacido en Sanaüja en 1938, Margarit no solo es considerado uno de los poetas catalanes más leídos, sino también más laureados: en 1985 ganaba el Premi Carles Riba, en 2008 el Premi Nacional de Literatura de la Generalitat de Catalunya. Ese mismo año, se le concedía el Premio Nacional de Poesía y el Rosalía de Castro. En 2013, era premiado en México con el Premio Poetas del Mundo Latino junto al también poeta José Emilio Pacheco. No son pocos quienes, aun sin haber leído al poeta, han repetido alguna vez sus famosos versos “La libertad es una librería. /Ir indocumentado. /Las canciones prohibidas. /Una forma de amor, la libertad”. Pertenecientes a su poema Libertad, estos versos no solo ilustran cuán leído es Margarit, sino como su poesía ha calado incluso entre los no lectores, convirtiéndose en parte de un saber compartido. Escribe Juan-Carlos Mainer en el prólogo a la poesía completa de Margarit, que éste pertenece a ese grupo de poetas “cuyo punto de partida reside en las enseñanzas de la vida, pero solamente dan cuenta de ellas en tanto han sido convertidas en un documento moral que busca inscribirse en la experiencia de sus lectores y que tiene muy presente la historia común, ese vendaval que sitúa, explica y a la vez socava la vivencia personal”. Como reconocía el propio Margarit ayer por la tarde, escribe para consolar a los solitarios, escribe con la esperanza de el lector encuentre consuelo y refugio en unos poemas que, confesaba ayer por la tarde, con el Cervantes podrán llegar a más gente.

Tenía solamente dieciséis años cuando Margarit escribió su primer poema, se tramaba de poema de amor y fue redactado en Santa Cruz de Tenerife, donde se había trasladado su familia: “Mi relación con la poesía comenzó con aquella maravillosa isla, por entonces poco poblada y sin turismo”, recuerda en su obra completa publicada por Austral. Años más tarde, estudiante de arquitectura en Barcelona, Margarit volvió a escribir: “fue una primera etapa literaria larga, irregular y complicada. Ahora sé que la causa principal fue mi bilingüismo: desde la infancia coexistían para mí el catalán en familia, pero con poca carga literaria, social y política, y el aprendizaje escolar en castellano”. Y es el catalán, lengua materna, la lengua a partir de la cual comenzará a escribir, porque, como él mismo sostiene, la poesía, en cuanto verdad, siempre nace de la lengua materna. Y si bien en su obra el castellano está también muy presente, es en catalán donde más ha destacado Margarit, cuya obra el jurado ha definido como un puente entre dos lenguas. Un puente que Margarit ha atravesado constantemente a lo largo de todas estas décadas, sin nunca traducirse: sus poemas nacen en la lengua en la que reclama; la lengua nunca es -nunca debió ser- una imposición.

“El aprendizaje”, escribía Margarit en Nuevas cartas a un joven, “pertenece al poeta y a nadie más. A su soledad, sin más guía que los clásicos para desarrollar la capacidad de inspiración y la capacidad de autocrítica, que son los dos bienes más preciados para escribir poesía”. Los ecos rilkianos de este breve ensayo resuenan a lo largo de todas sus páginas, en las que el poeta no sólo se muestra deudor de sus maestros -Ausiás March, Catulo, Baudelaire, Hölderlin, Cavafis, Bauçà…-, sino que reflexiona sobre los grandes temas presentes en su obra: el amor, la religión, la filosofía y la soledad, convertida en el único lugar de la creación: “Yo aconsejaría al joven poeta no perder demasiado tiempo en las zonas donde la poesía es tangente con la vida social. Descubrirá precisamente a los falsos poetas por su insistencia en dominar estos territorios. El poeta debe reflexionar sobre el porqué de la soledad y de dónde procede. Reflexionar sobre cómo actúa en los buenos poemas el individualismo moderno, que ya es el del personaje que habla en Las flores del mal, por otra parte no tan diferente del individualismo de Aquiles en la Ilíada”.

En un momento de tantos los falsos poetas, Margarit representa la poesía y la verdad, representa esa poesía que escapa de la utilidad y cuya validez no reside en quien la defiende: “todo el mundo la puede captar, no tiene accesos privilegiados. A veces se tiende a confundir la capacidad de una persona para comprender un poema con su incapacidad para explicar aquello que encuentra en el poema, qué es lo que hace sentir”. Margarit escribe sin autocomplacencia y con autocrítica para todo aquel que le quiera leer, porque hay poesía siempre cuando haya un poeta y un lector que lo lea; los caminos de ambos se entrecruzan irremediablemente, la poesía es un viaje compartido: “el poeta y el lector saben que este camino hacia el crecimiento interior pasa por una aproximación a la lucidez, a la verdad. Se trata de hacer frente al desorden, al dolor, al mal, de manera que quede iluminado con una claridad que por sí misma ya consuela”. La poesía de Margarit es esta claridad, es una verdad lúcida.