Amelia Valcarcel, referente feminista

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Hace apenas un mes, en el Instituto Cervantes se presentó el ensayo “Ahora, feminismo” de la filósofa y escritora feminista Amelia Valcárcel. El libro, publicado por Cátedra, nos adentra en las cuestiones feministas que aún siguen pendientes de revisión o continúan siendo ignoradas.

 

 

 

Texto: DAVID VALIENTE

 

Como la misma autora afirma, el libro consta de tres partes bien diferenciadas. En la presentación Amelia Valcárcel comparó cada una de las partes con un nivel universitario, correspondiendo la primera parte del libro a unos cursos de grado, con lo que el lector podrá empaparse de la historia del feminismo desde las pioneras que vindicaron una posición y un reconocimiento idéntico al del hombre, pasando por las primeras mujeres que tuvieron el “privilegio” de entrar en la universidad española en 1911 y que a modo de bienvenida “son recibidas a pedradas por un selecto grupo de compañeros”. El segundo bloque (en nuestro sistema educativo corresponde a un máster) abarca los siguientes tres capítulos. En ellos allana el tema de la figura de la mujer dentro del “sentido histórico”, es decir, la importancia de la mujer en las luchas sociales en las que se consiguieron los derechos, los deberes y privilegios que gozamos todos. Los últimos capítulos, “definitivamente doctorado”, plantean la situación actual del feminismo: los debates abiertos y las diferentes vertientes que explican una posición u otra, la manera, entendida por la autora, que tienen los discursos actuales de calar en la más profunda razón personal, sus fuentes y las objeciones intrínsecas de los argumentos.

El encargado de arrancar la presentación fue Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, que, aparte de agradecer a los presentes su asistencia y de dar la enhorabuena a la autora por su excelente trabajo, defendió los ideales de la ilustración en relación al feminismo pues Europa, y esto no se menciona tanto, contribuyó a asentar las bases teóricas no solo de la democracia sino también del feminismo, gracias a la ayuda de plumas tan reconocidas, a veces criticadas, como Mary Wollstonecraft, Voltaire o Madame Chatelet.

Tres siglos han pasado desde esos primeros textos que reclamaban la igualdad. Dos siglos desde que un grupo de aguerridas mujeres abandonaran su hogar americano y cruzaran el Atlántico con el fin de acabar con la esclavitud, pero al arribar en Inglaterra, voz cantante en la lucha contra la esclavitud, y tratar de vindicar por el oprimido, “se les impidió tomar la palabras”; comprendieron que aunque “trabajaban sin descanso para abolir la esclavitud” nadie se encargaba “de su propia liberación”. Por ello decidieron tomar el timón del barco llamado destino personal, desplegar las velas y reclamar desde la cofa sus derechos. De esa experiencia nace un texto que ha pasado a la posteridad con el nombre “Declaración de Sentimientos”. Un siglo después la mujer ya no solo tomó ese barco llamado destino personal sino que también metió la papeleta en las urnas participando en las decisiones políticas, compartiendo derechos, responsabilidades y errores con los hombres. Pero los siglos pasan y todavía pervive la inveterada hipocresía de los hombres, que siguen acusando a las mujeres de todos sus males -acusaciones inventadas por un libro adjetivado como Antiguo en su mismo título- mientras las convierten en diosas de piel de marfil y ropaje de oro a las que se debe veneración.

Como no podía ser de otra manera, la lucidez intelectual de Amelia Valcárcel arrancó unas primeras carcajadas al público. El ambiente se relajó pero poco duró este estado por el aviso al público de que el feminismo y la democracia, “hermanas gemelas”, se encuentran amenazadas por peligros internos, que cohabitan y tratan de amedrantar los ideales defendidos durante siglos de igualdad y respeto. Según Amelia debemos hacer los deberes y mantener “los argumentos en buena forma” porque “los argumentos feministas son de los más importantes para mantener la democracia”.

Pero hoy en pleno siglo XXI, llevando a las espaldas una mochila no menos pesada que la tierra sobre los hombros del Atlante, nos encontramos ante lo que algunas denominan una cuarta ola de feminismo, pero que “la maestra de maestras” no se atrevió a calificar así por ser todavía demasiado pronto para hacerlo. Resulta que, en la Grecia Antigua, hubo momentos concretos en los que se acrecentaban los brotes de misoginia. Seguramente debido a que algunas mujeres y hombres revolucionarios sacaban sus pies del tiesto y reclamaban el derecho a ser iguales. Suponiendo que los desmanes del ayer se reflejan en el presente, ¿no sería tan absurdo pensar que esta “cuarta oleada feminista” (por calificarla de alguna manera), es resultado patente de un exceso por parte de unos cuantos que han deseado reactivar una serie de acciones abyectas? ¿O estamos ante un nuevo ciclo, porque los movimientos sociales son así y se manifiestan por ciclos irregulares?

El leitmotiv de todas las ideas que Amelia Valcárcel argumentó a lo largo de su discurso para apoyar su ideario reviste una obviedad pasmosa de la que la mayoría nos olvidamos: “El feminismo es un fruto maduro de las sociedades abiertas” recalca Amelia. “Allá donde no existe una sociedad abierta, en la cual las ideas ilustradas no hayan tenido un papel conformador del lenguaje público y político, no puede aparecer el feminismo.” En la mismidad del feminismo reside el concepto de libertad, peleada durante la Revolución Francesa y fundamentadora de los sistemas democráticos actuales. Sin democracia, no puede haber feminismo; y sin feminismo, nuestras democracias encogerían y prematuramente se transformarían en satrapías donde los derechos fueran como toallitas de usar y tirar.

Por esta razón, por esta libertad de la que goza, el feminismo “habla el mismo lenguaje que la teoría política contemporánea” porque en sus vísceras podrán desarrollarse cruentas batallas dialécticas, pero a la hora de la verdad, cuando el campo de batalla está fuera y hay una serie de derechos que defender, el feminismo abraza el consenso y se mantiene firme en su decisión, firme y homogénea como una estructura de cemento armado. Y en esto reside una de las claves para entender el vigor del feminismo, que “no se alía con el irracionalismo”, ni con la falta de argumentación. En definitiva, “el feminismo no es plural, no hay muchos feminismos”. Por el contrario, la existencia de enemigos que desean ver el movimiento feminista sepultado ha crecido en los últimos años a causa, en gran medida, “a dos o tres asuntos que la gente quiere reabrir”. Amelia Valcárcel lo tiene claro: “yo creo que no les convenimos nada”.

Para finalizar, nos puso en aviso del peligro que corremos con las Neolenguas: “el feminismo no necesita adornarse con plumas para ser transgresor”, le basta y le sobra con su presencia pura, la forjada en estos últimos siglos por mujeres y hombres que con valentía levantaron la voz contra las injusticia que le rodeaban, y aún sabiendo que su lucha suponía, la mayoría de las veces, estrellarse con un muro de ladrillo recubierto de diamante, decidieron seguir reventándose la cabeza, las manos y la cara, pero no dejar nunca sus ideales abandonados. No podemos cuestionar que sin ellas “la democracia nunca hubiera ido tan lejos.”