Los Best sellers no dan la posteridad

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Francisco Martos, el olvido de un autor chamán

 

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Texto: ANTONIO ITURBE

 

Un artículo del diario argentino La Nación afirma que “best seller eran los de antes” y pone el ejemplo de la caída del promedio de venta de ejemplares de los libros que encabezan los rankings de las dos mayores cadenas de librerías (Yenny y Cúspide): “En la semana del 26 de agosto al 1° de este mes, el libro más vendido en una de las dos cadenas de librerías vendió apenas 155 ejemplares. En 2018, para la misma época del año, se vendían 300; y en 2017, cerca de 800. Hoy, un libro se convierte en best seller cuando vendió cerca de diez mil ejemplares en un año”. Se explica que en agosto más de la mitad de los 700 libros de ficción publicados salieron con una tirada de 1.000 ejemplares y los editores recuerdan con nostalgia que “una década atrás, el estatus de best seller se concedía a los libros que vendían más de veinte mil ejemplares anuales”. Es muy interesante que señalan que, tras la leve recuperación tras la fortísima caída de estos años en Argentina, los best sellers no han crecido: esa pequeña recuperación de ventas se ha dispersado entre nuevas editoriales independientes con un público de gustos más heterogéneos.

La situación en la edición española es más desahogada que la Argentina. Según el estudio de Comercio Interior del Libro en España que elabora el Ministerio de Cultura, la tirada media de libros de ficción es de 3.762. Y sigue habiendo best sellers poderosos. Estos días, me contaban que para poder dar salida a la tirada de Sidi, la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, habían dividido el trabajo entre una imprenta de Barcelona y otra de Madrid para tener a punto los 150.000 ejemplares de salida.

Me viene a la memoria estos días de recapitulación de las cosas el escritor valenciano Francisco Martos, autor de un libro que tuvo a final de los 90 bastante recorrido, La rosa de Jericó, donde relataba la historia de ese arbusto aparentemente seco durante meses o años, que vuelve a revivir al ponerlo en agua. Martos, con su traje impecable, su seductora voz radiofónica y su porte de galán de cadena de oro al cuello, hizo trescientos kilómetros desde Valencia para invitarme a una paella en el restaurante Palomares de Vilassar de Mar (que los periodistas somos estómagos agradecidos) y contarme que, pese al traje y el BMW, era un chamán de la rosa. Me explicó que cuando le comunicaron en la distribuidora que había superado los 10.000 ejemplares, contactó con la Dirección General del Libro para preguntar si podía ponerse una faja donde constara la categoría de “best seller”, como si fuera un título nobiliario que ha de sancionar la Administración. Me contó con orgullo que le habían respondido amablemente: “Señor Martos, si usted ha vendido todos esos libros, bien puede considerarse un best seller”.

Hace pocas semanas se me ocurrió ver que había sido de aquel best seller de los 90 al que perdí la pista y al bucear en internet me topé con una tristísima noticia del diario valenciano: Las Provincias /Miércoles, 4 marzo 2015. “Un hombre de 72 años de edad, Francisco Martos Requena, fue encontrado muerto el martes por la tarde en su casa de la urbanización Montesano en San Antonio de Benagéber. Los bomberos descubrieron el cadáver en el cuarto de baño de la vivienda tras forzar una puerta trasera. El macabro hallazgo tuvo lugar un mes después del fallecimiento de Francisco Martos, según las investigaciones y una primera estimación del forense”. Se referían a él como a un “hombre de 72 años” sin más, no el autor de “La rosa de Jericó” que tuvo su momento de gloria editorial. Una gloria caducada. La noticia hablaba más de sus gatos que de sus libros. En la Redacción de las Provincias ya no recordaban ni La rosa de Jericó ni Paquito, su libro de memorias. Tan olvidado de todos que tardaron un mes en darse cuenta que había fallecido. Ser un best seller no garantiza la posteridad.