¡Hey, Vicky, hey!

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Retorna el vikingo más pacífico del Mar del Norte

 

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Texto: ANTONIO ITURBE

 

La edición en castellano de “Vicky el vikingo” (RBA) es un justo homenaje a su autor, Runer Jonsson, caído en el olvido. Su lectura nos hace navegar de nuevo por nuestra geografía de la infancia.

Nybro es una población interior del sur de Suecia de 12.000 habitantes, a cientos de kilómetros del Mar del Norte, cuya mayor atracción turística es un museo sobre James Bond, el agente 007. Y, sin embargo, es tierra de vikingos. El equipo local de hockey sobre hielo son los Nybro Vikings, y llegaron a estar dos años en la división de honor, aunque de eso hace ya 50 años. Pero lo más importante para esta historia de hijos de Odín es que aquí nació el vikingo más célebre del siglo XX, hijo del jefe Halvar y de Ylva: el gran Vicky. En realidad, bastante bajito, flaco, no muy aguerrido y bastante sabelotodo.

El joven Runer Jonsson camina por Svartbacksmala, un bosque que se abre a las afueras de Nybro, bien abrigado , porque en octubre empiezan a caer las primeras nevadas. Su madre le ha pedido que vaya a recoger arándanos para hacer compota y a él le gusta ir a recogerlos. Así, en esa soledad, puede sacar su libreta sin que nadie lo vea y escribir algunas frases que no se atreve a llamar poemas. Está sentado sobre una piedra lisa concentrado en el trazo de su lápiz, cuando una respiración agitada lo hace girarse de repente y se da cuenta que un par de ojos amarillentos lo miran. Por el hocico el lobo expele un humo infernal y la tensión de su cuerpo arqueado no augura nada bueno. Ha leído en una revista de viajes y aventuras en la casa de su tío que en caso de encontrarse con una fiera uno debe quedarse muy quieto, no respirar, no moverse. Pero no lo ve claro. Tira contra el lobo el cesto de frutos rojos y en ese segundo en que gira la cabeza para esquivarlo, da un salto y se agarra a la rama de un abedul y trepa hasta apoyarse de pie en un lugar seguro. El lobo lleva a la base del abedul y salta hacia arriba con los colmillos desplegados y su rostro desencajado de rabia. No puede alcanzarlo allá arriba, pero Runer tiembla. No lo puede evitar. Ese rostro del lobo lo aterra. No es muy decoroso, pero se abre la compuerta de su vejiga y no puede contenerla. Le viene justo para desabotonar su pantalón con una mano mientras se agarra del tronco con la otra y empieza a caer una cascada de orina. El lobo se gira con curiosidad hacia la lluvia, pero al caerle encima, se agita como atacado por un ácido tóxico, y sale corriendo hacia el interior del bosque. Runer aún tarde hora y media en bajar del árbol, pero la lección no la va a olvidar: la cobardía puede resultar muy útil para encontrar las soluciones que tal vez no encontrarían los valientes. Si se hubiera quedado quieto como decía el libro que hacían los valientes en vez de huir, tal vez ahora sería un plato de carne picada con arándanos.

Le gustan mucho, pero no se le dan bien los deportes. Por eso cuando cumple los 18 años, ya que nunca va a ser titular en el equipo de hockey, se dedica a escribir la crónica de los partidos. Se le da bien y empiezan a publicárselas en el periódico local, el Kalmar Läns tidning. Y ahí sí recibe muchos elogios, es mejor con la pluma estilográfica que con el stick. En 1936, a los 19 años, le ofrecen entrar en la redacción del periódico y se inicia profesionalmente en el oficio de periodista, al que va a dedicar toda su vida.

Las noticias internacionales son poderosas en ese momento, con el estallido de la guerra civil en España y Runer se posiciona claramente con los opositores al fascista general Franco en algunos artículos que resultan muy comentados en Nybro. Pero en paralelo, trabaja muy activamente para dignificar las noticias locales y se convierte en uno de los periodistas suecos que convierte el periodismo de cercanía en un género de altura. Influye de manera decisiva su buen toque narrativo, puesto en práctica en cuentos cortos que a veces se publican en su periódico o pequeñas revistas y en la poesía que nunca ha dejado de escribir. Cuando estalla la II Guerra Mundial muestra en sus artículos su posicionamiento en contra del III Reich y se perfila como un periodista claramente de izquierdas. Recibe algunas distinciones locales y en algunos discursos se alaba su periodismo valiente y él se sonríe. ¿Valiente? No saben nada de él. Si se posicionó contra Franco, contra los rusos en la guerra de Finlandia, contra los nazis o contra el uso de armas nucleares fue precisamente por cobardía… ¡todos esos tiranos y armas destructivas le causaban tanto miedo que no resistía la idea de que se impusieran en Europa!

A los 30 años publicó su primer libro de poesía y seguirían otros. También algunos libros de aforismos y de relatos. Tuvo algunas reseñas favorables y fue publicando libros durante 20 años, pero con un éxito discreto, compaginándolos con el periodismo que le aportaba la nómina mensual que aseguraba el palto en la mesa.

Fue a principio de los años 60 cuando se le ocurrió la idea de un libro juvenil protagonizado por un niño vikingo. En el imaginario colectivo occidental los vikingos eran esos nórdicos sanguinarios y embrutecidos que atacaban a dentelladas las costas en las que desembarcaban. Eran otros tiempos más salvajes. Pensó que mostraría que se podía ser valiente sin ser brutal y que se podían resolver las situaciones más apuradas sin recurrir a la fuerza bruta.

Empieza a escribir en su casa de Nybro y la primera escena que le viene a la cabeza es la del pequeño protagonista corriendo por el bosque perseguido por un lobo hambriento. Los lobos aterran a Vicky, pero se libra de él subiéndose a un árbol y provocando al animal con burlas para que salte alocadamente hacia él y cuando su cabeza se acerca a unos palmos, le asesta un golpe con una piedra que lo deja turulato. La vieja historia de David y Goliath. Su propia historia de bosque, más o menos. El triunfo de los que tienen miedo y hasn de confiar más en su cabeza que en la fuerza bruta.

En este primer relato, titulado en sueco Vicke Viking, asistimos a la primera de las muchas historias que vendrían después. Su padre Alvar, fortachón e impulsivo, se empeña en tomar al asalto un castillo franco fuertemente protegido contra la opinión de su hijo, que atemorizado por las flechas que llueven desde las almenas, prefiere quedarse a resguardo en el barco. Su padre y otros tres hombres son apresados y el resto de la partida vikinga regresa abatida al barco donde aguarda Vickie. No hay forma de franquear las murallas y el puente levadizo frente al portón está muy protegido. Vickie se dispone a entrar él solo, pero no con armas, sino con una triquiñuela. El olor a fritanga que trae la brisa indica que se va a celebrar un gran festín, así que seguramente será muy bienvenido un muchacho que aparezca por allí con aire cándido que diga que tiene experiencia como pinche en grandes banquetes. Efectivamente, los guardias lo dejan entrar y logrará sacar a su padre y los demás de las mazmorras, camuflados con los disfraces de los bufones.

La historia leída ahora, con los niños hiperventilados con historias violentas y complicadas, puede sonar un tanto naif, pero se agradece también un relato que no torture a los pequeños lectores con malos tratos, divorcios de los padres, discapacidades, enfermedades, drogas y esa sordidez que se confunde con profundidad. Su ingenuidad mezclada con agudeza lo convierten en una lectura fluida y deliciosa, salpicada de toques brillantes. Cuando Vickie visita a los bufones que van a intervenir ante el señor del castillo los encuentra abatidos y observa que eso es algo tremendo: “cuando los cómicos están preocupados y tristes, lo pasan peor que los demás, porque saben que no hay nadie que pueda hacerlos reír”.

El éxito de esta historia hizo que su editor le pidiera más y gozó de una cierta popularidad en los países nórdicos y aledaños. Pero el gran desembarco vikingo llegó con trazas japonesas. Una productora de Tokio, Nippon Animation, se enamoró de las historias de Vickie y se asoció con una productora alemana para realizar una serie de dibujos animados para televisión en 1972. Los vikingos, viajeros y emprendedores, fueron descubridores de nuevos territorios (Erik el rojo fundó el año 1.000 el primer asentamiento humano en Groenlandia). También en la televisión: fueron los que trajeron a Europa el manga. Fue la primera serie japonesa de súper-éxito que vimos. “¡Hey, Vicky, hey!” llenó las pantallas de los hogares de Europa de aquellos vikingos un poco abocetados, con el jefe Alvar con una barba que eran cuatro rayas rectas, pero había algo luminosos que incluso alegró la programación infantil de la mustia Televisión Española de los años 70. Tuvo algunos efectos colaterales de cierto impacto en algunos niños. En mi caso personal, Vickie arruinó mi prometedora carrera de judoka: a la hora de las clases de judo me escondía debajo de la cama para poder quedarme en casa a ver Vickie el Vikingo.

Runer Jonsson escribió media docena de libros de Vickie y siguió publicando cuentos, libros juveniles, poesía, aforismos humorísticos e incluso fue letrista de canciones. Y no abandonó sus artículos pese a los recortes del diario en las décadas siguientes tras la llegada de internet. Con 90 años, hasta pocas semanas antes de su muerte en 2006, Runer estuvo publicando su artículo mensual en la revista semanal del diario, Nybro Tidning. Fue periodista hasta el final. También poeta. Muchos niños le estamos muy agradecidos por hacer más brillantes nuestras tardes de infancia. Nos enseñó que ser enclenque y poco cobardica no estaba tan mal.