El escalofriante verano de Mariana Enríquez

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La escritora argentina más inquietante publica Ese verano a oscuras

 

Mariana Enriquez

 

Texto: FÉLIX TERRONES  Foto: ANA PORTNOY

 

Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) es una escritora que destaca entre el grupo de autoras argentinas que últimamente ha dado mucho que hablar. Y lo hace por méritos antes que nada literarios, tal y como demostró con Las cosas que perdimos en el fuego (2016), conjunto de relatos en los que se conjuga exigencia formal, una mirada personalísima y atmósferas muy logradas, en las que asoma cierta abyección mezclada con misterio. La editorial Páginas de espuma acaba de publicar Ese verano a oscuras, un relato en el que bajo una anécdota simple se presentan los elementos característicos de la escritura de Enríquez.

La historia transcurre durante el verano de 1989, en un complejo habitacional donde dos quinceañeras ingresan en la adolescencia entre apagones, baños en la piscina y lecturas poco convencionales, pautadas por el humo de la marihuana. Virginia y la narradora, fascinadas con la muerte, para parafrasear a la narradora, descubren de casualidad un libro que presenta las trayectorias de distintos asesinos en serie. Poco a poco, van descubriendo, con morbosidad y un poco de admiración, ese territorio de criminales inmisericordes que, lamentablemente para ellas, casi ni existieron en Argentina. Porque la Argentina de fines de los ochenta podía ser una nación de crisis económica, desempleo, homofobia, pero lamentablemente jamás de una de esas en las que florecen esa bella arte que es el asesinato, como mordazmente sugirió Thomas de Quincey. El relato de días morosos, en los que la lectura febril cede su lugar la percepción en sordina de una ciudad herida, si no mortalmente, de manera grave, resulta sacudido por un par de eventos que singularizarán como ningún otro ese verano. De un momento a otro, ambas adolescentes, estimuladas con la lectura de los asesinatos entre sus sábanas húmedas, conocerán de cerca el crimen sin saber cómo reaccionar. Entre la experiencia lectora y la vital se abre una grieta por la que circulan las insinuaciones, lo sugerido, cada intersticio entre las palabras.

La escritura de Mariana Enríquez aprovecha una anécdota simple como la vida misma para abismar al lector en situaciones límite que, además, son de candente actualidad (la violencia contra la mujer). No lo hace de manera militante, desde luego, sino como la mejor y más exigente literatura. En otras palabras, acercándose a la violencia, lo execrable, la miseria desde la complejidad de la mirada que presenta desde la desazón, esa especie de intemperie moral en la que todos se encuentran. La narradora de la historia, joven bonaerense de fines de los ochenta, ingresa a la vida adulta a lo largo de ese verano de tardes en la piscina y lecturas inopinadas. Y, como en las tragedias, lo hace sin saber, casi como una sonámbula, a la espera del rito o asesinato que selle para siempre su derrota.

Últimamente, numerosas editoriales se lanzan a publicar libros ilustrados. Páginas de espuma no podía ser la excepción. El relato de Mariana Enríquez viene acompañado de dibujos que muchos disfrutarán por añadir un elemento gráfico a la experiencia de la lectura. Al margen de cumplir con dicha tarea, eché de menos ilustraciones que fueran más sugerentes, menos literales. Enríquez viene de un país de grandes dibujantes como José Muñoz quien ilustró magistralmente El perseguidor de Julio Cortázar, entregándole un dinamismo y una riqueza inusitados a tan magistral relato. De todos modos, se trata de un cuento, el de Enríquez, que por su gran calidad merece ser leído, lo mismo que el resto de su obra.