Contra el silencio: las palabras del mudo de Julio Ramón Ribeyro

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La editorial Seix Barral recupera la obra de Julio Ramón Ribeyro. Este artículo es el primero de tres, a lo largo de los cuales se prestará atención a la obra de Ribeyro y a su recuperación.

 

 

 

Texto: DAVID PÉREZ VEGA

 

Durante la lectura de La palabra del mudo de Julio Ramón Ribeyro (Lima 1929-1994), me he estado preguntando cuándo fue la primera vez que oí hablar de este escritor peruano. Cuando estaba estudiando ADE en la Carlos III me apunté a unas clases sobre el cuento por el que se otorgaban dos créditos de los llamados «de libre configuración». Creo que en ellas leímos la narración Silvio en el Rosedal y éste supuso mi primer encuentro con Ribeyro. En enero de 2004 leí París no se acaba nunca de Enrique Vila-Matas, en el que volvía a aparecer el nombre de Ribeyro. Quizás desde entonces, los cuentos completos de Ribeyro han sido para mí una lectura aplazada. Más de una vez he hojeado en alguna biblioteca La palabra del mudo o La tentación del fracaso y he sentido el deseo de leerlos. Cuando me llegó al mail el anuncio de que Seix Barral sacaba una edición conmemorativa de los libros de Julio Ramón Ribeyro por el 90 aniversario de su nacimiento, sentí que había llegado el momento y solicité estos libros a la editorial. He empezado con La palabra del mudo, que reúne sus cuentos completos (en total 97).

El primer libro de cuentos que publicó Ribeyro es el titulado Los gallinazos sin plumas (1955), pero en La palabra del mudo existe una sección inicial llamada Cuentos olvidados, en la que se reúnen cinco narraciones que aparecieron en revistas. La primera de ellas ­–La vida gris– es de 1949, así que se publicó cuando Ribeyro tenía veinte años, y hay críticos que lo consideran una declaración de intenciones creativas. En él se recrea la vida de un hombre irrelevante, que no destacó nunca ni para bien ni para mal, y que cuando muere deja escasos recuerdos en otras personas, recuerdos que serán pronto olvidados. Se le nota ya cierta maestría a Ribeyro, pero aún le queda mucho recorrido a su talento. En gran medida, sus historias dan voz a personas poco notables, que pertenecen a la clase media o baja, aunque también podemos encontrar a un profesor universitario y otras personas de clase social más alta. En general, son personas que no van a alcanzar sus sueños, y no porque Ribeyro sea así de pesimista, sino porque la vida es así. En los Cuentos olvidados, Ribeyro está tratando de averiguar qué clase de escritor quiere ser. ¿Realista? ¿Fantástico? ¿De terror? En ellos se pueden encontrar huellas de Franz Kafka, Edgar Allan Poe o incluso de H. P. Lovecraft. Son cuentos correctos, aunque un tanto ingenuos, propios de un escritor en formación.

Con el primer cuento de Los gallinazos sin plumas (1955), titulado igual que el libro, ya nos encontramos con una obra maestra. Dos niños han de buscar comida en un basurero de Lima para alimentar al cerdo con el que su abuelo quiere hacer negocio. Es un cuento social demoledor. Este primer libro está formado por ocho relatos realistas y sociales. Su factura es buena, aunque tras el impacto del primer cuento, hay que decir que el nivel de los siguientes es algo más bajo. Son cuentos buenos, pero su intencionalidad de denuncia está demasiado marcada y el lector recibe el impacto final de un modo rotundo, pero demasiado remarcado. De ellos destacaría La tela de araña por la modernidad de denunciar los abusos sobre las mujeres más indefensas. Diría que Los gallinazos sin plumas de 1955 es una de las influencias más claras de la primera obra cuentística de Mario Vargas Llosa, Los jefes, que apareció en 1959.

El siguiente libro es Cuentos de circunstancias, de 1958. Si bien había tenido la sensación, tras los titubeos de Cuentos olvidados (que se movían entre el realismo y lo fantástico), de que en Los gallináceos sin plumas Ribeyro elegía claramente el camino del realismo, en este otro libro, Cuentos de circunstancias, vuelve a incursionar en el mundo del relato fantástico. La insignia, por ejemplo, es un cuento de corte borgiano. Al final de los cuentos de estos libros suele haber una nota en la que se indica el año de su escritura y el lugar. Así, se puede observar que los relatos de Cuentos de circunstancias, publicado tres años después de Los gallinazos sin plumas, no están necesariamente escritos después de los del primer libro. Lo que está claro es que Ribeyro decidió que su primer libro oficial (Los gallinazos sin plumas) iba a ser realista y social, y eligió para él los cuentos que había escrito que mejor encajaban en esa temática. Pero se guardó otros, de corte más experimental, que verían la luz en Cuentos de circunstancias. Doblaje, por ejemplo, es un cuento abiertamente fantástico, que podría recordarnos a algunos de Cortázar. El libro en blanco es un cuento de terror correcto, pero algo ingenuo. La molicie, sobre el calor de Lima, parece un texto existencialista de Onetti. Los eucaliptos, sobre los cambios que el tiempo y la presión demográfica ejercen sobre un barrio de Lima, es un cuento nostálgico y bello. Los merengues, sobre los deseos de un niño, también es un cuento destacado.

Aunque entre los cuentos que he comentado hasta ahora ya hay piezas notables (y alguna obra maestra), considero que la verdadera madurez narrativa de Ribeyro empieza en el libro Las botellas y los hombres, de 1964. Así, el primer cuento (que da título al conjunto), sobre un joven que se reencuentra con su padre que le abandonó, me parece un texto realista (y también social) más rico y sutil que los cuentos de Los gallinazos sin plumas. En estos cuentos se habla de las diferencias sociales («Se daba cuenta de que en Lima no se podía ser pobre, que la pobreza era aquí una espantosa mancha, la prueba plena de una mala reputación», pág. 211) en cuentos como (El profesor suplente o El jefe); y también se habla de racismo, como en La piel de un indio no cuesta cara o Un color modesto. Otro tema podría ser el de la frustración y la soledad, presente en Una aventura nocturna. En alguna lista de «los mejores libros de Perú» me encuentro con La palabra del mudo, lo que me parece totalmente lógico, pero también con Los gallinazos sin plumas en vez de los cuentos completos, y esto ya no me parece correcto. Para mí, Las botellas y los hombres es un libro más valioso y maduro que el primero, que tiene –por supuesto– la virtud de señalar el comienzo de la carrera de un escritor muy destacado.

El siguiente libro es Tres historias sublevantes de 1964, un libro que leí de un tirón. Está formado por tres relatos largos, que son casi novelas cortas. En las listas de los mejores cuentos de Ribeyro se suele incluir el primero de los relatos aquí presentes, Al pie del acantilado, un cuento sobre personajes muy marginales, aunque los otros dos me han parecido también muy buenos: El chaco y Fénix. Este último casi abandona el realismo para incursionar en el expresionismo. La tarde de verano que leí los tres seguidos y luego salí a pasear me resulta memorable. Los cautivos (1972) es uno de los libros más destacados y modernos del conjunto. Digo que es moderno porque –ahora que está tan de moda la autoficción– en muchos de sus cuentos el narrador podría ser él mismo, una figura muy próxima al escritor Ribeyro que habla de sus experiencias en Europa. En algunos de estos cuentos el narrador dice abiertamente que es un escritor latinoamericano en Europa y nos habla de sus dificultades económicas. Por ejemplo, el cuento La estación del diablo amarillo me ha recordado a algunas de las narraciones de Charles Bukowski. Roberto Bolaño, en su cuento Vagabundo en Francia y Bélgica (2001), rinde un homenaje claro (para mí, aunque no he encontrado nada sobre ello en internet) a las dos primeras páginas de Ridder y el pisapapeles, un cuento escrito en 1971 por Ribeyro. En realidad, es como si toda la poética de Bolaño se pudiera condesar en estas dos páginas del cuento de Ribeyro. No hay ningún comentario en Entre paréntesis de Bolaño sobre Ribeyro, pero el libro Los cautivos me parece una lógica influencia para la obra del chileno. El cuento Los cautivos es una maravilla, un incondicional de las listas de «mejores cuentos de Ribeyro». Los españoles, cuento en que Ribeyro hace algunas bromas sobre el carácter español (o el carácter español del franquismo) me ha parecido muy divertido (y también triste).

El libro El próximo mes me nivelo (1972) guarda relación, en su composición y en la forma de abordar personajes, con Las botellas y los hombres. Este libro empieza con dos notables narraciones sobre mujeres (Una medalla para Virginia y Un domingo cualquiera), algo que no es común en estos cuentos, donde los narradores y los personajes principales son normalmente hombres. En este sentido, estos cuentos los siento conectados con La tela de araña (de Los gallinazos sin plumas), también un cuento cuyo personaje principal era una mujer. El relato que da nombre al libro es de una brutalidad y contundencia ejemplares.

El libro Silvio en El Rosedal (1977) es uno de los más famosos de Ribeyro. Curiosamente, el cuento que le da título es una versión extendida (y muy mejorada) del primer cuento que aparece en este volumen, La vida gris, pues trata de un hombre solitario que intenta encontrar sentido a su vida en lugares donde no está, o en los que no tiene sentido que busque. En muchos de los cuentos de este libro el tema de fondo pasa a ser el de la decadencia personal, la vejez y la muerte. Así, por ejemplo, en el primero, Terra incognita, un profesor de universidad bien asentado sale a recorrer la ciudad y casi no la reconoce, lo que le lleva a pensar en la pérdida de la juventud.

Tristes querellas en la vieja quinta es un cuento demoledor sobre la vejez. El cuento Alienación, sobre un negro peruano que aspira a convertirse en un blanco norteamericano, es otra de las obras maestras del libro. El cuento La señorita Fabiola, donde un narrador muy cercano a Ribeyro evoca a una vecina de su niñez, es un adelanto de la temática del libro Relatos santacrucinos.

El libro Sólo para fumadores (1987) comienza con un relato largo excepcional, el que da título al conjunto. En él, Ribeyro nos habla de su adicción al tabaco, que además de placer le causó serios problemas de salud. En este libro hay una serie de relatos donde la escritura o el deseo de escribir se convierten en protagonistas, pero a diferencia de Los cautivos, su narrador no es alguien similar a Ribeyro. Aquí se suele ridiculizar la idea de querer ser escritor sin escribir, simplemente adquiriendo la pose del artista (Ausente por tiempo indefinido) o bien la literatura como adorno social (Té literario). Hay algunas piezas que hacen pensar que el genio de Ribeyro se halla un tanto agotado: los cuentos Escena de caza, Conversación en el parque o Nuit caprense cirius illuminata están por debajo del nivel medio de este volumen (nivel que, dicho sea de paso, es francamente alto).

Esta sensación de agotamiento se supera en el que será el último libro de cuentos de Ribeyro, Relatos santacrucinos de 1992. Se trata de un libro muy uniforme, unido por una misma voz narrativa muy cercana a la de Ribeyro. En cada cuento se evoca a alguna persona de la niñez o juventud del autor (o narrador) en Lima. Algunos personajes saltan de un libro a otro, lo que nos lleva a pensar en una novela. Es cierto que cada texto funciona de forma independiente como un cuento, pero un editor que considerase que las novelas se venden mejor que los cuentos no habría tenido escrúpulos en vender este libro como novela y no como conjunto de cuentos. Sin embargo, Ribeyro ha llegado a ser un escritor mucho más considerado en el mundo del cuento que en el de la novela, así que no era necesaria, en ningún caso, esta maniobra. Relatos santacrucinos es un texto nostálgico y crepuscular maravilloso.

El libro acaba con un apartado titulado Cuentos desconocidos, que contiene tres relatos. El primero, Los huaqueros, es un descarte de Los gallinazos sin plumas, que bien podría haber aparecido en ese libro, porque su calidad es pareja a la de aquellos relatos. El abominable es el comienzo de una novela y no un relato, y no deja de ser una curiosidad. Juegos de infancia, más que un relato es un capítulo de una biografía que el autor no tuvo tiempo de escribir. Hay un cuento más, bajo el epígrafe de Cuento inédito. El relato se titula Surf y es un buen cuento sobre la ambición literaria, el arte y la muerte.

Cuando empecé con las 1.038 páginas de La palabra del mudo imaginé que iba a intercalar algún otro libro entre medias, porque pensé que eran demasiados cuentos seguidos y que me iba a cansar. En realidad no ha ocurrido: lo he leído entero (en unas tres semanas) sin acercarme a ningún otro libro. El nivel de estos relatos es realmente alto y, en más de un caso, excepcional. Julio Ramón Ribeyro quedó –en gran medida por voluntad propia– algo alejado del epicentro del boom latinoamericano, pero por la calidad de su obra me parece un escritor fundamental de la segunda mitad del siglo XX. Los cuentos de Ribeyro no tienen nada que envidiar a los de Borges, Cortázar o Rulfo. La palabra del mudo es, en definitiva, un libro maravilloso.