La mujer, el feminismo y Corea del sur

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 Alfaguara publica "Kim Ji-young, nacida en 1982", novela de la coreana Cho Nam-Joo

 

 

 

Texto: DAVID VALIENTE JIMÉNEZ

 

Hace tres años, en Corea del Sur se publicó un libro que alentó a la mujer coreana a levantar la voz contra la desigualdad y los abusos cometidos por algunos hombres. Cho Nam-joo, que así se llama la autora, denunció, mediante un personaje de ficción, Kim Ji-young, la situación de la mujer en los países asiáticos. Mostraba la realidad de millones de mujeres que se levantan cada mañana y que por tener unas condiciones físicas diferentes a las del varón sufren la indiferencia de una parte de la sociedad. La obra se convirtió en un auténtico fenómeno en Asia y poco tardó en cruzar fronteras culturales e instalarse definitivamente en las librerías y en las manos de los lectores occidentales. En España, podemos disfrutar de la obra gracias al trabajo de traducción, edición y marketing de la Editorial Alfaguara que lo publicó en septiembre con el nombre de “Kim Ji-young, nacida en 1982”. Con la excusa del libro, hemos decidido hablar con dos jóvenes coreanas, Lee y Jin (ambos nombres ficticios), de edades comprendidas entre los 25 y los 30, para que nos aporten algunos detalles más sobre la situación actual y pasada de la mujer en Corea del Sur.

kimLa novela cuenta la historia de una joven, Kim Ji-young, que padece los vaivenes de una sociedad machista, a la vez que narra las condiciones en las que su madre y abuela se desarrollaron como mujeres. La autora busca comparar y desentrañar la evolución de la sociedad coreana y mostrar cómo la mujer se ha desenvuelto en ella desde mediados del siglo pasado hasta nuestros días. “La familia de seis miembros incluyendo a su abuela, vivía en una casa de unos treinta metros cuadrados con dos habitaciones, una sala de estar con cocina integrada y un baño”, nos relata la autora al comienzo del libro. Tras la guerra del 50, que dividió al país entre comunistas, al norte, y capitalistas, al sur, las condiciones de vida eran como las sufridas en cualquier posguerra, con el aliciente traumático de que dos pueblos, antes uno, siguen divididos y en estado de alerta, pues la paz entre las dos Coreas aún no se ha firmado y no se aprecia, en pleno siglo XXI, un clima apropiado para que los dos países se sienten a firmar un acuerdo. “La situación de nuestros abuelos era muy mala, la de nuestros padres tampoco fue mucho mejor”, comienza a relatarme Lee. Como refleja la novela, familias enteras vivían en espacios reducidos. “No había otra alternativa, el país acababa de salir de una guerra y la recuperación económica se logró con mucho esfuerzo”, me comenta Lee con cierto temblor inconsciente en la voz.

Pero se logró. Cuando oímos el nombre de Corea del Sur, lo primero que aterriza en nuestra mente son los grandes rascacielos, la poderosa industria y el suntuoso dosel cultural desarrollado en estos últimos años, con estampas tan llamativas como el K-pop o el K-beauty. Dentro de estos cambios, la mujer, no podemos decir que sea a pasos agigantados, abandona su rol hogareño para entrar en el mundo laboral y reivindicarse como sujeto político y activo de la sociedad. “Si se quiere buscar la raíz del machismo en Corea, se debe iniciar la búsqueda en la Cultura China, que defiende la superioridad del hombre frente a la mujer”, indica Jin. En China, Lao-Tse funda una tradición que camina entre los ríos de la filosofía y la religión, en el que la dualidad cuenta con el papel protagonista; Yin y Yang: hombre y mujer. Al hombre se le asocia con el cielo, mientras que la mujer se debe conformar con la superficie telúrica. El cielo envuelve a la tierra con sus lustrosos mantos, por lo tanto la mujer se supedita al hombre por sentencia cultural, impidiendo ninguna posible apelación por parte de ambos litigantes.

A lo largo de la novela, que nos adentra en las sensaciones y experiencias, tanto negativas como positivas, de las mujeres desde que son niñas hasta que alcanzan su etapa adulta, el lector apreciará las continuas dispensas sociales con las que el hombre nace para que la mujer se supedite por completo a él. “Quizás esto no sea tan notorio como en la generación de mis abuelos, pero si es cierto que un “buen hombre” sigue siendo el destino que muchas mujeres coreanas buscan”, nos cuenta Jin. Desde niñas, su educación se centraba, tanto en las escuelas como en las casas, en mostrarles que un hombre las completaría como personas, que sin él, la soledad las abrumaría y pasarían sus últimos días sin nadie que les mirara a los ojos. También las hacían receptoras de un mensaje reiterado: de que por sí solas no serían capaces de mantenerse y que, por lo tanto, si querían, aunque fuera un mendrugo de pan en su boca, el hombre se lo tenía que proporcionar. Así lo refleja Cho Nam-joo en varias escenas del libro; pero sintéticamente reveladoras resultan las palabras dichas por uno de sus personajes, la abuela de Kim: “Gracias a que tuve cuatro varones ahora no me falta comida y cama caliente, pues un hijo me la da. Por eso siempre se deben tener, al menos, cuatro hijos varones.”

Actualmente Corea del Sur se encuentra lejos de la práctica abyecta de golpear a la mujer. “Esta práctica ya no es tan común. Además las leyes de violencia de género se han endurecido, aunque bien es cierto que no tanto como aquí”, se lamenta Jin. En efecto, la sociedad coreana adolece una serie de prácticas que continúan alejándola de la paridad entre hombres y mujeres. El acoso sexual, si bien en España también lo sufren miles de mujeres, en Corea es una práctica extremadamente común y que padecen muchas mujeres en sus centros de trabajo, pero también de estudio, como se cuenta en la novela: “Siempre había algún que otro profesor que les metía mano por la manga para pellizcar la parte más carnosa del brazo de las estudiantes” o siendo menos sutiles “les tocaba las nalgas”. Así actuaban estos profesores y así actúan en Corea muchos hombres con menos escrúpulos que Putin cuando servía en la KGB: “En el autobús o en el metro, no eran pocas las veces que manos sospechosas le tocaban el trasero o le rozaban los senos” y si esto no fuera poco: “había otros degenerados que, sin tapujos, se pegaban a su espalda o pegaban su entrepierna contra su muslo.”, reza con crítica el libro de Cho Nam-joo.

La desigualdad en el ámbito laboral comienza en los colegios. La novela nos muestran como en la primaria las niñas, aún “siendo más maduras y meticulosas” que los niños, nunca conseguían ser delegadas de clase. Se conformaban con ser las ayudantes de los profesores en faenas como “la revisión de tareas o de exámenes” mientras observaban con impotencia que los chicos salieran elegidos delegados de clase. En los clubs de actividades la situación no mejoraba: “Otra regla tácita era que las chicas desempañaban el papel de jefas de limpieza y los chicos el de jefes deportivos”, así nos lo narra la autora.

Tales jerarquías, desde la niñez, quedan adscritas en la mente del individuo, extrapolándolas a las conductas comunitarias. “¿Has visto alguna mujer entre los licenciados?”, le pregunta una amiga a la protagonista de la novela, cuando las dos acuden a un seminario de oportunidades laborales. Como consecuencia, las dos jóvenes no se extrañan al ver que entre los licenciados de su misma universidad, quienes consiguen los puestos en las grandes empresas “son todos hombres”.

Aún teniendo una misma o superior preparación, las mujeres sufren el desdén y el desprecio de los directores de Recursos Humanos: “Está claro que no es conveniente contratar a mujeres, por muy competentes y buenas personas que sean, al menos que tengan solucionado lo del cuidado de los hijos”, comenta el narrador, en el último párrafo del libro, que a la vez es el psicólogo de Kim Ji-young. Muchas mujeres se enfrentan a la difícil tesitura de elegir entre una vida recogida o a las lides laborales y se ven obligadas a renunciar a sus carreras profesionales para dedicarse por completo al cuidado doméstico. “Por este motivo las mujeres prefieren optar por el funcionariado público. Así se aseguran que su puesto y sus derechos van a ser respetados, pero no es fácil acceder a una silla pública, las oposiciones son muy duras -nos aclara Lee -. Por el contrario, la vida en una empresa privada usa las reglas del juego de azar: puedes dar con una empresa que quiera respetarte o puedes ser despedida”.

Si estas presiones no resultaran lo suficiente duras para las mujeres, todavía la sociedad surcoreana mantiene una serie de tabús, que afectan de forma diferente al hombre, relacionados con el sexo y los sentimientos amorosos. Una de las pegas que puedo poner a los personajes de la novela es la distancia, la frialdad con la que trata el tema del amor, además de no aportar datos sobre el descubrimiento sexual femenino, que sin duda también conlleva una serie de problemas. Cho Nam-joo sustituye el calor sentimental que ofrece el amor a las personas por una especie de tibieza rocosa, áspera, poco real. Las palabras amorosas se cubren de una amargura aguda refrendada en ocasiones por el suspiro de unos labios que padecen el amor y de unos brazos que hacen el gesto de envolver el cuerpo pero que en realidad no abrazan. “En Corea los sentimientos amorosos no pueden expresarse por la calle: no verás a dos novios dándose un beso de amor o chocando las narices”, aclara Jin. Para nuestras amigas coreanas muchas de las escenas amorosas y de cama que salen en nuestras series y películas no contarían con el apoyo del público coreano. “No podemos negar que poco a poco las escenas de cama toman cada vez mayor protagonismo en la pantalla coreana, pero ni mucho menos es tan exagerado como aquí”, termina diciendo Lee.

Otro tema muy tratado en la novela y que también supone un cierto tabú es el de la menstruación. Lee me cuenta que en Corea las mujeres se cuidan mucho de que la gente no sepa que están con el periodo: “Cuando vas al supermercado y compras unas compresas sueles ponerlas al fondo de la cesta, debajo de los otros productos que has comprado. Si solo compras ese producto, en la caja te dan una bolsa negra para que nadie sepa que lo has comprado”. Leyendo la novela da la impresión de que la menstruación es tabú incluso entre mujeres: “quizá a ti te de esa sensación porque eres un hombre, pero entre nosotras es un tema que se comenta; es de lo más normal pedir a una amiga una compresa si se te han acabado”, me replica Jin. La soltura de las dos a la hora de tratar el tema conmigo me disipó mis dudas, la sensación de pudibundez exagerada fue una mala pasada que me jugó mi razón y, quizá, también mis prejuicios.

Pero, ¿y el hombre? ¿Qué es de él? “Lamento darte una vida tan dura”, son las palabras dichas por el padre de Kim a su esposa. Lee y Jin coinciden al afirmar que el hombre no se encuentra cómodo en su rol dominante. “En Corea hay un dicho que dice que los hombres solo deben llorar tres veces: al nacer, con la muerte de su esposa y con la muerte de su madre”, me cita de memoria el dicho Lee. En Corea se ha impuesto una especie de censura al sentimiento masculino; el hombre no puede mostrar sus debilidades, mucho menos que esas debilidades le impiden progresar: “Cuando un hombre coreano llora se expone a ser calificado de “chica”. Es mejor que nadie te vea derramar ninguna lágrima”, sentencia Jin. La imposición del rol dominante es un regalo envenenado que la sociedad le da al nacer sin ni siquiera entregarle un tique de descambio por si el producto no le interesara y quisiera adquirir uno nuevo.

A diferencia de China, en Corea el Me Too ha tenido repercusiones importantes, que siguen configurando un camino de igualdad entre el hombre y la mujer. “Seguramente uno de los grandes símbolos del feminismo coreano sea la Procuradora del Fiscal, Seo Ji-Hun”, me comenta Lee subrayando cómo Ji-Hun se ha convertido en una de los nombres con mayor relevancia en Corea del Sur. Como muchas mujeres, sufrió el acoso sexual de uno de sus compañeros: un fiscal que nunca llegó a disculparse por su nefasto comportamiento. Durante años tuvo que callar hasta que el fenómeno Me Too le dio fuerzas para alzar su voz y denunciar los hechos acaecidos. Para muchas coreanas fue y es un ejemplo y gracias a su acto valiente, otras muchas mujeres que han sufrido acaso, levantan diariamente la voz exigiendo un castigo ejemplar para sus acosadores. “El Me Too ha expuesto a muchos hombres que parecían intocables. Algunos no han aguantado la presión, como el actor Jo Min-ki, y han acabado con sus vidas”, comenta Jin. El actor de 53 años se suicidó en los sótanos del edificio donde residía, después de que varias alumnas (entres otras actividades ejercía la docencia en la universidad de Cheonju) lo denunciaran por acoso sexual y de que una empleada de una cafetería interpusiera otra demanda por intento de violación. Dejó una nota de seis folios mostrando su arrepentimiento.

Para finalizar, quiero aconsejar la lectura de este libro a los hombres, las mujeres ya conocen su propio calvario, pero nosotros también debemos de prestar atención a aquellos detalles o actitudes que les resultan molestos y que muchas veces no percibimos por haber sido educados en un sistema que experimenta cambios de manera lenta. No podemos incurrir en los errores que cometieron nuestros abuelos y padres y que seguramente muchos seguiremos cometiendo. Novelas como estas dan voz a la mujer, pero también un aliento y luz a la sociedad.