Julio Ramón Ribeyro: un prosista apátrico

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Último artículo de la serie dedicada a Julio Ramón Ribeyro. En esta ocasión, David Pérez Vega relee Prosas apátridas, reeditadas recientemente por Seix Barral.

 

 

 

 

Texto: DAVID PÉREZ VEGA

 

Entre mi lectura de La tentación del fracaso y Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro (Lima 1929-1994) he dejado pasar unos meses, pero no quería terminar 2019 sin leer el tercer libro de este autor que me envió Seix Barral. Ribeyro escribe en el prólogo que sus «prosas apátridas» contienen «textos que no han encontrado sitio en mis libros ya publicados y que erraban entre mis papeles, sin destino ni función precisos» (pág. 17). En La tentación del fracaso habla de la elaboración de estas composiciones: las llama ya así, Prosas apátridas, y describe el impacto que causaban cuando se las leía, por ejemplo, a sus amigos en una fiesta. Así que, aunque en un principio eran textos que no encontraban acomodo en otro sitio, en algún momento (y es lógico suponer que ese momento se sitúa en 1982, cuando Ribeyro amplía este libro de 1975), ya escribe estas composiciones de forma consciente y autónoma. Dice Ribeyro en el prólogo que sus prosas apátridas no son poemas en prosa. Pero me gustaría matizar que, si bien algunas son reflexiones de carácter filosófico o finas observaciones sobre las personas que le rodean, el impulso de algunos de estos textos sí es eminentemente poético. Por ejemplo el texto que abre la segunda parte del libro:

«Nos paseamos como autómatas por ciudades insensatas. Vamos de un sexo a otro para llegar siempre a la misma morada. Decimos más o menos las mismas cosas, con algunas ligeras variantes. Comemos vegetales o animales, pero nunca más de los disponibles, en ningún lugar nos sirven el Ave del Paraíso ni la Rosa de los Vientos. Nos jactamos de aventuras que una computadora reduciría a diez o doce situaciones ordinarias. ¿La vida sería entonces, contra todo lo dicho, a causa de su monotonía, demasiado larga? ¿Qué importancia tiene vivir uno o cien años? Como el recién nacido, nada vamos a dejar. Como el centenario, nada nos llevaremos, ni la ropa sucia, ni el tesoro. Algunos dejarán una obra, es verdad. Será lindamente editada. Luego curiosidad de algún coleccionista. Más tarde la cita de un erudito. Al final algo menos que un nombre: una ignorancia».

Diría que este texto sí es un poema en prosa. De hecho, lo podría haber escrito dividiéndolo en versos. Suena a esos poemas melancólicos y cerebrales de Jorge Luis Borges. La relación entre Prosas apátridas y el diario La tentación del fracaso es estrecha. De hecho, apunto desde ya que ambas lecturas se complementan muy bien. Alguna reflexión de Prosas apátridas la recordaba del diario; por ejemplo aquella en la que la desaparición de un amigo significa la muerte de una parte de nosotros mismos, porque con cada amigo nos relacionamos de un modo diferente y al desaparecer ese amigo se cierra una gaveta escondida de nuestro ser en la que guardábamos la forma de relacionarnos con él (Prosa apátrida nº 39).

Estos textos están escritos en París, y por tanto se corresponden con la fase de madurez creativa del autor. En ellos aparecen reflexiones sobre su hijo o su gato, de los que ya hemos leído en el diario. También me gustaría apuntar que algunas «prosas apátridas» se pueden relacionar con los cuentos más autobiográficos de La palabra del mudo, sobre todo cuando habla de su enfermedad y su hospitalización, tema central de Solo para fumadores.

Como bien apunta Fernando León de Aranoa en su prólogo, muchas «prosas apátridas» parten de ejercicios modestos: el autor mira por la ventana y comenta algo de lo que ve («al mirar por mi ventana», pág. 40), u observa a diferentes personas y de ahí surge una reflexión («Observando jugar a los niños en el parquecito de la Rue de la Procession»: comienzo de la Prosa apátrida nº 34). En la mayoría de los casos, las reflexiones comienzan con una observación trivial que, gracias a la aguda mirada de Ribeyro, se convierte en símbolo. El texto se remata con una reflexión general. La «prosa apátrida» nº 52 es un buen ejemplo de esto:

«Viajar en un tren en el sentido de la marcha o de espaldas a ella: la cantidad física de paisaje que se ve es la misma, pero la impresión que se tiene de él es tan distinta. Quien viaja en el buen sentido siente que el paisaje se proyecta hacia él o más bien se siente proyectado hacia el paisaje; quien viaja de espaldas siente que el paisaje le huye, se le escapa de los ojos. En el primer caso, el viajero sabe que se está acercando a un sitio, cuya proximidad presiente por cada nueva fracción de espacio que se le presenta; en el segundo, solo que se aleja de algo. Así, en la vida, algunas personas parecen viajar de espaldas: no saben adónde van, ignoran lo que las aguarda, todo los esquiva, el mundo que los demás asimilan por un acto frontal de percepción es para ellos solo fuga, residuo, pérdida, defecación» (pág. 55).

Más de una «prosa apátrida» está recorrida por la vena del humor: por ejemplo, cuando Ribeyro critica a la burocracia; o bien en las anotaciones más sencillas sobre lo más próximo, como la «prosa apátrida» nº 161: «Costumbre de tirar mis colillas por el balcón, en plena Place Falguière, cuando estoy apoyado en la baranda y no hay nadie en la vereda. Por eso me irrita ver a alguien parado allí cuando voy a cumplir este gesto. “Qué diablos hace ese tipo metido en mi cenicero?”, me pregunto» (pág. 130). En otras «prosas apátridas» Ribeyro da rienda suelta a su tristeza y a su crueldad; por ejemplo, cuando muestra la repugnancia que le causa un romance de oficina entre dos compañeros casados sin ningún atractivo físico. En general, Prosas apátridas es un libro lleno de frases afortunadas. Por ejemplo, podemos leer en la página 37: «La madurez es una impostura inventada por los adultos para justificar sus torpezas y procurarle una base legal a su autoridad»; o en la página 38: «La cultura no es un almacén de autores leídos, sino una forma de razonar. Un hombre culto que cita mucho es un incivilizado».

Prosas apátridas es un libro hermoso y difícil de clasificar, un libro lleno de certeras reflexiones sobre lo minúsculo que –como apunta León de Aranoa– rescata la forma de mirar de la niñez; un libro que complementa de forma estupenda el universo de Ribeyro, al que había llegado gracias a los cuentos de La palabra del mudo y el diario La tentación del fracaso. Hacía tiempo que quería leer a Julio Ramón Ribeyro, lo he hecho en 2019 y ha sido una de las experiencias lectoras más satisfactorias de este año. Ribeyro es todo un clásico de la literatura en español del siglo XX y es de agradecer que Seix Barral haya decidido reeditarlo en 2019, por el 90 aniversario de su nacimiento.