Arquitectura poética

Hits: 1077

Un repaso entorno a una serie de poemarios que ponen en diálogo la poesía con la arquitectura

 

 

 

Texto: ENRIQUE VILLAGRASA

 

Me gustan los libros que te llevan a otros libros y si son de poesía, filosofía y arquitectura, pues miel sobre hojuelas. Y esto es lo que me ha pasado tras leer el poemario Arquitectura oblicua (Fundación José Manuel Lara, Vandalia) del reconocido cátedro y poeta Jaime Siles (Valencia, 1951), y al ver que la imagen de portada del libro es una variación de la obra Architectura civil, recta y oblicua… (1678) de Juan Caramuel (ecos del Templo de Jerusalén, Escorial, etc.) esta me ha intrigado y le he echado un vistazo a la tesis doctoral de Carlos Pena Buján La Architectura civil recta y oblicua de Juan Caramuel de Lobkowitz en el contesto de la Teoría de la Arquitectura del siglo XVII (Universidad de Santiago de Compostela. Departamento de Historia del Arte, 2007).

Además, la lectura de este poemario también me ha llevado a buscar datos sobre el arquitecto Claude Parent y el filósofo y urbanista Paul Virilo, quienes investigaron sobre lo arquitectónico y lo urbano en esa función de lo oblicuo, que rechazaba los direcciones fundamentales del espacio euclidiano y apostaba por esa forma oblicua de ver y mirar las cosas, relacionando todo con el desequilibrio y la inestabilidad diríase. Y si en la arquitectura se buscan nuevas sensaciones para que las perciban e interpreten las personas que a ellas se acercan, algo así ocurre cuando te acercas y lees este libro de Siles: “un rumor, que es tiempo,/ una lengua que es brisa”, pues con esa oblicuidad en la mirada del poeta, reflejada en sus poemas, se va más allá y se logra mayor cercanía entre la obra y el lector: la poesía está ahí, solo hay que saber mirarla y naufragar en esta belleza poética silesiana, o lo que es lo mismo, dejar que te atrape este proceso poético silesiano: “como en el ser siempre naufraga el yo”.

La lectura de Arquitectura oblicua me ha recordado las sensaciones de mis primeras lecturas de Música de agua (1983) y Columnae (1987), que son sus mejores poemarios desde mi punto de vista, como lector de poesía. Pero aquí tenemos el poema Recado de escribir, que es una suerte de filigrana barroca y donde encontramos los temas que siempre han preocupado al poeta, desde el paso del tiempo: “(…) El tiempo es el único/ maquillaje real” (dolor que dura siempre y la muerte); y cómo no, el quehacer demiurgo hasta definir la identidad del yo poético: “(…) El yo es un producto/ del lenguaje; el poema, también”, en y con esa realidad inventada que es la palabra, sin ir más lejos: “(…) Esas intermitencias del tiempo y de uno mismo/ son las únicas que iluminan nuestra realidad:/ es el dolor quien orienta sus focos/ hacia ese punto opaco que llamamos el yo/ y que tal vez lo sea, o lo es, o lo ha sido/ y en el que todo aparece confuso/ por la materia en suspensión que arrastra”. La admiración de Siles por Quevedo es conocida: entre otras cosas, por esa feliz convivencia en su obra de la alta cultura y la cultura popular.

Poco o nada con acierto se puede añadir a lo ya dicho por muchos doctos doctores sobre la poesía de Jaime Siles; pero no me cabe ninguna duda de que la poesía de Siles es como navegar por el líquido amniótico, si uno tuviera o tuviese algo más de recuerdo de aquello: “Líquido transparente, espejo añil/ que refleja las voces de un yo sin mí”.

Tengo que escribir que me han atrapado también y de qué manera los poemas sicilianos, pues he recorrido Palermo, Agrigento y Catania las pasadas fiestas navideñas, pues Sicilia bien vale una visita, y estoy plenamente de acuerdo con estos versos: “Jardines de Palermo/ planos en la pendiente/ de la vida que brilla/ cuando todo atardece” y más si también visitas las catacumbas de los capuchinos en Palermo. Aunque haciendo memoria y viendo el mar desde la ventanilla del avión, de regreso de Sicilia, no puedes por menos que exclamar con el poeta Siles: “El mar es el museo/ de arte más antiguo”.

No sé si es necesario señalar que leer Arquitectura oblicua, de 190 páginas y una cincuentena de poemas más bien largos, divididos en cuatro partes, es un volver a mirar todo con esa mirada que nos dan estos versos de metros clásicos y de expresión más libres, que de todo hay. Aunque, no me queda ninguna duda de que esta es una nueva mirada, oblicua si se quiere, en la poesía silesiana de siempre, que nos lleva con una luz, tal vez algo distinta, a descubrir lo que la apariencia oculta: “Las palabras tienen su propio resplandor,/ que no es exactamente el de su yo/ ni tampoco el de su fría y última ceniza”.

 

¿Soy la nieve o soy el pisapapeles de cristal?

Soy ambos en la impresión que aúna la memoria

y soy ninguno en la memoria de los dos.

Sólo la nieve sigue aún cayendo.

Sólo la nieve dentro de aquel pisapapeles de cristal.

                                     (Del poema Nieve interior)