José Luis Cuerda: recordando al genio

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José Luis Cuerda ha fallecido a los 72 años. El director y escritor nacido en Valladolid publicó recientemente "Memorias fritas" en Pepitas de Calabaza, editorial en la que ha publicado sus últimos libros.

 

 

 

Texto: ÁLEX GIL / REDACCIÓN

 

Anda que no pasa el tiempo. Y todo. José Luis Cuerda (Albacete, 1947- 2020) nos resume en las páginas de Memorias fritas su paso por la vida que le ha tocado y que hoy, desgraciadamente, ha llegado a su fin. Y lo hace -lo hizo, qué difícil hablar en pasado del maestro- bien resumido, no esperen aquí un alarde morboso donde se deshuesa a unos y se despelleja a otros. Cuerda nos regala un relato crujiente que destila ese aire socarrón y tierno propio del humor negro de sus trabajos. Hay de todo en estas páginas, de coliflores a viñedos. Cuerda es autor de ese tríptico mágico compuesto por Total, Amanece, que no es poco y Así en el cielo como en la Tierra, tres títulos que configuraron lo que se vino a llamar subruralismo, un subgénero con un pie en el absurdo y otro en nuestra propia historia, y que le otorgaron, como él dice, “su fama de hombre raro, y director rarísimo”. Solo por estas tres películas (y su cierre, la reciente Tiempo después) ya debería tener capítulo propio, y en mayúsculas, en la historia de nuestro cine. Pero esa trilogía amanecista sumó tantos seguidores como detractores en su momento. ¿Qué director de nuestro cine puede alardear de que algunos de sus diálogos se plasmen en camisetas, se hagan peregrinajes anuales a los escenarios de sus películas y se sea algo así como una especie de tuitstar de nuestra cultura? Ningún otro. Y a todo esto habría que añadir su labor como productor, estuvo tras las tres primeras películas de Alejandro Amenábar. O su última pasión: la cosecha de la uva y su conversión en vino.

Todas nuestras vidas son fragmentarias, nos avisa Cuerda antes de marchar una ración de hilarantes anécdotas. Así, desgrana su infancia descacharrada, marcada por el entorno rural y por la profesión del padre: jugador de póker. Hecho que marcaría su devenir posterior. Sus años en el colegio y en el seminario, donde empezó a escribir con profusión y en verso. O en la universidad, donde se hará comunista a bordo de un Dodge Dart y conocerá a aquellos que le marcarán intelectualmente y que acabarían conformando las bases del Cuerda cineasta. Dice dedicarse al cine por convicción intelectual. Desde 1982, año en el que estrena Pares y nones, ha trabajado como guionista, director y productor. En estas páginas hace un repaso a su escueta filmografía, pero no solo eso; recoge también las influencias de aquí y de allí. Cuenta cómo, tras foguearse en la televisión, se dedicó a hacer películas que tratan mayormente de las andanzas y desventuras del ser humano. En todas ellas “los protagonistas pierden”, lo que las dota de un halo, llamémosle místico, en una industria acostumbrada a la pirotecnia del final feliz y, los últimos tiempos, de los superpoderes. La visión agria de la vida, como no puede ser de otro modo, ha marcado su obra, como bien reflejan las páginas en las que analiza, con crudeza y acierto, nuestro cine. En ese desfile de quehaceres desfilan personajes como Manuel Aleixandre, Berlanga, Alfredo Landa o Woody Allen, entre muchos otros. Pero capítulo aparte merece el dedicado a Rafael Azcona, su dios particular. Gracias a Azcona nos movemos todos, dice el director, que trabajó mano a mano con él construyendo alguno de sus más reconocidos guiones, como los de El bosque animado o Los girasoles ciegos. Y mientras esperamos, como Luis Ciges en Así en el cielo como en la tierra, las trompetas del apocalipsis, no podemos más que acabar con el manido todos somos contingentes, pero el maestro Cuerda es necesario. Siempre lo será.