Trabajadores invisibles

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Emile Zola: “un autor es un obrero como otro cualquiera”

  

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Texto: Antonio ITURBE

 

La de escritor es una ocupación que no se contempla en esos larguísimos listados de profesiones que tipifica Hacienda en sus formularios. Para un escritor, en su alta de autónomo (situación en el censo de actividades económicas de la AEAT) no existe el trabajo de escritor y ha de darse de alta en el epígrafe 861-PINTORES, ESCULTORES, CERAMISTAS Y ARTESANOS. Eso sí, de cada factura que emite como escritor, incluso aunque consideren que su profesión no existe (o no merece la pena especificarla), ha de pagar religiosamente su 15% del IRPF por adelantado, su cuota de autónomos (ingrese ese mes o no ingrese) y presentar su declaración del IVA, como cualquier autónomo.

A lo largo de la historia, los literatos (los artistas, en general) han tenido que tener alma circense para mantenerse en la cuerda floja de la supervivencia porque no hay empresas que los contraten: no hay nóminas, ni catorce pagas ni siquiera cena de empresa con karaoke para los escritores. La vinculación del escritor que produce la obra con la editorial que la comercializa es de externo: si el libro se vende, cobran (en el mejor de los casos) un 10% de precio venta del libro (sin IVA) y si no se vende, pueden reclamar al M.A. (Maestro Armero). Siempre les queda, como complemento para llenar el puchero entre libro y libro, ese picoteo de conferencias, cursos, charlas o conferencias, que los convierte en lo que Valle-Inclán describía como “los que se ganan el pan con el sudor de su lengua”.

En el libro Ganarse la vida: en el arte, la literatura y la música (Galaxia Gutenberg) coordinado por Javier Gomá se señalan algunas de las históricas penurias de los literatos, pero también debates sobre la relación entre arte y dinero. Se nos cuenta, por ejemplo, que para Gustave Flaubert “pretender que un escritor se hace más libre y se ennoblece con el dinero que gana, es predicar para el escritor la nobleza de un tendero”. Y a eso Théophile Gautier, en una carta a Ernest Feydau, replica que “Flaubert ha sido más ingenioso que nosotros, ha tenido la inteligencia de venir al mundo con patrimonio, cosa que resulta imprescindible para alguien que quiera dedicarse al arte”.

Emile Zola tiene claro que “un autor es un obrero como otro cualquiera”. Zola celebra el final del escritor apadrinado por algún mecenas adinerado al que ha de seguir como un perro faldero y rendir pleitesía (véase como ejemplo doloroso los serviles prólogos que el pobre Cervantes tenía que escribirle al Conde de Lemos para poder comer caliente). Por mucho que hablar de billetes sea mal visto en los ámbitos más selectos de la cultura, Zola consideraba que “el dinero ha emancipado al escritor, ha creado las letras modernas”. Eso sí, también intuye ya los problemas e intermediarios que afloran en ese sistema capitalista que engulle el proceso de la escritura al pasarlo por eso que se va a dar en llamar unas décadas después de manera paradójica, “industrias culturales”.

En tanto que trabajadores, los escritores tienen su modus operandi, como cualquier profesión. Hay, eso sí, horarios, fórmulas y maneras de lo más diversos dentro del colectivo. En Rituales cotidianos: cómo trabajan los artistas (Turner), Mason Currey ha recopilado los hábitos de trabajo de cerca de doscientos artistas. Nos cuenta que la oficina de trabajo predilecta de Patricia Highsmith era la piltra: “sentarse en su cama rodeada de cigarrillos, cenicero, fósforos, una jarra de café, una rosquilla y un azucarero”. En sus últimos años, añadía a sus útiles de trabajo “una botella de vodka junto a la cama”. Truman Capote afirmaba ser “un escritor completamente horizontal. No logro pensar a menos que esté acostado, ya sea en la cama o tendido en un sofá, y con un café o un cigarrillo en la mano”. Más comedida era la gran Jane Austen, aunque también menos libre. Nunca se casó para poder escribir a su aire, pero tampoco pudo nunca vivir sola. En sus años más productivos vivió en una pequeña casa en la aldea de Chawton (Inglaterra) y allí escribía en la mesa del salón, mientras su madre y su hermana cosían al lado.

Los horarios de trabajo también son muy variables. Muchos escritores han escrito de noche, como Kafka, porque era la hora en la que se hacía el silencio absoluto en la casa de sus padres y cuando podía sumergirse en sus textos, que uno no imagina que puedan escribirse si no es en un estado de máxima inmersión: “el silencio nunca es bastante silencio” solía decir en sus cartas. Francis Scott Fitzgerald tenía un horario estricto, pero no exactamente de oficina. Se levantaba un poco avanzado el día, así que empezaba a escribir a las cinco de la tarde, hasta la madrugada. Pero también le gustaba los cuentos escribirlos de tirón, como Kafka, para no perder el hilo. Hay escritores que sí han sido muy metódicos, como el prolífico Charles Dickens: se levantaba a las siete, desayunaba a las ocho y a las nueve estaba ya en su estudio y no salía hasta la hora de comer. Comía en poco rato y regresaba para trabajar hasta la hora de su largo paseo y para la cena. Tolstoi también escribía desde el desayuno hasta el atardecer, pero en vez de pasear por Londres salía a caballo por los alrededores de su finca rusa de Yanaia Poliana. Hábitos variados para un colectivo heterogéneo con dos únicas cosas en común: su afán por contar y su precariedad laboral.