Daniel Mella, de joven promesa a la madurez del escritor

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El escritor uruguayo tuvo que alejarse de la escritura  más de una década para poder volver a escribir

  

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Texto: DAVID PÉREZ VEGA

 

Daniel Mella  (Montevideo, 1976)  publicó su primera novela con veintiún años: se titulaba Pogo (1997). La segunda, Derretimiento, tan solo un año después, en 1998, y la tercera, Noviembre, en 2000. Con menos de veinticinco años, Daniel Mella había publicado ya tres novelas en Uruguay y empezó a sonar, por entonces, como una de las nuevas voces más potentes y renovadoras de la nueva literatura uruguaya.  Derretimiento llegó a ser publicada en España por la editorial Lengua de Trapo y actualmente es la editorial Comba la que publica su obra. Sin embargo, Mella dejó de escribir (o al menos de publicar) durante más de una década, hasta que en 2013 apareció su libro de cuentos Lava y luego en 2017 publicó El hermano mayor, con ambas obras ganó el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo de Narrativa en Uruguay.

 

Al leer Pogo, novela que se publicó en 1997. cuando tenías veintiún años, he pensado en algunas novelas españolas de la década de los noventa, escritas y protagonizadas por jóvenes, como Lo peor de todo (1992) de Ray Loriga o Historias del Kronen (1994) de José Ángel Mañas. ¿Conocías estas novelas o las habías leído cuando escribiste Pogo?

Leí Lo peor de todo y leí Historias del Kronen y me encantaron y me estimularon. Historias del Kronen no recuerdo exactamente cuándo fue que la leí, si antes o después de escribir Pogo, pero recuerdo cómo me impresionó la aspereza de las frases, lo veloces que eran, lo desesperante que era esa manera de avanzar como una locomotora ciega. Y recuerdo a la perfección cuando leí Héroes, que fue como me enteré de la existencia de Ray Loriga. Amé ese libro. Es una joya. Esas imágenes. Me parecía tan único ese estilo, tan lleno de sentimiento. Lo leí poco antes de escribir Pogo, a los diecinueve. Nunca había leído algo así.

¿Sientes una conexión entre Pogo y aquella narración joven española de los 90?

Cuando fui a Madrid a presentar Derretimiento en el año 1999 me compré una remera de Tokio ya no nos quiere, negra con letras rosadas. La usé durante muchos años. La única remera literaria que me puse en mi vida. O sea que sí siento una conexión. Leer a Loriga, a Mañas, a Easton Ellis, también a Juan Manuel de Prada, me inspiró mucho. Eran todos escritores que habían publicado bastante jóvenes. Me ayudaron a confiar en que se podía ser joven y escribir cosas valiosas y además obtener cierto reconocimiento por eso.

En Uruguay ¿se produjo algún fenómeno editorial parecido sobre la narrativa escrita por jóvenes tan importante?

En Uruguay en los noventa hubo varios escritores veinteañeros que publicaron sus primeros libros. No llegaron a conformar una movida, tal vez por lo distintos que eran entre sí. Pienso en Ramiro Guzmán con su prosa alucinada, en Pablo Casacuberta con su prosa sublime, pienso en Ricardo Henry con su escritura delirante, Gabriel Peveroni con su realismo sucio y poético, pienso en Gustavo Escanlar que, aunque era un poco mayor, lo sentíamos cercano. Tampoco generaron una movida supongo que porque por estos lares, con un mercado tan pequeño, el éxito o el reconocimiento que se puede lograr es siempre muy modesto.

A Pogo le sobrevuela una sensación constante de violencia hacia la figura de la madre. Teniendo en cuenta lo joven que eras entonces cuando la escribiste, ¿pensaste que tal vez no deberías tratar de publicar ese libro por temor a las reacciones familiares?

Sí que lo pensé. Lo pensé incluso mientras lo escribía, cuando todavía ni siquiera aspiraba a que fuera publicado. Me sorprendía toda esa negatividad, por así llamarla, pero al mismo tiempo sentía la necesidad de volcar todo eso en el papel. Mil veces dudé ante una frase o una escena por miedo a lo que fueran a pensar. La figura de mis padres aparecía como un censor en mi cabeza, y fue recién cuando dejé de escuchar esas voces que pude sentirme libre para escribir lo que sea que tuviese que escribir.

En la década de los noventa eras un joven interesado en el baloncesto y el surf, ¿cómo tuvo lugar el proceso que te llevó a escribir una novela?

Hacía surf y jugaba al basket desde chico. El surf me encantaba pero solo podía surfear durante el verano. El basket podía jugarlo todo el año y todo el año entrenaba y me iba bien. A los 18 estuve en la selección juvenil que disputó el sudamericano en Oruro y cuando volví a mi club habían cambiado de director técnico y el técnico me sentó en el banco. Me quise cambiar de club pero no me dejaron. Según la ley tenía que dejar de jugar por todo un año para quedar libre y caí en una depresión y entonces escribí Pogo en cinco días de furia. No sabía que estaba escribiendo un libro. Nada más empecé a llevar un diario y en el diario empezaron a meterse recuerdos y también empecé a inventar muchas cosas y al final terminé escribiendo una especie de novela corta. Lo que pasa es que yo también escribía desde muy chico. Llevaba diarios personales, escribía cartas, poemas. La escritura había sido una compañía constante para mí y fue a lo que pude agarrarme en ese momento.

¿Y cómo llegaste a publicar?

Estaba en mi primer año de Ciencias de la Comunicación y tenía un profesor, Christian Kupchik, que siempre me ponía las notas más altas. Fue a él que le mostré esa especie de libro que había escrito y él de inmediato se ofreció a llevarlo a una editorial independiente, Aymará, que publicaba las cosas más arriesgadas del momento y que estaba dirigida por Gustavo Wojciechowski, editor y poeta que sigue al firme hasta el día de hoy. Poco tiempo después firmábamos contrato.  De no ser por estos dos personajes providenciales, yo no habría sabido cómo hacer para publicar. Tuve mucha suerte. No era nada fácil publicar en aquel entonces.

¿Tuvo alguna repercusión la publicación de tu novela o pasó lo que ocurre casi siempre: nada?

En esto también tuve mucha suerte. Pogo tardó un año y medio en publicarse. Aymará era muy pequeña y publicaba cinco o seis libros por año nada más, así que tuve que esperar. En ese lapso escribí Derretimiento. Para ese entonces yo me había hecho de un amigo, Ricardo Henry, y Ricardo le llevó el manuscrito a Mario Levrero y Levrero se lo llevó a Trilce, la editorial que lo publicaba a él, una editorial más grande y establecida que Aymará, y los de Trilce la quisieron publicar en seguida. Así que terminaron saliendo los dos libros casi al mismo tiempo, Pogo a fines de 1997 y Derretimiento a comienzos de 1998 y eso fue lo que causó furor. Por furor me refiero a notas de dos páginas en los suplementos culturales más importantes, reseñas largas y exultantes, un par de tapas de revista, radio, televisión, se me puso el mote de promesa de la literatura, todo ese rollo.

Derretimiento se publicó en España en 1999 por la editorial Lengua de Trapo, ¿qué tal fue la experiencia?

Derretimiento se publicó en España al año siguiente de haber sido publicada en Uruguay, cosa que también fue bastante extraordinaria. No era común que un escritor uruguayo publicase fuera de fronteras, menos aún siendo tan joven. Yo no tenía muy claro lo afortunado que era. La gente de Lengua de Trapo me invitó a un congreso de escritores hispanoamericanos que organizaron en Madrid y allí presentamos el libro. Fue el primer viaje que me pagó la literatura. Fue interesante pero también muy raro. Yo era el más joven y era bastante tímido y no sabía mucho de literatura, menos aún de cómo funcionaba la industria. Conocía a muy pocos de los escritores que participaban del encuentro, así que me mantenía un poco apartado. Igual hubo algunos que me tendieron una mano hospitalaria: Alberto Fuguet, Edmundo Paz Soldán, y Escanlar, con el que nos fuimos de parranda varias noches. Me causó una mezcla extraña de sentimientos ese congreso. Para mí la escritura era algo privado y de pronto me encontré con que los escritores se reunían y daban charlas frente a auditorios repletos y se preocupaban por las ventas de sus libros y por conseguir entrevistas. Algunos vendían mucho, vivían de lo que escribían, y al mismo tiempo que todo aquel asunto me atraía, me provocaba rechazo. Hasta que uno de mis últimos días en Madrid entro a la librería más grande que había visto en mi vida, no recuerdo cuál, y mi libro estaba en la mesa de novedades junto con otros veinte o treinta, y entonces supe que mi libro en una semana pasaría de la mesa de novedades a un estante y se perdería entre los otros miles de libros que había en todos esos estantes y luego lo más seguro es que pasaría al olvido. Un golpe de realidad, digamos. El libro fue bien reseñado, recuerdo, pero no debe haber vendido mucho. Al menos nunca me enteré de las cifras.

En El hermano mayor, tu narrador afirma: «Le dije que no era raro que la familia de un escritor apareciera, más o menos disfrazada, en sus textos. Los escritores que no escribían sobre su familia, especialmente sobre sus padres, eran generalmente malos escritores, les dije.» ¿Crees tú realmente en estas palabras?

Bueno, creo y no creo. Supongo que es imposible que la figura de la gente que más te marcó no gravite sobre los textos que escribís, sean tus padres por su presencia o por su ausencia, tus hermanos, tu tía, tus amores. Cuando escribí eso tenía en mente a algunos de mis escritores favoritos: a Hemingway, por ejemplo, que le da abundante entrada al padre en sus cuentos, a Bernhard, cuyo abuelo tiene un lugar preponderante en varias de sus novelas, a Kafka. Me parece que en muchos casos los escritores se forman de muy pequeños como observadores del comportamiento humano y las primeras personas a las que observan son a los que tienen más cerca. Los padres y las madres son sujetos de observación especialmente fascinantes, en parte por todo lo que ocultan. Despiertan al detective en el hijo. No considero que sea obligatorio escribir sobre ellos. Pero en cierto modo representan algo sagrado e intocable. Tal vez lo que quise decir con eso es que para ser buen escritor hay que animarse a meterse con todo, hasta con lo más sagrado.

Por lo que deduzco de tus textos, aunque no sé si estoy confundiendo al personaje narrativo con el escritor, provienes de una familia que había sido bastante religiosa, ¿consideras cerrado el tema religioso en tu obra o volverás sobre él en futuras narraciones?

Mi familia era mormona. Yo crecí mormón y luego me abrí de la iglesia. No lo considero para nada un tema cerrado. Aunque no busco escribir sobre eso, noto cómo se cuela de tanto en tanto en mis textos cierto aire místico. Quizá porque si bien dejé a la iglesia atrás, lo espiritual nunca dejó de interesarme. No sé si el tema figurará en mi obra futura, si es que esa obra ha de existir.

Tu padre fue uno de los primeros aficionados al surf en Uruguay y, no hace mucho, publicó un libro sobre sus experiencias como surfero. ¿Cómo lee un escritor el libro de su padre, cuando este no se dedica a la escritura?

Fue muy interesante. Muchas de las historias que él cuenta yo las conocía. Son las historias que nos contaba a mí y a mis hermanos de pequeños y son fascinantes. Lo ayudé con la revisión y el armado del libro y resultó un libro muy bello y variado, con partes narrativas, otras ensayísticas, un capítulo que son puras cartas, otro un diario de viaje. Escribe muy bien mi padre. Está claro que, en buena medida, mi gusto por la literatura viene de su parte. Los libros que había en casa cuando yo era chico eran suyos, aquella colección de no recuerdo qué editorial con las historias de Sandokán, Guillermo Tell, Robin Hood, también los libros de Julio Verne. También fue él, junto con mi madre, los que sin saberlo me empujaron hacia la escritura cuando para mi sexto cumpleaños me regalaron un cuaderno verde, de tapas duras, para que llevara un diario. Ahí fue cuando le agarré gusto a la escritura, a pasar tiempo solo con las palabras,

Derretimiento es una novela desgarrada y onírica. Me ha hecho pensar en esas novelas «raras» de la narrativa uruguaya como La mujer desnuda (1950) de Armonía Somers o París (1980) y Fauna / Desplazamientos (1987) de Mario Levrero.

Levrero era uno de mis escritores favoritos ya por aquel entonces. La ciudad y Desplazamientos fueron novelas que me marcaron. A Armonía no la había leído todavía. También creo que hay cierto tinte emocional que Derretimiento le debe a El pozo de Onetti. Es posible que el narrador de Derretimiento sea Eladio Linacero sin la vía de escape de la literatura. Si Linacero no hubiese tenido ese mundo tan vívido -hecho de memoria y fantasía- donde refugiarse, probablemente hubiese terminado convirtiéndose en asesino.

¿Con qué autores podrías relacionar la prosa cortante y elusiva de Noviembre?

Cuando escribí Noviembre leía mucho policial y novela negra, eso recuerdo, y tal vez por ahí venga lo cortante y elusivo del libro. También estaba leyendo a Cheever y a Salinger y a Carver. Noviembre fue mi intento por mezclar la novela negra con un drama sentimental de clase trabajadora, creo yo.

En un periodo de tres años, entre 1997 y 2000, publicas tres novelas que, con menos de veinticinco años, te sitúan con firmeza sobre el tablero de la nueva narrativa latinoamericana y, de repente, desapareces durante trece años y no regresas hasta la publicación del volumen de cuentos Lava, en 2013, ¿qué te ocurrió?

Me identifiqué demasiado con ser escritor. Me obsesioné. Mi felicidad dependía de si escribía una buena página o no. Me lo empecé a tomar demasiado en serio, a tener expectativas demenciales, dejé de disfrutar el proceso y me tomé una vacación de diez años. También creo que era demasiado joven y precisaba vivir. Escribir es como llevar dos vidas. Y eso en el mejor de los casos. En el peor, escribir se come a la vida y es como no vivir en absoluto. Precisaba abandonar todo eso para verlo mejor, de lejos. Empecé por desprenderme de casi toda mi biblioteca. La miraba y me daba náuseas. Lo que no hice fue dejar de leer, aunque no leía al ritmo de antes. A veces alguna cosa que leía me provocaba una especie de reflejo y me ponía a imaginar, especialmente cuando leí a Shakespeare por primera vez en un sótano amueblado que alquilaba en el barrio de Astoria, en Nueva York. Esa fue la única vez que agarré una birome y escribí. Empecé una obra de teatro en inglés, pero en seguida la abandoné. Al rato me volví, tuve dos hijas y me dediqué a criarlas. Era hermoso no ser escritor.

Y ahora, ¿te gustan los festivales literarios y relacionarte con los escritores?

Siempre creí que la vida literaria consistía en escribir. O sea, darle a la escritura un lugar prioritario en tu vida. No sabía que tenía un costado social. Son raros los congresos y festivales, no necesariamente porque tengas que convivir con escritores, sino porque estás obligado a convivir con gente que no conocés, que encima son escritores a los que en su mayoría no leíste y que tampoco te leyeron a vos y entonces abundan las situaciones incómodas. También se hace mucho lobby y eso no me resulta natural. Durante mucho tiempo soñé con que mis libros hicieran su propio camino sin mi ayuda. Que fueran publicados y leídos por lo buenos que son, no porque yo les hiciera propaganda o tejiera relaciones convenientes para eso. Ahora ya no soy tan fanático. Aprendí a relajarme. Acepto las invitaciones. No todas, pero sí las que me parecen interesantes, y lo paso bien. He hecho buenos amigos en los últimos festivales a los que he ido.

Si alguien quisiera conocer la literatura uruguaya, ¿a qué autores le recomendarías leer?

A Marosa di Giorgio, Mario Levrero, Felisberto Hernández, Juan Carlos Onetti, los cuatro ya fallecidos. Y a  Gustavo Espinosa, Leandro Delgado, Fernanda Trías e Inés Bortagaray.

¿Cuál es tu canon literario personal?

Mis primerísimos amores fueron García Lorca y Becquer. Después vinieron Cortázar y García Márquez. Después Bret Easton Ellis, Lautreamont, Onetti, Ray Loriga, Jerzy Kosinki, Paul Auster, Levrero, Raymond Chandler, Jim Thompson, Lovecraft, Pessoa, Hemingway, Faulkner y Henry Miller. Los autores a los que no dejo de echar mano estos últimos años son Salinger, Felisberto Hernández, Levrero, Borges, el Ishiguro de Los restos del día y Pálida luz en las colinas, Elizabeth Smart, Anne Carson, Platón, Cormac McCarthy, Bernhard, Carver, Shakespeare, Dostoievsky y Ted Chiang.

El hermano mayor, tu último libro, se publicó en 2016. ¿va a aparecer pronto otro?

Este año, si la economía lo permite, voy a publicar un relato puramente autobiográfico situado en mis últimos tiempos en Nueva York. También voy a publicar un minilibro de poemas, cosa que me tiene entre nervioso y entusiasmado porque hacía más de veinte años que no escribía poemas. Por lo demás, no tengo un proyecto en ciernes. Esta cuarentena, quizá porque todo el mundo parece estar escribiendo o diciendo algo, no me ha inspirado para escribir. Digamos que estoy en pleno modo lector.