Ramón Andrés, el poeta que apuesta por la ecología emocional

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"Los árboles que nos quedan" es filosofía hecha verso

  

Árboles1

 

 

Texto: Enrique VILLAGRASA  Foto: Asís AYERBE

 

Tal vez el trabajo del poeta sea escupir, escupir metáforas y versos que se levanten dando martillazos contra las concepciones que juzga negadoras de los valores vitales y que someten al hombre a una lenta pero segura degradación, o al menos esto es lo que se entiende tras la lectura de Los árboles que nos quedan (Hiperión), del ensayista, poeta y traductor, además de musicólogo Ramón Andrés (Pamplona, 1955), quien en su versos realiza una firme apuesta por la ecología emocional, no dejando de asombrar cada vez que se (re)leen. No cabe duda alguna, es filosofía hecha verso: poesía con ecos del gran Nietzsche. Y filosofía en 35 poemas con ritmo alejandrino. Poesía que es palabra sometida a ritmo. Que es tiempo, soledad, espacio, música, miedo y muerte aun sabiendo escuchar, mirar y ver las pequeñas cosas de cada día o por eso precisamente: “o el pan comprado ayer que se ha secado”. Los límites del poeta y su poesía son infinitos para aquellos como él que observan en silencio, puesto que: “Desconocen que la noche/ es de aquellos que tienen su misma oscuridad”.

Queda claro que el poeta Ramón Andrés, escribe textos por y para la defensa de la vida, canta a la naturaleza, a su belleza: objetivo y recompensa: “Escuchadlos en sus ramas; nos avisan, aconsejan”. Es un poemario duro, que exige la atención del lector y pide su osadía y complicidad: poemas, tal vez un poco extensos y densos: más menos, de veinte a treinta versos de gran enjundia; donde hay que reconocer que nos encontramos ante una de esas creaciones intelectuales en las que el espíritu humano se eleva a una altura considerable: la mística de la ascética y viceversa. ¡Esto es poesía y lo demás son zarandajas!: “un recuerdo de hierba y la imagen de una tala”.

Ramón Andrés 2Los árboles que nos quedan es un título especulativo, que nos remite al pensamiento, al lenguaje que le echa un pulso a la vida y se hace su amante y da forma a esas sensaciones y experiencias. Los poemas que nos ocupan están llenos de sentidos y vivencias; y con ella y en ella, en la poesía, figura la existencia, como misterio, y como forma, asimismo, del límite infinito: cual pentagrama que en él se está constantemente componiendo: cual pensamiento elástico: elíptico: todo dentro de las pautas y desde ellas y a pesar de ellas para asaltar el verbo y lograr imprimir diversas tonalidades a los versos y a los poemas: “Es este, acéptalo, un poema de amor,/ la forma de pedir que seas siempre amado y que ames”.

Creo que es la manera que tiene el poeta de velar y desvelar las sombras de lo que sucede a nuestro alrededor y así comprender aquello que nada dice y todo calla: “Aquí el silencio es fruta, y antigüedad de ahora”. El poema escrito tal vez sea un acercarse a lo que el silencio clama, a lo que nos es negado a la comprensión. Este libro de Ramón Andrés, de unas 80 páginas, es también de lectura inquietante, pues nos hace poner en duda todo lo que vemos y nos hace reflexionar ante el horrible e incierto panorama que tenemos: horrible pandemia política que nos atenaza diríase: “Viven convocados y no oyen”.

Así, en este poemario nos encontramos con un mundo poético filosófico musical, del silencio y para el silencio: “El silencio aguanta más que la piedra,/ casi todo lo construido lo está sobre él”. O lo que es lo mismo, un poemario para las personas que saben escuchar desde las ruinas y reflexionar y pensar: de lo que estamos faltos: “y cuando canta es lo alto y venidero”.

Terminarán de leer este libro, aquellas personas que se atrevan, y les dará la impresión de que son unos privilegiados y que saben más: que tienen más conocimientos que les interpelan y les llevan a otros libros. Lo que me hace recordar aquello que dejó escrito Borges: “un poema, o un verso, es un sistema de cadencias, de imágenes y de palabras, del todo inaccesible a la mera lógica e indescifrablemente secreto”.

Hay que señalar, por último, que Ramón Andrés ha publicado, entre otros libros de ensayo, Tiempo y caída. Temas de la poesía barroca (1995); Johann Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros (2005); El mundo en el oído. El nacimiento de la música en la cultura (2008); No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio (Siglos XVI y XVII) (2010); Diccionario de música, mitología, magia y religión (2012); El luthier de Delft. Música, pintura y ciencia en tiempos de Vermeer y Spinoza (2013); Semper Dolens. Historia del suicidio en Occidente (2015); Pensar y no caer (2016); Claudio Monteverdi. Lamento della Ninfa (2017); y Filosofía y consuelo de la música (2020), todos ellos en Acantilado. Como poeta, cabe citar La línea de las cosas (1994), publicado por Hiperión; La amplitud del límite (2000) y Poesía reunida y aforismos (2016), que contiene un poemario nuevo titulado Siempre génesis. En 2015 le fue concedido el Premio Príncipe de Viana de la Cultura. Y desde 2018 es miembro de la Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi.

                                                                                          

ÁRBOLES FINALES

Los árboles que nos quedan son aquellos,

los todavía no alcanzados. En sus claros se decide

qué sombra infundir en cada uno de nosotros.

Tienen, a su modo, una voz llamada hacia arriba,

como el que arquea las manos en torno a la boca

para ser oído en lo más alto y pedir que alguien

se haga cargo de los que estamos aquí. Ultimados.

Todo árbol cobija a un muerto y lo mantiene

en la savia, lo hace suyo y lo ampara, le da un suelo

de corteza y de hojas caídas para él.

Los bosques pueden salvarse en los que han sido,

quiero decir, en el recuerdo que guardamos de ellos.

Tendrá un hogar en el color del haya quien los defienda.

Hay árboles que parecen anteriores a la tierra, los robles

y los tejos, por ejemplo, arraigados en una mano perdida

y mortal que quiso hacer el mundo y no pudo.

Escuchadlos en sus ramas; nos avisan, nos aconsejan.

Son las obras completas del reposo.