Nabokov, el espía de Dios

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La Uña Rota publica por primera vez en castellano la obra de teatro de Nabokov “Tragedia del señor Morn”

  

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Texto: Óscar AYALA

Se diría que Nabokov (San Petesburgo, Rusia, 1899-Monterux, Suiza, 1977) tomó como precepto las palabras que Shakespeare presta al rey Lear: «…contaremos cuentos viejos y nos reiremos al ver a esas doradas mariposas, ... y penetraremos en el misterio de las cosas, como si fuéramos los espías de Dios, y nada nos importará…». Quién dudaría si apareciera ese fragmento en una carta del celebrado escritor y entomólogo a su futura esposa, Verá Slónim, en aquellos meses de 1923 en que le daba cuenta del progreso de Tragedia del señor Morn (La Uña Rota). Una obra de teatro en cinco actos, en el pentámetro yámbico shakespeareano, que Rafael Rodríguez traduce en lucidos endecasílabos para poner en valor la obsesiva voluntad de estilo de un Nabokov que, entonces, no llegaba a los 24 años.

Cuando uno lee en la misma frase «Praga» y «1923» no puede evitar pensar en un Kafka ya fatalmente debilitado. ¿Se cruzarían alguna vez, sin conocerse, a orillas del Moldava, el cada vez menos vivo Franz y el joven entusiasta Vladimir? Nabokov, ya privado en el exilio de los muchos posibles de su infancia, gozaba aún de una posición que le permitió estudiar literatura en Cambridge. Aún no conocía el alemán, su padre había sido asesinado por un protonazi ruso, había roto con su prometida tras conocer a Vera y toda su ambición era ser alguien en el mundo de las letras. Acababa de traducir Alicia en el país de las maravillas al ruso, pero estaba aún muy lejos del Nabokov reconocido (en inglés) de los cuarenta y mucho más del consagrado y millonario autor de Lolita. Mientras Joyce, Proust, Rilke, Pound, Vallejo, Eliot, nuestro 27, los surrealistas o Pirandello estaban lanzando los proyectiles de la gran revolución literaria del siglo XX, él seguía deslumbrado por sus lecturas de Pushkin, Dumas, Hugo, Verne y, sobre todo, Shakespeare. En este contexto, retrasa su marcha a Berlín (el destino de buena parte de los rusos exiliados) para intentar terminar esta sorprendente «obra menor» que, gracias a La Uña Rota, podemos leer por vez primera en español.

Tragedia del senSor morn edQuien venga a buscar en ella al recién forjado héroe contemporáneo saldrá escaldado y molido por la fuerza de una tragedia isabelina concebida trescientos años más tarde. Morn es un rey que consigue pacificar su tierra al derrocar a Tremens, un tirano revolucionario cruel y delirante. Todo es hermoso hasta que el rey se prenda de la mujer de un revolucionario que, al regresar y conocer el percal, lo desafía, venciéndole y por tanto dejando sentenciado su suicidio. Morn, no obstante, opta por el amor y, con su amante, abandona el reino. Evidentemente, el final trágico está escrito. Pero, ¿qué pretendía Nabokov con esta obra? Aunque atractivo, resulta estéril en términos artísticos buscar en Tremens al líder revolucionario ruso o en aquel reino el país de su infancia. Por muy sugerente que resulte el apunte de que todo es un sueño de un enigmático personaje bautizado El Extranjero, que parece haber creado el rey como fantasía contra la tremenda realidad de su país, este detalle evoca más la técnica cervantina del «cuento dentro del cuento» (tan admirada por Nabokov) que otra cosa. De hecho, en ocasiones los personajes son casi pirandellianos, marionetas expresionistas, piezas movidas por el gran ajedrecista que también fue Nabokov. Hay quien destaca el pequeño brote de la falsedad, el sexo, los celos o el miniaturismo que aparecen en obras posteriores del escritor, si bien ni registro, ni género, ni lecturas ni ambición artística permiten concluir nada en ese sentido.

Nuestra recomendación, por tanto, no es buscar rasgos definitorios ni correspondencias vitales, por más que otros se afanen en esbozarlas. La máxima nabokoviana de «no conciliar la ficción de los hechos con los hechos de la ficción» nace, evidentemente, como reacción a la rehumanización del arte de los treinta, pero el convencimiento de que a una obra de arte solo se le deba exigir emoción estética es de raigambre romántica, y no ha necesitado manifiestos contra los que reaccionar: una obra es grande si, y solo si, provoca un encantamiento que permita al lector asumir, como decía Shakespeare, «el misterio de las cosas», y este surge del contacto entre realidad y ficción, pero, sobre todo, entre código literario y código comunicativo. Cuando se califica a Nabokov de «esteta» o de «puro» en realidad se está poniendo en valor esa obsesión por la palabra justa que, ella sí, encontramos ya en aquellos años y además en su versión más compleja: la de contar una historia en verso a través de lo que dicen los personajes. Había que ser muy valiente o muy joven (Nabokov lo era) para tratar de triunfar con una tragedia shakespeareana en aquellos años, así que, cuando menos, le debemos al «espía de Dios» la lectura desprejuiciada de esta enorme obra menor.