"Todo es agua", 14 relatos para hacernos preguntas sobre la existencia

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Begoña Fidalgo publica su primer libro de relatos apadrinada por Ricardo Menéndez Salmón

  

Begoña Fidalgo Todo es agua 2

 

Texto: Enrique VILLAGRASA

Begoña Fidalgo Domingo (Teruel, 1966) presenta su primer libro de relatos Todo es agua (Pregunta), con prólogo de Ricardo Menéndez Salmón, hoy en la librería Cálamo de Zaragoza. 14 relatos que te atrapan, de hecho, los he leído de tirón y he quedado conmovido y emocionado. Es una escritora insólita, por la imaginación, la inteligencia que demuestra, el humor y esa desconcertante habilidad para la ocultación en los finales de los relatos. Con qué habilidad pergeña y resuelve los relatos, no en vano su profesión es la contabilidad y la gestión de pequeñas empresas. Estudió Ciencias Empresariales en la Universidad de Zaragoza y es Técnica en Administración de Empresa por la EOI. Además ha estudiado escritura creativa en los talleres de Isabel Cañelles y en Ítaca Escuela de Escritura.

Es un libro de preguntas existenciales que tratan de contestar las protagonistas de cada uno de los relatos. Cada una de ellas hablan de sí mismas y de su propio destino, extraña e irremediablemente prendidos en las circunstancias: “Catalina no publicó ningún libro, ni tuvo un cafetal en África, pero hizo un taller de perforaciones. Y siguió llenando cajas redondas de galletas con hojas rectangulares”.

Creo que el estudio de Empresariales le ha dado firmeza y seguridad en la escritura. Puede decirse que es una técnica consumada de la prosa. Una narradora madura y completa. Y seguramente tendrá muy buena acogida crítica y de personas lectoras pues muchas de ellas, las mujeres sobre todo, se verán reflejadas en estos relatos. Algunos con tonos líricos y bellas imágenes: “Fui al baño y unas gotas inesperadas brotaron de mis ojos, probablemente del frío”.

Todo es agua 2También son relatos acerca de la búsqueda de la verdad. Teniendo claro que si difícilmente podemos comprender a los demás, no hay tarea mayor que la de comprendernos a nosotros mismos: “No me importa que estén muy rotas, los trozos rotos se pueden unir”. Son relatos cómicos a veces, desgarradores otras, pero siempre con esa fina e intensa ironía que nos deja atónitos para bien, pues no dejan de ser un regalo para el cerebro estos relatos, que parafraseando a Begoña podemos decir que estos textos crujen como el hielo.

Y es que a uno siempre le ha gustado que le cuenten historias y leer a Fidalgo es como estar sentado ante el fuego, jugando con el badil, y escuchando que “aquello de tapar lo que hay dentro me pareció una señal de modernidad”. Y al lado de o “junto a unas tijeras de podar que él tenía por escultura”. Me recuerda a las historias que escuchaba de pequeño en el hogar de casa, en la calle del Temple en Burbáguena, mientras mi padre y mi tío Ramón fundían el plomo para hacer nuevos cartuchos para la caza: “hasta que oía a Elma bajar las escaleras y decir que éramos comunistas y que no existía la propiedad. No sé en qué tebeo leyó aquello. He rebuscado en todas las cajas y nunca lo he encontrado”.

Estos relatos están construidos, diríase, a partir de una alusión, de una o varias insinuaciones cuyo recorrido fijará la persona lectora. Historias, pues, que se recrean en esa normalidad aparente, hoy igual hay otra nueva normalidad, mostrando hasta qué punto son difusos los límites de esa gestión existencial, como ese personaje que vemos cuando llega en zapatillas y gamuzas en los pies. Igual siempre ha estado ahí y es el Pepito Grillo de cada uno. Hay que citar que en estas historias, relatos, se pueden rastrear muchas herencias como la sinuosidad estilística, la complejidad y ambigüedad, la densidad narrativa; pues, todo eso resulta inesperado en un primer libro escrito, además de con sencillez y un singular humor, con maestría narradora. Para mí, la mayor sorpresa ha sido descubrir a una auténtica escritora. ¡Gracias, Begoña Fidalgo, por escribir!

Solo hay que leer el inteligente y explicativo prólogo de Menéndez Salmón para saber que Todo es agua es “celebrativo e incómodo, como cualquier literatura que se precie. Reparte sonrisas, incluso alguna carcajada, pero también afila cuchillos y cosecha espinas. Es inmune a la estupidez y valiente en las estancias que airea. Y en mi ánimo, más allá de fronteras e idiosincrasias, se emparenta con escrituras tan exigentes como las de Amy Hempel, Grace Paley o Lore Segal. Escritoras, en definitiva, que menciono apenas para proponer filiaciones, pasadizos secretos, correspondencias entre un modo de estar en el mundo y su plasmación mediante fricciones, pero que no persiguen tanto rastrear una genealogía literaria como postular una evidencia: que Begoña Fidalgo ha venido para quedarse”. ¡Ahí es nada y amén!