Sexo, amor y castigos en la época de Mao Zedong

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El autor chino Wang Xiaobo narra en “La edad de oro” las relaciones amorosas y sexuales en la China de la Revolución Cultural

  

La edad de oro. Xiaobo

 

Texto: David VALIENTE

Dos jóvenes comienzan a mantener relaciones sexuales. Con el tiempo, la atracción física y el deseo se transforman en amor. Nada de especial hay en esto, salvo si las llamaradas despiertan en la China de la Revolución Cultural. “La edad de oro” (Galaxia Gutenberg), obra del reconocido autor chino Wang Xiaobo, narra las peripecias amorosas y sexuales de dos jóvenes, Wang Er, su alter ego, y Chen Qingyang, dentro de una comuna rural.

Busqué la ayuda del profesor de la Universidad de Salamanca Ismael A. Maillo, especialista en la obra de Wang Xiaobo, para comprender mejor la sociedad que retrata Xiaobo. “No se deben de confundir las comunas rurales con los campos de trabajo”, nos aclara. Las primeras son “unidades o equipos de trabajo mediante las que se organizaba la mano de obra en todo el país”. También, estas comunas rurales servían para la reeducación de los urbanitas, en un momento en el que las universidades tradicionales habían sido clausuradas para favorecer el cambio que China experimentó durante los 10 años que duró la Revolución (1966-1976). En cambio, los campos de trabajo, similares a prisiones o campos de concentración, servían al gobierno maoísta para encerrar “a disidentes, intelectuales y otros “indeseables”.

La inexistencia como forma de vida

La historia comienza con la visita de Chen a la caseta de descanso de Wang. Chen es una doctora de 23 años preocupada por los rumores que por el campo corren de que ella es una golfa. Wang, a quien acababa de conocer hace unas horas por una visita que hizo a la enfermería, la escucha pacientemente imprimiendo la atención justa en cada lamento de la joven. Cuando termina su perorata, Chen escucha las reflexiones de su interlocutor: “Si todos dicen que eres una golfa, entonces lo eres y no hay nada que argumentar (…). Respecto a por qué todos dicen que eres una golfa, en mi opinión es porque la gente en general piensa que si una mujer casada no se acuesta con los hombres de otras, entonces debes de tener la piel oscura, sino blanca, y tus tetas no están caídas, sino lo contrario, por lo que necesariamente tienes que ser una golfa”.

De hecho, la respuesta de Wang Er no rompió la relación de los jóvenes. De las conversaciones, algunas relacionadas con la verdadera amistad, nace un deseo corporal en Wang Er, correspondido por la joven, casada y con un marido en la cárcel. Los encuentros, cada vez más tórridos y frecuentes, obligaron a la pareja a huir de la comuna y adentrase en el bosque. La comuna rural localizada en la provincia de Yunnan, fronteriza con Myanmar, Laos y Vietnam, disponía de las comodidades necesarias para que los trabajadores, cansados de la dura vida comunal, cruzaran la frontera. No obstante, como nos lo atestigua Ismael A. Maillo, es difícil saber qué tan común era esta práctica de cruzar la frontera huyendo del régimen de Mao: “No hay datos fiables, salvo algunas cifras aproximadas proporcionadas por las autoridades de Hong Kong sobre refugiados e inmigrantes ilegales de China continental”.

Sin embargo, Wang Er logró huir a la montaña en dos ocasiones: la primera vez, gracias al hecho fortuito de su inexistencia. El joven Wang, que pastaba a los búfalos y que acababa de padecer una trifulca, desaparece del recuerdo de sus compañeros y, lo que resulta más extraño, de sus superiores. La llegada de una comisión de investigación encargada de inspeccionar la vida en la comuna acelera la damnatio memoriae de Wang Er, oriundo de Pekín. Con esto, Xiaobo destaca lo complejo que resulta para un individuo mantener su naturaleza personal dentro de una idiosincrasia que alienta la igualdad y el fervor comunitario: “lo que todos dicen que no existe debe existir por necesidad. Por ejemplo, Wang Er. Pero si Wang Er no existía, ¿de dónde había salido aquel hombre?”. Xiaobo nos regala esta paradoja para que reflexionemos. Este tipo de sociedad no valora objetivamente el trabajo individual, de ahí la obsesión de la persona por desarrollar “tretas para desaparecer sin levantar sospechas”, nos aclara el profesor Ismael A. Maillo. Y más le habría valido a Wang Er, ya que su ardid había triunfado, continuar con su no existencia, porque el regreso a la comuna rural le costó algún que otro exceso de mal olor.

Sexo y amor, un combo peligroso

cub La edad de oro dilveA lo largo de la novela, aparecen explicitas referencias sexuales. El sexo es uno de los ejes vertebradores de la novela, aunque no es la finalidad en sí. El sexo, en este caso concreto, se emplea con la intención de criticar un sistema que coarta las libertades individuales a través de una sutileza inhumana; además con la vulgarización del amor, Xiaobo normaliza algo tan natural y humano como son el sexo y el amor, los devuelve a la sociedad como un obsequio que nunca les debieron robar.

Lo descrito en la novela es especialmente escandaloso porque la relación que nace entre Chen y Er responde al nombre de adulterio. Su relación la mantienen en secreto hasta que son descubiertos y juzgados: “El adulterio estaba castigado. En teoría, si el adúltero era miembro del Partido era expulsado por dar mal ejemplo, perdiendo así sus privilegios- explica Ismael A. Maillo-. En cambio, dentro de la población, como era muy conservadora, el castigo más común consistía en marginar a los adúlteros”. El viajero que hubiera visitado las extensas tierras orientales en época de Mao no podría haber echado una foto a dos personas agarradas de la mano como dos novios, ya que lo habitual, antes de dar a conocer su relación, era haber pasado por el altar o, por lo menos, haber formalizado su estado mediante la intervención de las respectivas familias. “Hablar de estos temas era (y sigue siendo) tabú”, concluye el especialista en Wang Xiaobo.

Un duro castigo

En la segunda huida, Wang Er disfruta de la compañía de Che, pero poco les duran los días de placer y la vida ermitaña en una cabaña alejada de la comuna rural. Dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y Wang Er no iba a ser la excepción; junto a Chen regresa a la comuna para afrontar un destino adverso. Si el adulterio era penado con la indiferencia social, la huida de la comuna era un asunto más serio que conllevaba castigos tan duros como “su detención y aislamiento, seguido de “sesiones de lucha” en las que se juzgaba públicamente a los sospechosos, que eran sometidos a todo tipo de insultos”, nos aclara Ismael A. Maillo. Tanto Chen como Wang sufrieron esos castigos, aunque sus delitos, por necesidades superiores, fueron dirimidos y reducidos al simple acto adultero, pues “habían llegado a la granja un grupo de antiguos cuadros del ejército. Muchos padecían prostatitis y ella era la única persona de la granja que sabía lo que era la próstata”. Aquí, Wang Xiaobo desvela las dos caras del régimen comunista de Mao, esa actitud rígida y coactiva que no perdona ningún acto considerado fuera de la ley, por mucho que los culpables suplicaran clemencia y sus acciones estuvieran justificadas por las leyes naturales; pero, en cambio, hace la vista gorda cuando el culpable, siendo un auténtico malhechor, podía ser de utilidad para el gobierno.

La pena por el adulterio consistió en redactar sus confesiones para un tribunal que con cada papel que leía se encontraba más excitado: “En este relato, la naturaleza morbosa de las confesiones resulta de la propia acción de los interrogadores, obsesionados con las mismas, ya que lo sexual era tabú y estaban apabullados con la franqueza y la desvergüenza de los infractores”, remata el profesor Ismael A. Maillo.

Para finalizar…

La obra concluye ambivalentemente. Por un lado, Chen se convierte en la golfa oficial de la comuna rural; por el otro, la joven doctora acaba confesando el amor que siente por Wang Er. Respecto a lo primero, el profesor Ismael A. Maillo nos aclara: “En toda su obra Wang Xiaobo expresa sin ambages el carácter caótico de la Revolución Cultural, dedicando una buena parte de sus reflexiones a enfatizar la pérdida de humanidad, la dificultad para expresar la individualidad, la inseguridad y la injusticia generalizadas”. Aunque la sociedad del momento catalogará a Chen de esa manera, Wang Xiaobo quiso dar un respiro a la joven. En su corazón albergaba una realidad llamada amor, ya podía decir misa en arameo la Revolución Cultural de Mao Zedong, ella había sido exonerada por la justicia, tenía bien claro sus sentimientos y, por supuesto, lo que era: desde luego, una golfa no era.